Al llegar la noche, el aire se llenó de humedad y el ambiente exterior se hizo desapacible, el jefe de la aldea invitó a su huésped a reunirse con su familia y otros miembros del poblado en su casa, la más grande de aquel entorno. Cenarían, le dijo, y luego podría disfrutar de una buena velada, porque en el pueblo había buenos músicos y poetas y narradores que no tenían nada que envidiar a los mejores bardos venidos del norte aureolados de fama. Artabán aceptó gustoso, se encontraba bien entre aquella gente sencilla que teniendo a cuatro pasos como quien dice el esplendor romano, sabían apreciar su propio conocimiento del mundo y del hombre y la vida que se derivaba de él, y no ambicionaban los lujos del invasor por muy aparentes que fueran, porque valoraban en su justa medida su libertad de hijos de la Tierra.
La cena transcurrió en un ambiente agradable, Artabán se dio cuenta con sorpresa de que todo el mundo demostraba afecto y respeto a su jefe no por ser la máxima autoridad del pueblo, sino porque el hombre se hacía querer y respetar realmente. Los músicos, poetas y danzantes que amenizaron la velada fueron los mismos comensales y Artabán disfrutó en especial de una de las canciones, modulada en una lengua muy dulce al oído, suficientemente comprensible para él por ser muy parecida a la de su propio país; la melodía era preciosa y la letra hablaba de un mito que al parecer los encandilaba a todos a pesar de que debían de conocerlo desde el vientre de sus madres. Era algo así como una presencia luminosa que se adivinaba en el horizonte marino cuando los rayos del Sol tomaban una cierta posición, era visible después de las tormentas, en los crepúsculos particularmente hermosos y a veces incluso a la luz de las estrellas o cuando la Luna brillaba de determinadas maneras. Lo llamaban el Esplendente y según la canción, era el espíritu protector de todas las tierras bañadas por el Atlántico y el mar de los cántabros, incluso las más al norte, allí donde en invierno las sombras casi nunca abandonan la Tierra; aparecía para llevar paz a las almas atribuladas, para infundir coraje cuando fallaban las fuerzas, para iluminar tinieblas cuando todo se veía oscuro, para recordar a los hombres que la esperanza nunca debe perderse…
Artabán se dejó llevar por el encanto de la melodía y la magia de las palabras sintiendo en el fondo del alma algo muy parecido, inquietantemente parecido, a la emoción que lo embargó cuando leía las palabras de Lilia Tertia en los misteriosos manuscritos encontrados por Neri. De repente se dio cuenta de que la canción había concluido y todos lo miraban a él con una sonrisa, contentos, agradecidos y halagados por haber sido capaces de llegar al corazón de aquel distinguido forastero. Un muchacho, de hecho un niño apenas llegado a la década, que le había sido presentado como el nieto del jefe, se dirigió a una de las mujeres, una anciana a la cual todos se referían como eso, la Anciana sabia del poblado, y le rogó en un tono alegre:
— Cuéntale a Artabán la historia del Esplendente tal y como la sabes tú, Brega, seguro que le gustará mucho.
Algunos se giraron hacia él mirándolo con algo parecido casi a la reprobación, como si el muchacho pidiera revelarle algún arcano reservado para la comunidad y solo para ella, pero la Anciana Brega le dirigió unos ojos brillantes, los ojos de una maestra complacida con el razonamiento de un alumno especialmente dotado, y dio un golpe afirmativo con la cabeza:
— Tienes razón, Salenos. Creo que nuestro noble huésped tiene derecho a conocer esta historia porque ha llegado hasta aquí en busca de conocimiento y lo desea con el corazón puro, solo le rogaremos que no lo divulgue, pues la historia del Esplendente es nuestra herencia y no puede ser profanada.
Artabán, sintiéndose impresionado de un modo extraño y a la vez muy agradecido por la deferencia de la Anciana, se inclinó hacia ella en un gesto de respeto y prometió solemnemente guardar el secreto que iba a serle revelado. Brega le sonrió y empezó su historia:
— Hace mucho, mucho tiempo, cuando lo reyes de las Puertas del Más Allá aún vivían en estos acantilados y no habían cedido a la comodidad de las tierras bajas, un príncipe bardo recorría las costas atlánticas y cántabras, llegaba hasta las Islas y hasta la irradiación de su parte más septentrional, y regalaba a todo el mundo la magia de sus historias cargadas de sabiduría y conocimiento. Lo llamaban “Belanus”, el Resplandeciente, porque su sola presencia llevaba luz a los pueblos, llevaba paz a las almas e insuflaba coraje a los corazones…
La Anciana hizo una pausa para cerciorarse de la atención de todos y sonrió a Artabán al verlo contener el aliento esperando la siguiente palabra:
— Según dicen, este hombre encerraba en su corazón secretos que todo el mundo ignoraba, porque su estirpe, reinante en todas las tierras recorridas por él de año en año, provenía de una pareja regia venida de oriente y conocedora del enigma de los dioses y de la realidad de su naturaleza. Habían reinado en paz y concordia desde las Islas, y allí sus hijos Brighid “la Brillante” y Lug “el Luminoso” enseñaban a los hombres y mujeres la Luz de la razón en el Hombre y el latido de la Vida en el Mundo. Ellos no se movían nunca de sus tierras, pero Belanus “el Resplandeciente” recorría todos los rincones gobernados por sus parientes e instruía a todo el mundo en sus conocimientos a través de historias y canciones. Al correr del tiempo, con el paso de los siglos, la memoria de las gentes se llenó de niebla y su recuerdo se perdió en los recovecos de los mitos, pero las meigas sabemos que fueron, que existieron de veras en algún momento escondido en la noche de los tiempos. Y según contaba mi maestra, en las Islas y en las tierras hermanas del Continente, se afirma que el corazón de la roca donde irradió su realeza guarda una espada celeste esperando al verdadero rey, una espada agarrada por la Tierra, y la Tierra no la soltará hasta notar que el rey ha llegado…
Artabán sentía su corazón latir con fuerza y una angustia desconocida inundar su frente de sudor. No podía creerlo, pero era incapaz de no rendirse a la evidencia: por primera vez en toda su vida de irredento physiko “racional y escéptico”, comprendía con pasmosa claridad las verdades escondidas tras el velo neblinoso de un mito. Y era más: sentía una presencia. Ahora no eran los sueños insensatos que lo habían empujado a aquella aventura, sino algo real, algo más allá de toda percepción, imposible de ser captado por los sentidos, algo —no había otro nombre— espiritual. Redobló la atención con que escuchaba a la Anciana Brega porque no quería perderse nada, pero también con ánimo de alejarse del miedo que empezaba a poseerlo:
— Los reyes desaparecieron tragados por la codicia que vuelve a los hombres mezquinos e hipócritas, los antiguos sabios se acomodaron en la peligrosa mediocridad de la rutina y abrieron las puertas a explicaciones superficiales para no verse obligados a profundizar en la oscuridad de sus mentes e iluminarlas, pero el “Resplandeciente” —el Esplendente como lo llamamos hoy— no quiso dejar solos a los hombres porque sabía que aquellos que no se conforman con la cómoda mediocridad de los codiciosos sufren en sus almas dolores indecibles si no ven Luz ni sienten Vida, y se quedó como un halo de esperanza en el porvenir. Aquí, en estos acantilados, es donde se nota más su presencia, porque el príncipe bardo Belanus desapareció en ellos, cayó accidentalmente al mar y se ahogó en estas aguas que son su tumba y aquí, donde las Puertas del Más Allá se abren para aquellos que no temen traspasarlas, su alma se manifiesta con el fin de darnos fuerza y empujarnos a caminar siempre hacia adelante, a no pararnos en el camino del saber…
Brega calló, y como si fuera una especie de rito preestablecido (y probablemente lo era, pensó Artabán), cada uno de los presentes que había percibido la presencia del Esplendente en algún momento de su vida la contó para compartirla con todos los demás. Al final, casi todos los adultos habían hablado: marineros, pastores, campesinos, caminantes,… todos habían experimentado su ayuda en momentos de peligro y su inspiración para superarlo, hombres y mujeres lo habían “sentido” y entrevisto en las sombras en momentos de dolor de los cuales habían emergido consolados y fortalecidos… Cuando el último comensal apagó su voz en un halo de emoción contenida, de un modo casi impulsivo todos se giraron hacia el jefe como pidiéndole poner una rúbrica a la ceremonia; él pareció hacerse rogar unos instantes, pero luego comprendieron que simplemente reflexionaba, porque también tenía algo que compartir:
— Vino a mis sueños la noche después de enterrar a mi hijo. Me dijo que no tuviera miedo y no llorara, porque mi hijo había tenido una vida muy plena y debía sentirme agradecido por ello. Dijo que ante nosotros se abriría muy pronto un camino de Luz y nuestras Vidas se transformarían de un modo que aún no podemos imaginar.
Calló y se enjugó una lágrima indiscreta. Un silencio impresionante se apoderaba de todo el espacio y de repente sonó un lamento profundo y extraño que sobresaltó a un Artabán extremadamente sensible: uno de los comensales hacía sonar su gaita arrancándole un canto casi estremecedor, una especie de súplica a ese ser que de algún modo velaba por ellos desde el Más Allá.
MARIAM NOGUERA-ALGUÉ, El mago de Gadir (inédito).
Las Puertas del Más Allá. 2ª parte:
“El peregrino de Occidente” (inédito).