
El verano enfilaba su recta final y las noches eran bochornosas. Débora, sentada en la cama abrazándose las piernas, intentaba relajarse respirando lentamente como le enseñaba su padre, pero esta noche no había forma; del otro lado de la cortina, le llegaba el suave ronquido de la niñera, y a su lado, Sira dormía con el sueño plácido de los niños pequeños. ¡Qué bonita estaba, tumbada de cara a ella, con los rizos despeinados, las mejillas sonrosadas y esa expresión tan dulce! Débora le apartó con cuidado un mechón de cabello rebelde caído sobre los ojos, le dejó un beso muy suave en la frente y se levantó con mucho tiento para no hacer ningún ruido. Iría un rato al patio-jardín, a ver si por alguna parte corría un poco de aire fresco. Salió de la habitación, bajó las escaleras y se deslizó hacía el triclinium cuyos ventanales daban al patio; al parecer, toda la casa dormía, ¡estupendo! Abrió la puerta y salió al exterior. Eso del aire fresco tendría que imaginárselo. Quizás en la azotea, pero no le apetecía para nada subir escaleras y además allí era más fácil que alguien la remarcara y la obligara a volver a acostarse; al ritmo de sus pensamientos, sin darse cuenta, alzó los ojos hacia la dicha azotea y vio movimiento de sombras, agudizó la mirada dando las gracias a esa magnífica Luna llena haciendo inútiles los patéticos intentos humanos de iluminar la noche. Eran Kefas y Balthazar, claro. Se acercó a la escalera y a pesar suyo subió unos cuantos peldaños, le llegó un murmullo, pero no pudo oír nada concreto, deshizo el camino y fue a sentarse bajo los árboles que circundaban el espacio centrado por el impluvium. Le gustaba ese rincón. Cornelio, con la colaboración de un artesano local, había construido un sistema de cisternas para la recogida de las aguas que nada tenía que ver con las formas romanas, de modo que el impluvium ya no servía, pero lo habían transformado en un estanque centrado por la estatua de una Leda antiquísima rodeada de flores acuáticas y donde durante el día un hermoso cisne la cortejaba sin desfallecer.
A Débora le gustaban las historias de los dioses griegos. Era algo aprendido de su padre. Jairo no despreciaba las otras culturas como hacían algunos de sus compañeros de profesión, creía firmemente que las explicaciones del mundo y del hombre podían parecer tan dispares como se quisiera, pero al final todas llegaban a un punto común. Un día lo había hablado con Él. “Tu padre es un hombre sabio, le había dicho, me agrada que lo escuches y lo comprendas”. Llegó un murmullo un poco más fuerte desde la azotea, o era… ¡sí! ¡Por fin se levantaba un poco de aire! Débora cerró los ojos a ver si podía distinguir el tono divertido de Balthazar y el remugar de Kefas, eso querría decir que el mago caldeo había maquinado otra de sus tretas para enfadarlo y Kefas había caído de lleno. Pero no. Seguramente hablaban de las estrellas, o compartían vivencias. Una ola de nostalgia la poseyó por sorpresa y sintió aflorar lágrimas. Apretó los párpados más fuerte y obligó a su memoria a rebuscar recuerdos alegres para alejarla de… de aquella primavera. El recuerdo llegó de golpe, como las tormentas de las tardes de verano…
Había sido el año anterior, creía… Sí. El verano anterior. Entonces no se hospedaban en la hermosa casa de Cornelio en Cesarea, sino bajo una tienda en algún lugar entre Samaria y Judea, habían buscado agua y plantado su campamento cerca de una fuente desde donde partía un arroyo. También la había despertado el bochorno y había salido de la tienda de sus padres para ir a sentarse en algún lugar fresco cerca del agua. Ya, ya sabía que no era recomendable alejarse de noche y traspasar la línea de protección del fuego y de los centinelas, pero estaba Él, y cerca de Él nadie corre peligro. Y si no podía airearse un poco… ¡uf! Se había deslizado como una sombra hasta los arbustos que circundaban la fuente y al acercarse, el sonido de al menos dos voces la impulsó a esconderse detrás de unos matorrales con ánimo de curiosear, iluminada por la misma Luna llena que la iluminaba ahora. Allí estaba Kefas, en la pose encogida que tomaba cuando estaba enfurruñado, y Él se le acercaba, se sentaba a su lado y le ponía una mano en la espalda…
— Oye, Kefas…
— ¡Vete a la porra! Primero te metes conmigo, me pones en evidencia delante de todos sabiendo que me tomarán el pelo durante una eternidad, y luego vienes a apaciguarme. ¿A qué juegas?
— Mira…
— Tengo muy claro quién eres, pero esto no te da derecho…
Desde su escondrijo, Débora había visto como Kefas se mordía los labios escandalizado de sí mismo y enrojecía como una amapola.
— Oye, ¡lo siento! Tengo debilidades humanas, ¿sabes? ¡Y tú te pones muy gracioso cuando te enfurruñas!
— ¡Vaya, hombre!
— ¿Dónde ha ido a parar tu sentido del humor? Deberías buscarlo, tiene que estar por alguna parte.
— Sí, ya. Mira por donde esto es exactamente lo que dijo mi mujer, cuando…
— ¿Cuándo?
— ¡Olvídalo! No es apropiado…
— Kefas…
Mordiéndose el interior de las mejillas en un intento casi fallido de alejar la risa loca, Débora se había movido un poco para poder verlos mejor. Kefas estaba logrando la proeza de enrojecer y palidecer todo a la vez.
— Pues si quieres saberlo, la noche de bodas. No había manera y me dijo eso mismo: “¡Busca tu sentido del humor, hombre! ¡Debes de tenerlo por alguna parte!”
— ¿Y lo encontraste?
— Bueno… ¡Sí, con ella sí!
— Pues ya sabes de qué va la cosa. ¡Venga, Kefas! Aprende a reírte de ti mismo con los demás y todo se te hará más sencillo. Piensa en ella, ¿de acuerdo?
— ¡Vaya! Nunca hubiera pensado que tú… ¡De acuerdo! Lo intentaré, te lo prometo.
— ¡Buen chico, Kefas!
Ambos se habían reído y habían seguido hablando de los recuerdos conyugales de Kefas. Al evocar el momento, Débora sentía aún su alma dividirse entre la sensatez que la conminaba a volver a su tienda y la curiosidad que la mantuvo clavada en su escondite hasta que ambos hombres se levantaron y se alejaron de la fuente. Entonces ella había regresado a la tienda y dado gracias al comprobar que sus padres no se habían despertado. Abrió los ojos y se obligó a enfocar la placidez del impluvium para serenarse, la Luna rielaba en las aguas y les arrancaba destellos de color, chispas de iris sobre el azul plácido reflejando el suave mosaico del fondo. Le gustaba la casa de Cornelio y el buen ambiente que se vivía en ella, Gala era muy buena y generosa con todos y ella disfrutaba con sus niños, sobre todo con la pequeña Sira, y aprendía mucho de Balthazar y de Artabán…, pero así y todo añoraba la vida del último año, ese ir de un lado para otro con Él, y poder escucharlo, y hacerle preguntas que nunca se cansaba de responder. Comprendía la luz que a partir de ahora iluminaba el mundo, pero en vista del éxito, también tenía claro como era de tentadora la oscuridad para muchos. Sus padres le habían dicho que en pocas semanas irían a vivir con Cusa y Yuhannah, se mudarían todos a la nueva casa y crearían una pequeña comunidad. Sería algo bueno, pensaba. Quería mucho a sus tíos y le caían bien sus primos, pero desde que pasó lo que pasó sentía un peso en el fondo del alma, porque no estaba segura de por dónde iba su vida… De repente, una chispa brilló en la oscuridad: ¡le gustaba enseñar a los niños, contarles historias, jugar con ellos…! ¡Quizás podría hacer eso! Pensó en la tarde en la que Eliahim, el amigo de Balthazar y Artabán, había ido a compartir la siempre animada cena, en lo que había contado sobre su madre… Quizás por ahí se abriría un camino para ella. El aire empezaba a refrescar demasiado y cayó en la cuenta de no llevar nada para abrigarse, se levantó con un suspiro y volvió a la casa a paso lento. Seguía oyendo las voces de Kefas y de Balthazar conversando animadamente en la azotea.
De vuelta a su cámara, Débora se sentó de nuevo con la espalda apoyada en la almohada y volvió a abrazarse las piernas, dio una mirada tierna a la pequeña Sira, quien seguía durmiendo sosegadamente en la misma posición en que la había dejado, y siguió desgranando sus pensamientos. Sí, le gustaría cuidar y enseñar a niños como Sira, claro que eso podría hacerlo casándose y teniendo hijos. Debería pensarlo muy bien. De repente, Sira se agitó en el sueño y se desabrigó, volvió a cubrirla con la sábana, pero la niña quizás tenía una pesadilla y volvió removerse. Débora sintió una ola de ternura poseerla de un modo extraño, alargó su mano hacia el cabello de la pequeña y se lo acarició poniendo todo el cuidado en no despertarla, Sira debió de “sentirla” de alguna manera, porque se le acercó con una especie de gemido leve y se pegó a ella, Débora siguió acariciándole el cabello para sosegarla, murmurando muy bajito una canción que su madre le susurraba cuando… Sira la abrazó en sueños y volvió a respirar con calma. Débora notó sus mejillas húmedas, pero no osó moverse para secárselas.
Incapaz de contener la oleada de recuerdos, Débora se abandonó a sus pensamientos. De su paso por las tinieblas solo recordaba luz. Una luz hermosa, blanca y resplandeciente, un camino hacia adelante…, pero la voz que la llamaba sonaba hacia atrás: “¡Telita, telita!” Recordaba un instante de desconcierto y duda. La voz era dulce, y a la vez imperiosa, no podía no obedecerla: “¡Telita, qumi!” “¿Niña, levántate?” ¡Qué tontería! ¡Si ya estaba en pie! Pero algo la succionó hacia atrás y realmente se levantó, se levantó de la cama donde se había dormido aturdida de dolor y ahogo, vio a su madre postrada con la frente en el suelo y a su padre de pie, temblando de arriba abajo, mirando hacia Él con los ojos titilantes de lágrimas. Y de momento no entendió nada…
Lo dejaron todo y se fueron con Él. Tía Yuhannah también se unió al grupo, junto con sus hijos. Allí encontraron a Balthazar, por lo visto papá lo había conocido muchos años atrás, y se hicieron íntimos. Además de ella, sus hermanos y sus primos, había muchos otros chicos y chicas, y Balthazar se convirtió en una especie de preceptor no designado. “¡Vaya, por fin tengo hassan!” decía papá, y Él siempre se reía y replicaba: “¡Y es mucho más simpático que el que tuve yo! ¡Qué suerte tenéis, chicos!” Débora era mucho más espontánea y exuberante que las otras chicas y se convirtió en una especie de paladina ante las andanadas de los muchachos. “¡Eso está bien, telita, a ver si logras que espabilen!” Y es que la manía de llamarla telita no la perdió nunca, telita por aquí, telita por allí. Y eso empezó a mosquearla, porque ella ya no era ninguna niña y algunos se reían si protestaba, y… Y en eso sí daba la razón a Kefas: tenía un sentido del humor un poco retorcido… “¡Vamos, telita, aprende a reírte de ti misma!” Débora dio un respingo y abrió los ojos en la oscuridad, intentado orientarse en la tenue luz de la noche que entraba por entre los resquicios de la cortina…, debía de haberse adormilado y oyó realmente Su voz apelándola en tono divertido. Sira protestó débilmente al notar la sacudida y se acomodó mejor contra ella usando su muslo como almohada, la abrazó más fuerte y Débora murmuró una disculpa. Sentía las lágrimas regarle las mejillas, porque lo daría todo, todo por oírlo una vez más llamarla “telita” y que la última vez no fuera aquella, cuando escapó de la vigilancia de los suyos para seguir a Yuhanná bar-Zebdi, que le abría paso a Ella por las calles abarrotadas de curiosos hasta… “Sin lágrimas, telita, ¿de acuerdo? Tú y yo sabemos que no hay nada que temer.” La mano que se posó en su mejilla dejó un rastro sangriento y el eco de las palabras una punzada en el alma… Después volvió la Luz, más resplandeciente que nunca, pero ellos eran humanos y no se resignaban a la ausencia.
— ¿Qué te pasa?
Sira había despertado y la miraba con una pequeña arruga de preocupación partiéndole la frente.
— Nada. Es que de repente he empezado a recordar cosas.
— ¡Cuéntamelo, cuéntamelo!
— Deberíamos dormir, Sira. Es muy tarde y la niñera…
— Esa no se entera de nada. ¡Venga, Débora, por favor! Si hablamos muy, muy bajito no pasa nada.
¡Qué hermoso era contárselo! Contárselo así, teniéndola abrazada, con los labios casi pegados a sus cabellos, oliendo su perfume suave, sintiendo en el alma la vibración de su cuerpo infante abriéndose a la Luz. Enseñar a niños era lo que quería hacer toda su vida, ahora sí lo tenía claro. Y a partir de ahora debía empezar a preguntarse cómo.
MARIAM NOGUERA-ALGUÉ, EL MAGO DE GADIR, (inédito, por poco tiempo…)
BONA PASQUA – FELIZ PASCUA – JOYEUSES PÂQUES – BUONA PASQUA – HAPPY EASTER – ΚΑΛΟ ΠΑΣΧΑ