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Mariam Noguera

El Mago y el Apóstol

Publicada el 29/06/202129/06/2021
Los adioses de Artabán y Kefas en el puerto de Cesarea. El retorno a Gadir,

Artabán correspondió al abrazo de despedida de Kefas con toda su alma, sabiendo que era realmente el último porque les sería muy difícil reencontrarse. El abrazo de un hermano, pensaba mientras el galileo lo sacudía con la fuerza de un huracán. Pero a la vez el abrazo de un príncipe. Porque Kefas, con sus salidas de tono, sus arrebatos de mal genio y sus berrinches de niño tozudo, había demostrado estar a la altura de la misión que tenía encomendada como nadie. Lógico, se decía Artabán prolongando al máximo los achuchones, y a la vez ilógico.

Se separaron con una cierta brusquedad y Artabán subió a la barca que lo llevaría hasta donde fondeaba la galera sin mirar atrás. Había visto a aquel hombre en momentos de verdadero liderazgo, arrastrándolos hacia Algo más allá de todos ellos, evocando para todos el recuerdo de las enseñanzas que transformaban el mundo desde los cimientos y daban al hombre luces que nunca se apagarían; pero también lo había visto sacudir sin contemplaciones a más de un tipo abusón en el mercado para defender a alguien más débil, enzarzarse en monólogos imparables sobre sus heroicidades de veterano pescador de lago (“marinero de agua dulce” le rebatía siempre Balthazar para chincharlo) para disimular sus aprensiones ante el oleaje marino aún desde el puerto, jugar y reírse con los niños, ser objetivo de sus bromas y devolverles la pelota sin miramientos, y caer como un ingenuo en todas las trampas de Balthazar, el cual por lo visto le había tomado gusto a eso de hacerle rabiar… Y ahora cerraba los ojos y le aparecía el recuerdo a través del cual lo evocaría siempre. El más impensado, el menos solemne…

            Había sido una tarde, hacía algunas semanas. Artabán y Balthazar volvían del mercado después de haber pasado por el puerto solo para cerciorarse de que Cornelio y Cusa tenían para rato y ellos deberían llevar a la casa la noticia de que no los esperaran para la cena. Gala y Yuhannah no se lo tomarían nada bien, eso seguro. Y ya no digamos los niños. En la gestión del puerto había problemas y hacía dos días que apenas los veían. Además el tiempo era bochornoso, el aire pesaba como el plomo, seguramente augurio de una noche tormentosa, y ambos llegaron cansados y muertos de sed, deseando un poco de paz y serenidad. ¡Y un cuerno! Los recibieron los gritos de Gala (“¡Ya estoy harta de que te aproveches siempre de la bondad de Cornelio! ¡Se acabó! ¿Me oyes? ¡Esta vez te has pasado!”). El sirviente que estaba al cuidado de la puerta les musitó que se trataba de un pariente de su señora, también funcionario del ejército, a quien Cornelio había ayudado a encontrar un puesto en Cesarea, y siempre lo hacía quedar mal, lo metía en problemas que él intentaba no traerse a casa para no disgustar a su esposa, pero por lo visto alguien la había informado. Artabán y Balthazar se deslizaron hacia el interior intentando alejarse del conflicto, pero de alguna otra parte les llegó una discusión de primer orden entre Débora y su madre (“¡No exageres, mamá, no hay para tanto!” “¡Escúchame bien, jovencita! Cornelio y Gala son nuestros anfitriones y tenemos mucho que agradecerles, ¡no llevarles más problemas de la cuenta!” “¡Es la niñera! Es una estirada y los niños solo querían divertirse. ¿Qué culpa tengo yo si les caigo mejor que esa antipática?” “¡No te metas! ¿Entendido? Bastantes quebraderos de cabeza tiene ya su pobre madre para que encima tú…”). Los dos hombres se miraron y sin mediar palabra se dirigieron hacia el salón que se abría a la tranquilidad del patio cuando se toparon — literalmente— con un Jairo que huía de la primera línea de fuego y los arrastró a ambos hacia una más calmada retaguardia.

            Artabán recordaba como los tres respiraron profundamente el aire húmedo de la tarde y como fue peor el remedio que la enfermedad: recibieron la impresión de llenarse los pulmones de algo viscoso y caliente. No tuvieron tiempo de decirse ni media palabra cuando les llegó algo parecido a un grito de guerra:

            — ¡Tío Artabán! ¡Tío Artabán! ¡Tío Artabán!

            La pequeña de Cornelio. Artabán tenía debilidad por ella y aquella renacuaja que no levantaba dos palmos del suelo lo había pillado desde el primer día. Lo había olido en el aire. La niña llevaba el nombre de su bisabuela y la recordaba como nadie pudiera pensar, al menos a los ojos del alelado tío abuelo de su padre, a quien le caía la baba nada más vérsela delante. Pudo “sentir” el comprensivo meneo de cabeza de Jairo y el brillo irónico en los ojos de Balthazar cuando echó a andar decididamente hacia los gritos de la pequeña.

            Se la encontraron al lado del parterre de hierbas aromáticas de su madre, dos pasos por delante de sus hermanos y en una para nada latina postura en jarras. Tartésica pura. Artabán intentó conservar la sensatez pero la niña no le dejó:

            — ¡Dile que no tiene razón!

            — ¿Quién?

            — ¡Él! ¡No tiene razón! ¡La tengo yo!

            “Él” era Kefas. Estaba al lado de la niña como un gigante enfurecido. Con los brazos cruzados, la mirada oscura y los morritos salidos del más obstinado y tozudo de los seres, y dando golpecitos impacientes con el pie en el suelo. Sira, que daba la impresión de llegarle a la rodilla (de hecho no mucho más), lo desafiaba enderezándose en toda su bajura dirigiéndose a la notoria sabiduría de su pariente:

            — ¡Dile que esta hierba no es mejorana! ¡Es orégano!

            Artabán sintió arderle las mejillas: la pequeña tenía razón. Respiró hondo antes de emitir su sentencia. El aire se había llenado de las risas contenidas de sus dos compañeros y de los hermanos mayores de Sira, y de más gente que no se veía con ánimos de identificar. La voz chillona de la niña vibró de nuevo en el aire dirigiéndose a Kefas:

            — Si tío Artabán me da la razón también tendrás que dármela tú. Él sabe más de esto que tú.

            Ambos contendientes lo miraron. Y Artabán volvió a respirar hondo. Kefas aceptó noblemente el reto de Sira:

            — Está bien. Si Artabán te da la razón, me doy por vencido. Y sí, lo reconozco: entiende de hierbas mucho más que yo.

            Jairo ya no pudo contener la risa loca y se alejó a toda prisa dando algún pretexto que al que nadie hizo ni el más mínimo caso. Balthazar no se movió de detrás de Artabán, su temible ironía vibrando en el aire. Todo el mundo lo miraba, ya no podía demorarlo más:

            — Pues sí. Lo siento, Kefas, pero Sira tiene razón.

            La pose de triunfo que tomó Sira fue tan graciosa que nadie pudo contenerse, empezando por sus hermanos, y el aire de derrota de Kefas fue tan cómico que Balthazar tuvo que sentarse o hubiera caído en redondo al impulso de sus carcajadas. Sira dio una mirada a su alrededor y se encaró a sus hermanos:

            — ¡Podéis reíros! Pero ahora tendréis que reconocer para siempre jamás que Kefas sabe perder, y vosotros no.

            Se abrió paso entre ellos y se fue con la dignidad de una reina en miniatura. Los tres muchachos se quedaron petrificados mirándola irse, Balthazar se atragantó con las carcajadas y empezó a toser intentado recuperar el resuello. Kefas y Artabán se miraron, el galileo en estado de puro schock y el tartésico intentado retener el cosquilleo de risa que le subía por la garganta:

            —  ¡Será…!

            Kefas se mordió la lengua, pero Artabán lo miraba interrogador y despiadado:

            — ¡Esa mocosa me ha provocado a propósito para poner en evidencia a sus hermanos!

            — ¿Y qué esperabas, Kefas? Es mujer.

            — ¡Pero si no levanta dos palmos del suelo!

            — Y es la única chica en una hermandad de machos, y la pequeña además. Ha aprendido a defenderse.

            — Pero…

            — Y es tartésica pura. No tiene nada de romana — los ojos de Artabán se enternecieron—. Nuestras mujeres nos miran a los ojos y nos sueltan las verdades. Y a mí me gusta, ¿a ti no?

            El rostro oscuro de Kefas se iluminó en una gran sonrisa:

            — Sí. Da mucha más confianza.

            El mayor de los hijos de Cornelio, la sensatez de su padre, habló en nombre de todos los hermanos:

            — Mejor vamos a jugar al estanque con los barquitos, ¿te vienes? Allí Sira no tendrá nada que hacer contigo. ¿Te apuntas, tío Artabán?

            Riéndose con toda el alma, Artabán declinó la invitación:

            — No, gracias. Yo me quedo vigilando a ese —señaló a Balthazar con un elocuente golpe de cabeza—, a que se guarde sus bromitas sobre el agua dulce.

            Kefas se había ido con los muchachos tomando un muy bien fingido aire de dignidad ofendida, pero al girar el ángulo del patio, los miró a ellos dos con un guiño de divertida complicidad. Y ahora, subiendo la escalera de cuerdas hacia la embarcación que se los llevaría para siempre lejos de las costas palestinas, Artabán cerraba los ojos y en su mente no aparecía la imagen del solemne predicador evangélico, sino ese guiño, esa complicidad casi infantil de los momentos sencillos y alegres de la vida.

Al cabo de unas horas, apoyado en la borda de popa, como despidiéndose de aquellas tierras donde había encontrado las más inesperadas respuestas a sus preguntas, mientras oía a Balthazar hablar de meteoros con algún marinero, Artabán evocó otro recuerdo. Había sido el mismo día, al atardecer. Cerró los ojos y vio las luces del crepúsculo jugando sobre las aguas del puerto visibles desde el patio-jardín de Cornelio. Desde “el día de la esmeralda”, aquella mañana en que Balthazar y Kefas encontraron a Eliahim en el mercado, Artabán había tomado por costumbre aislarse un rato al acabar la larga sobremesa que siempre coronaba la cena; bajo la higuera o apoyado en la balaustrada, de cara a la espléndida vista de la ciudad y del puerto, pasaba largo rato pensando en sus cosas aureolado por las voces alegres de los habitantes de la casa: invariablemente los niños, capitaneados por Débora, volvían loca a la niñera intentando atrasar el momento de irse a la cama; las mujeres chismorreaban sobre los acontecimientos del día, Balthazar chinchaba a Kefas sobre cualquier cosa y acababan discutiendo entre las risas de los demás… Pero aquel atardecer parecía más silencioso, más tranquilo… De repente, una mano poderosa se había posado con fuerza en su hombro y la voz de Kefas lo había sacado de sus cavilaciones:

            — ¡Ah, hola! ¿Qué haces aquí? ¿Balthazar no te ha enzarzado en ninguna de sus peleas trampa?

            Kefas se había reído de todo corazón:

            — No, hoy no. Se ha llevado a todos los pequeños y a alguno de no tan pequeño a una lección de astronomía en la azotea.

            Artabán recordaba perfectamente los segundos de silencio incómodo hasta que él había carraspeado para atraer la atención de Kefas:

            — Oye… Quiero pedirte disculpas en nombre de mi sobrina, de Sira. La niña no pretendía…

            — ¡Pues claro que lo pretendía! — lo había mirado con los ojos llenos de una bondadosa malicia — ¡Pero no tienes porque apurarte, hombre! ¡Si me ha encantado la jugarreta! Esa cría sabe andar por el mundo. ¿Son así todas las tartésicas?

            — Bueno, ellas y nosotros. Tenemos bastante carácter, sí. Y por mucho que se vista con toga, la mayoría de las veces, el tartésico tartésico se queda.

            Kefas le había regalado uno de sus manotazos afirmando rotundamente:

            — ¡Vaya! Me encantaría conoceros, seguro que por allí el trabajo está ya medio hecho…

            Estas palabras habían encendido una lucecita en la mente de Artabán:

            — Kefas, el otro día, cuando te conté el resto de la historia del medallón…

            — ¿Sí?

            — ¿Qué quisiste decir con lo del “meterlo en la cabeza” de no sé qué pandilla?

            Había visto con alarma contraerse la expresión de Kefas en un rictus amargo:

            — ¡Lo siento! No pretendía…

            — No, no pasa nada. Me irá bien sacármelo de dentro, solo te pido que de momento no lo cuentes por ahí, ¿de acuerdo?

            — De acuerdo, ¿qué ocurre?

            — Pues que algunos de los nuestros no están conformes con que se admitan a gentiles en nuestra comunidad y han protestado, deberé ir a Jerusalén a dar explicaciones.

            — Lo siento Kefas.

            — Pues no lo sientas, este tipo de problemas, cuando antes se afronten mejor para todos. Además, gracias a ti he podido aclarar unas cuantas ideas que aún tenía confusas.

            Se habían mirado a los ojos a la luz incierta de la hora y se habían leído mutuamente el alma. Ante la prueba de confianza dada por Kefas, Artabán no podía sino acarar sus dudas:

            — Sé que ahora no puedo demorar más mi decisión, Kefas, pero hay algo que… Tengo un escrúpulo que confesarte.

            — Pues hazlo sin miedo.

            Artabán recordaba aún como su mano había ido sola al medallón pendiente de su cuello: la esmeralda del Abuja Ellu, el triskele del Belu Malahu, la reliquia de la Reina Perdida… Lo había mostrado a Kefas.

            — No puedo renunciar a todo lo que representa, Kefas, creo que es lo más profundo del corazón humano.

            — Nadie te pide que lo hagas, Artabán. Lo único que debes hacer es mirarlo bajo la nueva Luz, y a mí también me ha iluminado, recuérdalo siempre.

            Al cabo de unos días, Balthazar y él habían sido admitidos en la nueva hermandad humana en un acto íntimo, apadrinados por todos sus amigos. Y ahora ambos llevarían la nueva Luz primero a Neri, y después… Mecido por las aguas más bien tranquilas, descendiendo hacia el sur, hacia la mítica tierra de Egipto —de Kemet, como aún la llamaban entre ellos—, Artabán cayó en la cuenta de algo que debería meditar muy bien: la nueva Luz chocaría con la mentalidad romana como ya había chocado con la mentalidad judía, y el choque sería (ya había sido) violento. Pero no con la mentalidad tartésica, ni tampoco con la gaélica… El enigma grabado en la reliquia de la Reina Perdida, ya para nada enigmático, había tomado forma precisamente en estas tierras, en ellas había enraizado y en su sombra había pervivido celosamente guardado por el misterioso personaje que lo había atraído a él, a Artabán, el escéptico físico de Gadir, a aceptar lo inexplicable, a buscarlo hasta topar con la sencillez de lo sublime.

(MARIAM NOGUERA-ALGUÉ, EL MAGO DE GADIR (inédito… por poco tiempo).

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