| LA OTRA VERSIÓN DE UNA LEYENDA EDULCORADA… |
En la noche de los tiempos, en la época de la raza olímpica, dicen, un ser maléfico habitaba las cavernas del Inframundo y reinaba allí donde raya la frontera del fuego terrestre, donde se creía que moraba la desolación y la muerte. Tenía un aspecto tenebroso, alimentándose del dolor y las penas de los hombres. Contaban que en las puertas de su antro, un animal terrorífico con tres cabezas velaba a fin de que nadie pudiera penetrar en él. Pero lo que no contaban era que el tal ser había sido víctima de una condena injusta, lanzado a los abismos a base de engaños por su propio hermano, codicioso de poder, anhelante de resplandor y de gloria sin tener en cuenta de que tanto lo uno como lo otro deben ganarse con las armas que él, mediocre y acomodado, no estaba dispuesto a esgrimir: la fuerza, la justicia y la sabiduría. Y mientras el señor del Inframundo gemía en la oscuridad, su hermano reinaba a la luz del Sol, hipócritamente magnánimo, falsamente bondadoso.
Algunas veces, el señor del Inframundo se rebelaba y lograba proyectar su furia más allá de los muros de su prisión. Triste, frustrado y resentido, desencadenaba catástrofes que su hermano se apaciguaba en su resplandeciente gloria, ganándose el favor de los hombres, los mismos que temían y maldecían al ser escondido en las tinieblas. Pero lo que nadie sabía, lo que nadie podía imaginar, era que esta ira no tenía por objetivo sembrar el mal y la desolación, sino acercarse al hermano y hacer que éste sintiera su dolor y pudiera de comprenderlo, porque había algo de lo que el señor del Inframundo era totalmente incapaz: dejar de amarlo. Aunque le provocara un indecible dolor, por mucho que se recreara en su amargura, el amor seguía vivo en su alma y con él el deseo de compartirlo y de irradiarlo. Y eso se le negaba, y eso encendía sus iras.
Hasta que llegó un momento, cuando los hombres empezaron a ser conscientes de la fuerza de su Razón y de no necesitar el favor de los dioses, en el corazón del ser tenebroso hizo nido el miedo, el terror a desaparecer, a desvanecerse en la nada. Y al empuje de tal miedo, su ira provocó la más grande de las catástrofes y despertó el verdadero caos, pero no fue capaz de recrearse en el hermano vencido, no pudo verlo humillado, y a la vez el hermano comprendió, y pidió perdón por su injusticia. Los males contenidos en el Inframundo se esparcieron por la superficie de la Tierra y el Cielo y alteraron para siempre la precaria estabilidad del orden, pero a la vez apareció una luz emanada de las tinieblas, pequeña y frágil: la esperanza. Porque la criatura que guardaba las puertas del Inframundo no era material, pero sí tenía tres cabezas: la mediocridad, la codicia y la hipocresía. En ellas fructificaban la comodidad, la envidia y la falsedad, y convertía a los seres en superbos.
Amor y el Perdón fortalecieron la débil esperanza, porque ante ellos los muros del Tártaro se derrumban, demuestran no sostener un mundo que es pura energía vital y el camino hacia la Luz se hace posible para todos los seres; despertaron la conciencia de que no es encerrándose en la cómoda monotonía de una esfera protectora, sino rompiendo los límites y siendo capaz de aprender los unos de los otros reconociéndose mutuamente como iguales, creando lazos fraternos, que se abre para los seres pensantes una senda libre hacia la Luz y la Vida.
Pero esa historia es peligrosa. Y los hombres mediocres, codiciosos e hipócritas, la ahogaron en los recovecos de su mente e inventaron otras. Modificaron las memorias para fomentar el olvido, crearon héroes resplandecientes y monstruos temibles. Monstruos eternamente condenados a la marginación y las tinieblas, por mucho que fueran los guardianes de la Tierra y los portadores de la sabiduría. Destruyeron a cualquiera que intentara revelar el secreto, sin importar su condición, y la sabiduría quedó sepultada en el fondo de las conciencias conscientes de sí mismas, obligadas a una dura supervivencia para impedirles plusvivir.
Y sin embargo pervive. Esto es lo que descubren los protagonistas de EL SECRETO DE ARGOS: la bondad del pretendido monstruo, la fuerza creadora del Amor real capaz de pervivir más allá del espacio y el tiempo, la falsedad de las brillantes armaduras…
La autenticidad de una rosa blanca con un suave reflejo de carmín…
Que ninguna brillante armadura, ninguna rosa falsamente coloreada logre nunca engañar a las Hijas de Ana que fueron y siguen siendo princesas…
(¡Ah! Otra cosa: los que niegan esperanza a los seres marginados y supuestamente malditos mientras crean falsos caballeros de brillante armadura y ridículos dragones escupiendo fuego, pretenden hacernos creer que los gigantes amenazadores no son sino inofensivos molinos y las hordas de sarracenos inocentes rebaños de ovejas… ¡Ay, la olvidada sabiduría de los caballeros auténticos: los de triste figura…!)
RECORDEMOS QUE EL LIBRO TIENE SU DÍA, PERO ES FIEL AMIGO DURANTE TODO EL AÑO, AHORA MÁS QUE NUNCA