El día 24 de este mes de marzo de 2020 (el día nueve de las calendas de Abril, en otras palabras), me llegó el escueto whatsapp de un amigo: Uderzo ha muerto.
Un adiós sencillo en medio de una situación complicada. En otras circunstancias, la muerte de Albert Uderzo habría abierto noticiarios y copado portadas, pero ahora no. Y está bien. Porque junto al inseparable René Goscinny, Albert Uderzo nos reveló una verdad que solamente podía ser dicha en el lenguaje directo de la «bande desinnée»: los romanos están locos. Sí, gracias a Uderzo (que más de una vez vimos identificarse con Obélix) sabemos que Roma no es la «civilización perfecta» de los manuales de historia escolares y los «bárbaros» tienen mucho y muy bueno para enseñarnos. Por ejemplo: ellos – los celtas, los galos – nos enseñan que ante el adiós del amigo no hay que llorar la muerte, sino agradecer la Vida, y hacerlo de corazón, sin espectáculos grandilocuentes, sino mediante el recuerdo de las bondades que nos lega.
Así que hagamos eso: demos gracias. Y al darlas, recordemos las bondades del amigo que se va. Y yo recuerdo algo lejano en el tiempo, pero tan cercano en mi mente que nunca he olvidado: el día que me enamoré de Panorámix, que descubrí la Sabiduría en la imagen entrañable y cercana del «druïde», y sin saberlo me vacuné para siempre contra la pedantería del académico. Apenas tenía cinco años cuando leí «Astérix y Cleopatra». La grandeza de Egipto que ya conocía de leer la «Biblia en cómic» de repente se hizo muy cercana, Roma mostraba su lado ridículo, y descubría sin saberlo la riqueza inacabable del pueblo celta. Una riqueza humana, tan humana, que un día supo recibir la divinidad sin ceremonia alguna. Y recuerdo muy bien que el segundo álbum que leí – «Astérix legionario»- , si bien me interesó mucho, no me gustó porque la figura del «druïde» no tenía ningún papel.
Ahora que me he vuelto una rendida e impenitente admiradora de ese SABIO en mayúsculas, tan presente en nuestra cultura y tan injustamente olvidado, obviado y -lo peor- manipulado por intereses demasiadas veces poco claros, quiero recordar y agradecer la obra de esos sencillos bardos que nos transmitieron su luz en un medio tan lleno de vida. Quiero agradecer sus lecciones inestimables a la hora de comprender nuestro mundo y nuestras miserias: ¿por qué los cuatro habitantes del pueblecito pueden resistir ahora y siempre al invasor? Pues porque están unidos por lazos de amistad tan fuertes que nada, ni la cizaña enviada por César, puede romperlos. ¿Por qué pueden mantener su estilo de vida en medio de la vorágine romana? Porque esos mismos lazos los vacunan contra la tentación de la codicia, la sienten, claro, pero siempre acaban viendo su lado ridículo y superándola (y si no recordad «La residencia de los dioses» y «Obélix y compañía» si queréis saber como pasar de la especulación inmobiliaria, y de paso preservar el medio ambiente que nos alimenta, y superar la trampa de las crisis económicas) . ¿Por qué no tienen miedo? Porque saben aceptar y aprender las lecciones de su druïda (que muestra su ira una sola vez: ante la superstición de «El Adivino»). ¿Por qué se convierten en un punto de referencia y admiración? Porque siempre están dispuestos a aceptar los retos (incluso el de los mismísimos Juegos Olímpicos, gracias Uderzo por hacerme descubrir a Zeus Olímpico y a Atenea Partenos) y a ayudar a quien recurre a ellos, y aquí la lista de títulos sería demasiado larga.
Y si bien cuando, tras la muerte de Goscinny, Uderzo se hizo cargo de los guiones durante largos años, estaría de acuerdo con los que afirman que perdieron «solidez» y ganaron fantasía, también es cierto que la ausencia de la cultura latina patente en su compañero le permitió mostrarse mucho más bardo que nunca: la revalorización del papel de la mujer, la presencia natural de la magia, la aceptación del cambio como factor positivo (insuperable el final de la «Odisea»: a falta de «petrae oleum», Panorámix hace algunos experimentos y lo sustituye por… jugo de rábanos: da el mismo resultado y la poción mágica tiene mejor sabor. Y puede cultivarse en el huerto de casa en lugar de depender de la codicia del mercader fenicio).
Pero si debo optar por una sola imagen para presidir este texto, hoy solo puedo recurrir a una historia: la que lleva a Astérix y Obélix a Helvecia, a desafiar las montañas que forman el techo de Europa, para buscar la Estrella de Plata, el Edelweiss, capaz de curar al honesto dignatario romano envenenado por la codicia de un político corrupto, y que apela a la sabiduría del druïda con las palabras más sentidas que se nos pueden ocurrir: «Confío en ti».