La primera luz de una tímida aurora se filtró por los cristales multicolor de la ventana, tiñendo la cámara nupcial de un halo mágico. Beatriz sonrió a su marido dando mentalmente las gracias por su suerte por enésima vez. ¡Estaba tan angustiada durante aquel largo viaje atravesando media Europa! Y se encontró con que la Providencia le había deparado a este chico dulce y afectuoso como pocos, pero a la vez enérgico y con carácter (¡no le habría sido nada fácil poner en su sitio a su madre, y menos como lo hizo!), y además ¡era tan guapo! Algo de lo que le pasaba por la cabeza debió de saltarle por los ojos, porque Fernando, que la tenía estrechamente abrazada mientras la miraba con embeleso, le sonrió de aquel modo encantador. Beatriz no pensó las palabras, se las encontró escapándosele de los labios sin casi darse cuenta:
— ¡Quiero llevarme bien con tu madre!
Fernando dejó salir una risa clara y franca que la hubiera derretido si no lo estuviera ya, tardó un rato en poder hablar:
— ¿Por qué? ¿Y a qué viene eso?
Ella buscó una posición más cómoda y compuso un mohín que quería ser serio, pero sin lograrlo del todo:
— Pues viene a que viene. Y no es broma: quiero llevarme bien con ella. Creo que es una mujer formidable.
Fernando se sentía sacudido por emociones que veinticuatro horas antes ni tan solo hubiera podido imaginar. Le encantaba aquella sonrisa de mofletes suavemente rosados y aquella alegría saltando por los ojos de aquella niña a quien había temido de veras encontrarse delante. Reprimió las ganas de pellizcarle las mejillas, pero no pudo evitar un tímido beso en la punta de la nariz respingona. Ella rio y entonces él tuvo valor para comentar los hechos de la tarde anterior:
— Quizás fui un poco más brusco de lo que debía y te hayas formado una imagen que…
— ¿Brusco? ¡Qué dices! Me encantó que la pusieras en su sitio, de veras.
Ladeó la cabeza con un movimiento de pajarito y tomó un aire de mujercita responsable que hizo latir el corazón del rey de un modo peligrosamente acelerado.
— Pero no pude sino admirarla por su reacción, ¿sabes? Ese modo de encajar tus reproches reconociendo haber obrado mal. Tu tía no lo habría hecho nunca.
— ¡¿Mi tía?! ¿Qué tiene que ver…?
La sorpresa le bajó la guardia y Beatriz aprovechó para deshacerse de sus brazos y sentarse de un salto en la cama. Él no se movió de su posición, aunque ahora tuviera que mirarla alzando los ojos. La nueva reina de Castilla adoptó un cómico aire regio en su alcoba nupcial.
— ¿No conoces a la reina de Francia?
Fernando sonrió con un retintín irónico. Sí le habían llegado rumores sobre el carácter de su tía, templado por su apego al marido e inflexible con todo aquel que no fuera el rey de Francia, prole incluida. Juzgó prudente no ahondar en un tema que no tenía lo que se dice muchas ganas de seguir. Cogió el extremo de una de las trenzas despeinadas de su reina y se la llevó a los labios, Beatriz soltó una risita divertida.
— Debo de tener un aspecto horrible.
Los ojos de su marido hablaron a su pesar, pero la reina no se molestó, todo lo contrario. Volvió a mover la cabeza en aquel gesto de pajarito que tanto enternecía a Fernando, se rio de nuevo y los hoyuelos de sus mejillas se marcaron como nunca:
— Eso tiene de bueno que te vistan como un esperpento, que luego cualquier cosa es mejor que aquello.
Sí, las galas nupciales de la joven princesa de Suabia no expresaban lo que se dice el mejor de los gustos. ¡Qué tontería vestir a una niña de apenas quince años con aquellos ropajes, y sobre todo peinarla como una anciana, por muy reina que fuera! Y el tocado…, bueno… Beatriz seguía el hilo de los pensamientos de su rey sin dejar la sonrisa mientras Fernando pensaba que las trenzas despeinadas por toda una noche y gran parte de la madrugada conociéndose en sentido bíblico la hacían mucho más hermosa, mucho más regia incluso, mucho más…
— ¡Por aquí voy a empezar!
— ¿A empezar qué?
— A caerle bien a tu madre. Es una mujer muy elegante, voy a pedirle que me aconseje y me preste a sus…
— ¡Ay, ay! Si mi madre te juzga frívola, o cree que quieres emularla, o…
— ¡No, qué dices! Tú déjame a mí…
— Muy bien.
Tiró de ella para obligarla a echarse de nuevo a su lado y la abrazó con fuerza. Beatriz, encantada, le acercó los labios al oído y le murmuró en ese castellano incorrecto mezclado de alto alemán, cuya dureza se dulcificaba de un modo tan armónico con reminiscencias griegas:
— Pero tienes que prometerme algo a cambio de la paz doméstica.
— ¿Y qué es?
— Que siempre tendremos echado el cerrojo de nuestra alcoba, también en sentido metafórico.
— ¡Hecho!
Y Don Fernando, rey de Castilla y heredero de León, besó apasionadamente a su reina con la total seguridad de que ni había rubricado en el pasado ni rubricaría en el futuro ningún otro pacto con la complacencia de este.
MARIAM NOGUERA-ALGUÉ. (Embrión de una historia para el futuro… inspirada en una obra del pasado…)