Las chispas multicolores ya brillan en las ramas del Gran Árbol en la cima del Bounó Katarameno, no se apagarán hasta que despunte la aurora de Imbolc. Empieza el tiempo de la oscuridad, pero a la vez empieza el camino hacia la Luz y el abeto del Monte Maldito nos lo recuerda. Perdido en la noche de los tiempos, enraíza en la Tierra y crece hacia el Cielo mostrando su mensaje de esperanza a todo aquel que quiera verlo, porque el Gran Árbol que un día fue eso: simple y humilde deseo de Luz, ahora es igualmente simple y humilde recordatorio de que la Luz está aquí y es cuestión de abrir los ojos para contemplarla sin miedo a cegarnos. Y es que no podemos obviar un peligro muy real: si tenemos miedo a ser cegados por el Sol, no sólo nos negaremos la Luz, sino que destruiremos la Vida…
Por eso, en el tiempo de la oscuridad, de la tierra removida al pie del Gran Árbol emanan chispas incandescentes. Nos recuerdan que la Vida late bajo las nieves, los hielos, las mullidas mantas de hojarasca seca mediante las cuales la Madre Tierra protege la semilla aún frágil para permitirle crecer y fortalecerse hasta ser capaz de emerger en los primeros brotes verdes que se asomarán atrevidos así que aparezcan los primeros rayos solares de la aurora de Imbolc.
Y en el Bounó Katarameno, bajo las agujas perfumadas y las hojas mágicas de las hayas, laten las semillas de los miosotis insólitamente violetas. Son la Vida que vence a la Muerte. La alegría que vence la tristeza, la esperanza que vence la frustración, el recuerdo que vence al olvido, el perdón que supera el miedo y la fuerza creadora del Amor que nos arranca de las tinieblas del Inframundo para llevarnos a la plena Luz.