(Bernard de Clairvaux es ensalzado por unos por su misticismo y criticado por otros por su intransigencia, pero se olvida lo que puede fuera lo mejor de su persona: haberse enamorado perdidamente de una mujer inteligente y no avergonzarse de ello. ADVERTENCIA: LA CITA DE ESTE PÁRRAFO DE LA HIJA DE ANA (cap. 10, pp, 336-338) ES REAL).
Mélina estaba tan perdida en sus historias que nunca supo cómo había empezado una discusión entre William y Joanna sobre las posibilidades de amistad profunda entre hombres y mujeres. William defendía que era posible y Joanna decía que entre hombres y mujeres simplemente se podía ser cordial o buenos colegas, pero en el fondo siempre habría tensiones y competición. Alba los miraba a los dos con apuro y Mélina, en el momento en que se dio cuenta de por donde iban los tiros, sintió verdadero pánico de que William los pusiera a ellos dos como ejemplo de lo que afirmaba, pero él hizo algo inesperado. Cogió su libreta de notas del bolsillo de la cazadora que había colgado del respaldo de la silla, buscó una página en concreto y leyó una extraña cita:
“¡Oh, si tú pudieras leer en mi corazón este amor por ti que Dios se ha dignado a inscribir en él con su dedo! ¡Comprenderías ciertamente que ni lengua ni pluma no serían bastantes para expresar esto que el espíritu de Dios ha podido imprimir en mi meollo más íntimo! Ahora mismo yo estoy cerca de ti en espíritu, aunque esté ausente en el cuerpo. No depende de ti ni de mí que yo esté efectivamente presente; pero existe en lo más profundo de ti misma una manera de adivinarme si aún no sabes lo que te digo: entra en tu corazón, allí verás al mío, y concédeme tanto amor hacia ti como tú sentirás que hay en ti hacia mí… (…) He recibido las delicias de mi corazón (…) Puedes estar segura de cómo me irritan mis ocupaciones, que me impiden lo que más quiero: verte”.
Cuando William acabó de leer, Joanna estaba sorprendida, Alba soñadora y en los ojos de Mélina había aparecido una chispa irónica que fue la primera en traducirse en palabras:
— ¿Quién ha escrito esto? ¡Vaya declaración más cursi!
William la miró y sonrió complacido, porque ahí estaba la Mélina perdida por algún rincón de Bath, que era toda razón y sentimiento, pero sin nada de sentimentalismo:
— Lo escribió Bernardo de Claraval a su amante, la condesa Ermengarda de Anjou.
— ¡Anda ya!
— Sí, su amante, evidentemente casta, pero para nada platónica.
Alba soltó una pregunta que no podía ser más ingenua:
— ¿Cómo se puede ser una amante casta?
William le respondió en el tono con el que se dirigiría a una niña pequeña:
— Eran amantes simplemente porque se querían mucho, pero no tenían relaciones físicas. Que ella fuera bastante mayor en aquel momento no importaba ni suponía ningún obstáculo, recordad que Leonor de Aquitania le llevaba once año de más a su segundo marido Enrique Plantagenet, con el que tuvo ocho hijos. Ermengarda canalizaba y acogía la potencia de Bernardo y él le devolvía la autoestima arrastrada por los suelos a causa del fracaso de dos matrimonios. De hecho se hicieron un gran bien mutuo y se ayudaron mucho en sus respectivas empresas. Como veis, no todo el fuego consume, lo hay que vivifica.
Mélina intentó mantenerse en la ironía diciéndose que el aspecto de ermitaño de William por fin había dado sus frutos, pero sentía un temblor en el corazón que o tenía mucho cuidado o corría el riesgo de acabar en lágrimas. Alba se quedó un poco confundida y Joanna serró los labios sintiendo que había recibido una buena lección, pero sin aceptarla.