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Mariam Noguera

Las lecciones de Tigridia (los secretos de Pelaghiosnisios)

Publicada el 08/03/202108/03/2021

Las tardes de Tigridia empezaron a tener un punto de magia, una especie de halo muy difícil de definir. Pasados los primeros días, en los cuales obligó a Glauca a hablarle de su manera de enseñar a Ilía, trasmitir la lejana lengua de su país y la primitiva escritura aprendida quién sabe dónde por su Mítir, le daba una sensación de iniciarla en algún tipo de camino mistérico, de hermandad femenina, que se debía reconocer tenía su encanto. Por cierto que el tema de los primeros días había conllevado también la primera discusión.

            — Pues tu método de enseñar a leer y escribir no está nada mal, Glauca, deberías probar con tus hermanos pequeños.

            — ¡Ni hablar!

            — No puedes seguir siendo tan reaccionaria, los hombres también son seres humanos.

            — Si consiguen llegar a adultos, tal vez.

            — Oye, ¡no es ninguna broma! Si queremos que nuestros hijos lleguen a adultos y maduren, que todos lleguemos a ser buenos compañeros de vida, tenemos que educarlos y darles confianza. No son ni muñecos adorables ni animalitos salvajes, Glauca, y este es un tema muy serio. Venimos a convivir, no a competir, y mucho menos a combatir.

            Glauca vio algo en los ojos de Tigridia que la concienció de golpe y la hizo dudar, tambaleando los cimientos de sus seguridades de fémina en ciernes. Pero no estaba dispuesta a ceder así como así:

            — Pues tú y Agénor estáis siempre a la greña.

            — Mira, Agénor y yo podemos discutir como os tenemos acostumbrados a todos porque nos respetamos y nos valoramos, es por eso que podemos amarnos tanto. ¿Tú ves que Agénor sea un hombre acobardado? ¿O que yo sea una mujer tiránica y dominante? ¿O al revés?

            Por primera vez en toda su vida, Tigridia vio a una Glauca sin réplica y con los ojos de par en par, y aprovechó la sorpresa para intentar debilitarle la coraza:

            — Tu padre es un hombre de carácter tímido y retraído, ¿qué crees que pasaría si tu madre empezara a tratarlo con despotismo, a considerarlo como a un ser inferior?

            Sabía que Glauca quería a su padre con locura, de modo que no se sorprendió nada cuando la vio bajar la cabeza y enrojecer. La puerta estaba cediendo y dio un último empujón:

            — Está bien que sepamos defendernos de los abusones, pero no porque seamos mujeres, sino porque somos seres humanos y todos tenemos derecho a nuestra dignidad y a ser valorados por lo que somos. ¿Qué sentirías si alguna de tus compañeras de escuela empezara a meterse con tus hermanos porque son más pequeños y débiles? — la chispa que apareció en los ojos de la muchacha dio la respuesta más elocuente posible. — Pues eso mismo.

            — ¿Quién te enseñó esto?

            — Mi abuja… Y también he aprendido lo mío de Agénor, me ha costado, pero he aprendido. Y de los distintos hombres y mujeres que he encontrado a lo largo de mi vida.

            Glauca desvió los ojos hacia la ventana y soltó una andanada de mal genio:

            — ¡Pero es que me ponen histérica los chicos de la escuela! Siempre pavoneándose y dándoselas de gallitos.

            — Nosotras hacemos lo mismo, aunque no nos demos cuenta y lo hagamos de otro modo. Es la manera que tenemos de marcar nuestros límites y de afrontar nuestros miedos cuando nos hacemos mayores. Y repito: está bien que aprendamos a defendernos de los abusones, pero también tenemos que conocernos y aprender a convivir, porque es lo que haremos toda la vida, nos guste o no. No es bueno atrincherarse. Además, no todo son gallitos, sé que empiezas a tener buenos amigos en el grupo de Agénor.

            Era cierto, pasadas las primeras reticencias de los primeros días, había unos cuantos chicos con quienes se llevaba realmente bien, que habían aprendido a mirarla como a un compañero más y no como un bicho raro o una especie de competidora con quien debían medir fuerzas. Se habían dado cuenta de una manera quizás no del todo consciente, pero sí muy intensa, de que había algo uniéndolos con lazos firmes: el amor al mar, la pasión por la náutica. Y Agénor sabía fomentarlo, y también su padre. Se sentía muy orgullosa de él desde que veía lo buen maestro que era y como le querían sus alumnos… La puerta había cedido y Tigridia dio el golpe de gracia:

            —Y piensa otra cosa: si algún día logras lo que quieres, vivirás en un mundo de hombres, Glauca. Sabes hacerte respetar y eso está bien, pero ahora tienes que aprender a conocerlos y apreciarlos.

            Glauca tuvo un movimiento casi reflejo: su mano izquierda se cerró sobre su muñeca derecha apretando con fuerza el brazalete de Elippu. Bajó los ojos y llevó la discusión a otra parte:

            — Enseñar a mis hermanos pequeños es territorio de mi madre. No puedo meterme, acabaríamos arañándonos como gatas.

            La risa de Tigridia destensó el aire de golpe:

            — ¡No te pido que lo hagas en exclusiva y a tiempo pleno! Sólo que les dediques algo de atención. Y tu madre te agradecerá que la descargues de un poco de peso, eso te lo garantizo yo.

            No obstante Glauca no se reía, al contrario, estaba más seria que nunca:

            — Y no puedo hacerle esto a Ilía, acaba de superar muchos miedos y complejos, no puedo consentir que se sienta abandonada.

            Tigridia encajó la lección, sin embargo tenía algo que objetar:

            — No lo hará si le pides que te ayude. Y puede que eso la ayude a ella a conectar con los chicos. El día de la fiesta, Agénor me dijo que se llevó muy bien con ellos y con los hijos de Pirea. Has hecho un gran trabajo con ella, Glauca, y en un tiempo récord. Si ahora la haces sentir un poco maestra de vuestros hermanos pequeños, le darás aún más confianza… ¿Qué te pasa?

            Los ojos de Glauca se habían llenado de lágrimas provocando la alarma de su maestra.

            — ¡Mi mundo está cambiando demasiado rápido! Siento que no puedo controlarlo.

            Cosa que nunca había hecho, Tigridia la envolvió en un abrazo:

            — Es que no tenemos que controlarlo. Con los barcos surcamos el mar, no lo dominamos, aprovechamos el viento y la fuerza del oleaje para llegar a donde queremos ir, intentamos conocerlo cada vez más y mejor para lograrlo de la mejor manera posible y con el menor riesgo posible, pero no podemos pretender dominarlo a nuestro antojo, enloqueceríamos. Pues la vida es eso: navegar por sus aguas sin pretender controlar ni dominar nada, y dando siempre un voto de confianza al Azar…

            — ¿Eso también te lo enseñó tu abu… tu abuja?

            — No. Eso me lo enseñó y me lo enseña continuamente Agénor.

            La primera lección había acabado con Glauca recuperando su sonrisa y sintiéndose más cómplice que nunca con su maestra.

(NOGUERA-ALGUÉ, MARIAM. La Reina perdida, cap.4 «El náufrago de Oriente»)

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