
La profunda depresión en que lo había sumido la muerte de su compañero de fatigas no amainaba en el corazón de Artabán, y aún más desde que había llegado por fin a Jerusalén. La ciudad tenía algo de agobiante, se sentía mirado con recelo por la gente y pronto le quedó claro que preguntar por la caravana de sus amigos no era lo mejor para ser bienvenido. Sentado en un rincón oscuro de la hostería, con la garganta atenazada por las lágrimas que se negaba a derramar en un ambiente tan público, bebía sorbos desganados de su jarra sin saber muy bien qué hacer ni hacia dónde dirigirse, cuando una sombra le tapó la poca luz de la hora. Alzó los ojos para encontrarse ante él a un hombre aún muy joven, vestido con ropajes no exactamente lujosos, pero sí de una calidad delatadora de riqueza y buen gusto a la vez, tenía un rostro bien parecido con una expresión amable, en aquel momento teñida de una compasión no exenta de simpatía; Artabán se dio cuenta de que reprimía el gesto de ponerle una mano en el hombro, seguramente encontrándolo poco respetuoso en alguien desconocido y de más edad que él. Sonrió y dejó oír su voz:
— ¿Eres tú el que pregunta por la caravana de los magos caldeos?
Artabán sintió un golpe en medio del corazón, pero la voz del desconocido era amigable e inspiraba confianza, además ¿qué tenía él que perder? Contestó intentando no sonar ni distante ni indiferente:
— Sí, soy yo, ¿por qué lo preguntas?
— Creo poder ayudarte. ¿Te importaría venir conmigo a mi casa? — un involuntario gesto de desconfianza por parte del forastero provocó una sonrisa triste en los labios del joven — No tienes nada que temer. Me sentiría muy honrado si aceptaras mi hospitalidad.
La actitud del desconocido acabó con todos los recelos de Artabán, el cual afirmó con la cabeza y se levantó dispuesto a seguirlo adonde fuera que lo llevara. La sonrisa del joven se iluminó al instante y se dispuso a acompañarlo no sin antes preguntar:
— ¿Tienes equipaje? Me encargaré…
Pero Artabán, sonriendo a su vez, le mostró su bolsa de telas multicolores levantándola el suelo en un gesto casi irónico y su inesperado anfitrión, ahora sí, le puso una mano amiga en el hombro para guiarlo hacia el laberinto de calles que poco antes se le antojara una oscura amenaza.
Ya fuera del lúgubre edificio de la hostería, Artabán interrogó con los ojos a su desconocido bienhechor, el cual no se hizo rogar:
— Me llamo Ezra bar Yona. Mi padre es uno de los dignatarios del rey Herodes y yo también tengo mi puesto en la corte, aunque mucho más modesto — sonrió con una pose de niño bueno que enterneció a un Artabán más sensible de la cuenta —. Vivo en esa casa de ahí — señaló una entrada trasera que dejaba entrever algo de verdor, seguramente un patio ajardinado —. Mi padre me la cedió cuando me casé hace algo más de un año, mi esposa está esperando un bebé, de hecho no le falta mucho para dar a luz, un par de semanas según la comadrona.
Dio la última explicación con una sonrisa luminosa mientras se paraba unos segundos ante la puerta de su casa cediendo el paso a su invitado. Artabán entró para encontrarse efectivamente en un patio no demasiado grande, pero lleno de plantas distribuidas con armonía y muy bien cuidadas, con una cisterna formando un pequeño estanque en el centro y suaves aromas en el aire despertados por las primeras humedades del crepúsculo. Ezra lo guió a través de los parterres hasta la entrada a la casa, abriéndose a un salón amueblado con una elegante sobriedad, donde fueron recibidos por una sirvienta anciana de aires severos que se hizo cargo de la bolsa de Artabán sin abrir la boca, por lo visto, Ezra ya había dado antes sus órdenes y sabían que llevaría un huésped. El joven le mostró una mesa baja rodeada de cómodos cojines, y se sentó al mismo tiempo que su invitado. Como movido por un resorte o llamado por algún conjuro, otro sirviente, esta vez un hombre, también de edad avanzada, les sirvió una jarra de vino y unos apetitosos bollos de frutos secos y miel, por lo que se veía, y olía. Ezra le dio las gracias y acto seguido miró a Artabán muy serio. El viajero tartéssico esperó educadamente sus explicaciones, que fueron de lo más sorprendentes:
— Tengo un hermano bastante más joven que yo, que sirve como paje en la corte del rey. Nos queremos mucho, y desde que me he casado pasa casi todo sus asuetos aquí en mi casa…
Eso estaba bien, pensó Artabán, aunque no atinara a acertar la relación que pudiera tener con su caso. Ezra pareció meditar unos momentos antes de seguir hablando:
— Estamos muy unidos porque… Bueno, somos un poco distintos del resto de la familia… — Ezra enrojeció, quizás pensando que no era nada correcto criticar a sus mayores delante de un perfecto desconocido —. Cuando tus amigos llegaron a Jerusalén y empezaron a preguntar por el nacimiento de un “rey de los judíos”, Herodes los convocó pidiendo que se explicaran y… bueno, Jairo, mi hermano, es bastante fisgón y le gusta enterarse de todo, así que se las arregló para estar entre quienes sirvieron el refrigerio ordenado por el rey a sus ilustres invitados, y oyó como Herodes consultaba al consejo de sabios lo de ese extraño nacimiento que los magos caldeos leían en las estrellas, y ellos llegaban a la conclusión de que podría tratarse del esperado Mesías, o de alguien relacionado con las profecías sobre su llegada, y que debería haber tenido lugar en Belén, un pueblo cercano.
Ezra volvió a callar un rato, como si no supiera muy bien cómo seguir, Artabán iba de sorpresa en sorpresa y no se le ocurría ninguna pregunta para llenar los silencios, se limitaba a mirar expectante a su anfitrión y a beber cada una de sus palabras. El relato de Ezra no siguió precisamente del modo que él hubiera esperado:
— Los magos se fueron con el ruego del rey de visitarlo de nuevo cuando hubieran encontrado lo que buscaban. Pero mi hermano, por mucho que le picara la curiosidad y se muriera por seguir a los visitantes, tuvo que quedarse a retirar la vajilla del servicio. Es el más joven de los pajes, y como ya puedes imaginarte, los demás se escaquean a fin de que el último de la fila se lleve los trabajos más aburridos, y también está claro que nadie se fija en un paje llevándose los platos sucios, de modo que oyó como el rey seguía hablando del tema con sus consejeros, pero en un tono muy distinto; no sé si sabes que Herodes es un basileos impuesto a Israel por el poder romano, y por eso mismo siempre entrevé sombras amenazadoras en todos los rincones y vive con el miedo a que aparezca un usurpador. Jairo comprendió muy bien los deseos del rey de eliminar a quien fuera que hubiera nacido en Belén y colmara los sueños de los magos de Caldea. Mi hermano acabó su servicio y pidió a un amigo que lo cubriera diciendo que quería pasar un par de días en mi casa dando ya no recuerdo qué razón. Vino y me lo contó todo rogándome que lo acompañara, pretendía alcanzar la caravana para avisarlos de los siniestros propósitos de Herodes y necesitaba mi ayuda para salir de la ciudad sin ser visto.
Artabán sentía el corazón repiquetearle en el pecho, tomó un sorbo de vino para remojar su garganta seca, pero ni él ni Ezra habían tocado los panecillos. El joven judío siguió explicándose casi en un susurro:
— Jerusalén es una ciudad muy castigada por actos violentos, ya sabes: revueltas, asedios… y muchas casas como esta tienen pasadizos en los sótanos que permiten salir a campo abierto sin pasar las puertas. Alcanzamos la caravana al amanecer del día siguiente, Jairo había simpatizado con un muchacho más o menos de su edad y lo buscó. Se llama…
— ¿Eliahim?
— Sí, ¿lo conoces?
— Sí, ¿está bien? Lo envié yo con un mensaje para uno de los magos y…
— ¿Un tipo de piel muy oscura? ¿De carácter muy expresivo y agradable?
— Sí, Balthazar de Âlu. ¿Lo conociste?
— Sí. Eliahim viaja con su séquito y nos dijo que era su pupilo, su aprendiz o algo parecido.
Artabán sonrió para sus adentros. ¡Bendito Balthazar! En su carta, le pedía que acogiese al muchacho como si fuera hijo suyo, el hijo de un querido hermano que se lo enviaba con el ruego de iniciarlo en su ciencia. Prestó toda su atención a las palabras de Ezra para no perderse ni un detalle de su relato:
— Se aprecian mucho, ¿sabes? El tal Balthazar nos dijo que Eliahim era un mago en potencia porque lo estaba “civilizando de manera civilizada”. No entendí lo que quería decir, pero debía de ser algo muy gracioso, porque mi hermano se partía de risa con la complicidad de tu muchacho.
La sonrisa de Artabán le dejó claro a Ezra que él sí comprendía y que echaba de menos a sus amigos como nadie podía pensar. Pero Ezra seguía hablando:
— Agradecieron en el alma nuestro aviso y nos invitaron a acompañarlos.
— Y… ¿aceptasteis?
— Sí… Yo me había confiado a mi esposa, ella contaría a todo el mundo que había salido impensadamente en un viaje de negocios, y Jairo se las había arreglado para poder desaparecer un par de jornadas, así que…
Artabán se dio cuenta de que su joven anfitrión no lo miraba mientras hablaba, como si precisara darse coraje para seguir un relato lleno de extrañezas o quién sabe qué, y quién sabe si su huésped, un hombre sabio, no lo tomaría por loco, o por demasiado ingenuo…
— Había un cuerpo celeste, una estrella o algo así, no sé muy bien. Tu amigo Balthazar parecía comprenderlo mejor que los otros y saber cómo seguirlo. Llegamos a Belén y de algún modo esa estrella o lo que sea nos guió hasta una casita un poco apartada del conjunto del pueblo, muy modesta. Balthazar y sus dos compañeros se presentaron a la familia que la habitaba, un matrimonio joven con un niño pequeño, no llegaba a los dos años creo…
— ¿Y qué pasó?
— Le ofrecieron presentes, al niño. Como si fuera algún tipo de ser superior, o no sé. No entendí muy bien…
— ¿Qué le ofrecieron?
— Uno, un hombre bastante mayor, muy afable de trato, le ofreció un cofre lleno de piezas de oro. El presente debido al Rey, dijo. Y el otro, que parecía en gran confianza con tu amigo, le ofreció una arqueta de madera labrada y policromada, muy hermosa, llena de incienso granulado, y dijo… algo muy extraño, algo así como que era el presente debido al verdadero Dyaus…
— ¿Y Balthazar?
— Otra arqueta. Era más modesta de apariencia, pero de talla muy meritoria. Estaba llena de mirra. Y dijo algo aún más raro, dijo que era la ofrenda al verdadero Hombre. Y ahora que lo recuerdo, pronunció la palabra de un modo peculiar, pensé que si tuviera que transcribirla lo haría en letras grandes, no sé por qué.
Ezra vio como Artabán afirmaba con la cabeza de un modo absorto, como si no fuera del todo consciente de hacerlo, dejó pasar unos segundos antes de preguntar:
— ¿Y qué pasó luego?
— Jairo y yo volvimos a la ciudad, no podíamos disponer de más tiempo. Yo no comprendía, y aún no comprendo nada, anduve todo el camino perplejo y con muchas preguntas rondándome la cabeza, pero Jairo estaba tan emocionado que no abrió la boca en todo el trayecto, y eso, si lo conocieras lo entenderías, es algo que no había pasado nunca…
— ¿Y ellos?
— Tenían plantado su campamento fuera del pueblo, se quedaron, pero nos dijeron que partirían antes del amanecer y tomarían una ruta distinta para regresar a sus tierras, así se alejarían lo más rápidamente posible de Jerusalén. Nos agradecieron en el alma nuestra advertencia, querían compensarnos a toda costa, pero nosotros no aceptamos nada — Ezra dejó salir una risa suave y tierna —, dijeron que éramos sus ángeles. Bueno, lo dijo tu amigo, creo que es un podo dado a exagerar, ¿no?
Artabán afirmó riendo a su vez, pero contestó con toda el alma:
— Sí, Balthazar es muy exuberante, pero en este caso tiene toda la razón —volvió a ponerse serio antes de preguntar ansiosamente: — ¿Y… qué pasó con el rey al ver que no volvían?
Ezra bajó los ojos hacia sus manos y respiró hondo antes de contestar:
— Envió a un mensajero a Belén… Cuando le dijo que los magos habían desaparecido de la noche a la mañana, como si se hubieran desvanecido en la oscuridad, montó en cólera…
Calló de nuevo y Artabán sintió como el corazón le repiqueteaba en el pecho presa de una extraña angustia. Ezra apretó sus manos una contra la otra para disimular un demasiado evidente temblor:
— Mandó asesinar a todos los niños de dos años para abajo… Fue algo… No eran muchos, una veintena, creo… Belén es una localidad pequeña… y fuera de sus límites casi nadie se enteró, pero…
Artabán quedó con la boca abierta, mudo de puro horror. Ezra levantó los ojos mirando a la nada:
— Jairo vino a contármelo fuera de sí, suplicándome que intentara saber…
Respiró hondo unas cuantas veces y siguió su relato con la voz velada por la emoción:
— En Belén conozco a un buen hombre, un carpintero muy hábil. En realidad es amigo de mi suegro, que le encargó el arcón de novia donde mi esposa guarda su ajuar y me gustó tanto que le pedí me lo presentara. Ha hecho una cuna preciosa para nuestro bebé… Bueno,… El caso es que fui a verlo con la excusa de un nuevo encargo y le pregunté… Resultó que el padre del niño en cuestión también es carpintero y él le pasaba algunos trabajos… Me dijo que también habían desaparecido sin dejar rastro, la misma noche que los magos levantaron el campamento… Dos días antes de la tragedia…
Artabán sentía como todo el peso del mundo le caía sobre los hombros. Sentía como la bolsa de las piedras preciosas pesaba en su ceñidor como si estuviera llena de plomo y lágrimas muy amargas le subieron garganta arriba. Hizo un esfuerzo para tragárselas y preguntar:
— ¿Y nadie sabe…?
— Mi amigo carpintero me dijo haber hablado con un mercader que se cruzó con una pareja con un niño en la ruta que va hacia el sur, la ruta de Egipto. Se había fijado en ellos porque iban solos y le pareció un poco insensato e imprudente… No pregunté más. El buen hombre ha perdido a un sobrino y estaba muy afectado…
Pareció que Artabán iba a preguntar algo a su vez, pero en aquel mismo instante, la sirvienta que los había recibido al llegar a la casa apareció muy agitada en el umbral de la puerta. Ezra alzó los ojos interrogadores hacia la buena mujer, la cual no le dio tiempo de abrir la boca:
— ¡Tu esposa, señor! ¡Se ha puesto de parto!
(…)
Ante la evidente atención de Artabán, llena de una curiosidad manando por todos sus poros, pero a la vez contenida por una profunda compasión por todos los betlemitas, acompañado en ambos sentimientos por un Ezra muy silencioso y conmovido, Zakai empezó a hablar:
— La llegada de los caldeos nos inquietó un poco, ya os lo he dicho. La caravana estaba formada por bastante de gente y claro, en un pueblo como el nuestro se hacía notar, y aunque pronto quedó claro que los miembros importantes eran solo tres, llevaban un nutrido séquito, y uno de ellos incluso una familia harto numerosa. Pidieron permiso para montar un campamento e hicieron un generoso donativo al consejo y a la sinagoga para agradecer nuestra hospitalidad, así vimos que eran gente de paz y perdimos un poco la aprensión… Bueno, no dejaban de ser gentiles — sonrió y se sonrojó un poco al mirar a Artabán —, pero eran gente buena y no nos harían ningún mal, más bien todo lo contrario. Además nos entendimos bastante bien, hablaban un arameo extraño para nuestros oídos, pero comprensible.
— ¿Os dijeron a qué venían?
— No — Zakai miró a Artabán con los ojos muy abiertos —, ahora que lo pienso, no. Dimos por sentado que estaban de paso y querían descansar, y como era evidente que no conocían el país, no nos extrañó que no hubieran buscado un sitio mejor… Mientras montaban el campamento, algunos de los niños más osados se acercaron a curiosear, entre ellos el segundo de mi hermana, que arrastró a la niña, mucho más tímida que él. La pobre criatura se asustó cuando vio acercárseles a uno de los magos, un tipo muy alto de piel oscuro y ojos saltones… Bastante feo a lo que parece…
Artabán no pudo aguantar una carcajada, y si bien él sintió apuro juzgándola un poco fuera de lugar, Zakai la agradeció y Ezra lo imitó, encantado de destensar el aire. El mago de Gadir aprovechó para explicar quién era Balthazar y el profundo afecto fraternal que los unía. La sonrisa de Zakai se hizo más espontánea a pesar de sus ojos tristes, y su voz más firme:
— Sí, es lo que dices: un tipo estupendo. No se ofendió por el susto de mi sobrina y de otros pequeños, ni lo aprovechó para alejarlos, sino que los animó a acercarse, les explicó el porqué de su color de piel, les contó historias y les presentó a su gente, sobre todo a sus dos compañeros. Los niños quedaron encantados. Entre los tres los llenaron de dulces y les dieron regalos para ellos y sus familias… El más anciano, que era quien había tratado con el consejo, un hombre muy afable, se las arregló para que ninguna familia se quedara sin un presente, algo que fuera hermoso y útil a la vez — la mirada de Zakai se fue impulsivamente hacia una lámpara de pie, puesta sobre un arcón de madera tallada, labrada en bronce y con adornos de cristal muy bellos que debían de lucir de manera esplendorosa al encenderla, pero acto seguido bajó los ojos y le vieron brillar lágrimas —… Mi sobrina le contó que tenía un hermanito pequeño y el hombre le ofreció un sonajero de madera pintado con colores muy vivos, muy bonito, el niño se volvió loco de alegría… Lo enterramos con él…
Zakai tardó largo rato en poder controlar su sentimiento, pasándose los dedos discretamente por los lacrimales en un inútil intento de frenar las lágrimas. Ezra seguía silencioso y cada vez más conmovido. Artabán le puso una mano amiga en el hombro y en este gesto Zakai encontró el coraje para seguir:
— Debido a la curiosidad de nuestros niños, nos enteramos de la extraña ofrenda en la casa de Yosef — se dirigió a Ezra —. Después me contaste que tú y tu hermano estabais ahí, pero nadie os vio.
Ezra bajó los ojos y sus mejillas se encendieron, murmuró en tono de disculpa:
— Procuramos pasar desapercibidos, como ya puedes comprender…
Zakai sonrió bondadosamente y ahora fue él a disculparse:
— ¡Oh, no! No pretendía censuraros, ¡nada más lejos! En realidad fue un gesto muy valiente por vuestra parte…
Ambos se sonrieron bajo la mirada paternal de Artabán, el silencio duró unos segundos, roto por voces procedentes de la calle y los sonidos típicos de la actividad de un pueblo: cerca debía de trabajar un herrero, y alguien tenía dificultades con su asno a juzgar por los potentes bramidos, algunos niños jugaban en alguna parte, pero sus voces no tenía alegría, era como si el pueblo entero estuviera entumecido, como si su alma se hubiera helado a consecuencia de alguna maldición extraña… Artabán cortó sus reflexiones al oír como Zakai hablaba de nuevo:
— ¿Os importaría salir a dar un paseo? Soy consciente de ser un poco descortés, pero…
Ezra miró a Artabán sin decir nada, correspondía al invitado forastero disculpar al dueño de la casa y Artabán no se hizo rogar:
— Al contrario, Zakai, te agradezco la propuesta, a mí también me apetece mover las piernas.
Salieron los tres a un Sol ya esplendoroso y Zakai los guió calle arriba, caminaron en silencio hasta que el sendero se alejó de las casas, con campos a derecha e izquierda, Zakai les mostró una casita algo apartada, construida aprovechando una cavidad en las rocas:
— Esta es la casa que ocuparon Yosef y su familia.
NOGUERA-ALGUÉ, MARIAM. EL MAGO DE GADIR
(fragmento puede que del capítulo 6 – inédita, por ahora)