Una historia atípica para un tiempo atípico. El Mago de Gadir se está gestando y quizás pronto vea la Luz. Seguro que en la próxima Navidad celebrará una nueva visión de la Vida… pero esta Navidad, quizás la más auténtica en muchos años, quiero ofreceros una pequeña primicia…
FELIZ NAVIDAD – BON NADAL – JOYEUX NOËL – BUON NATALE – MERRY CHRISTMAS – BO NADAL – ΚΑΛΑ ΧΡΙΣΤΟΥΓΕΝΝΑ…
(…) Con la muñeca firmemente agarrada entre sus brazos, Sira se deslizaba como una sombra en la oscuridad de la noche, recorriendo sin vacilación alguna los pasillos y las escaleras de la casa solariega del abuelo Neri. Bueno, el abuelo de papá, pero todos, todos lo llamaban “abuelo Neri”, incluso los criados, y a veces incluso su hermano, el tío Artabán, y Balthazar, que no era pariente de nadie, pero todos lo querían tanto o más que si lo fuera. Claro que tío Artabán y Balthazar lo hacían con retintín y para tomarle el pelo, y el abuelo Neri, en lugar de enfadarse, se reía con ellos. A Sira le gustaba mucho más vivir aquí, en la gran hacienda de sus mayores, que no en Cesarea, de Cesarea solo echaba de menos a Kefas, y a veces a Débora, pero aquí tenía una niñera para ella solita que se la recordaba mucho, también era muy alegre, y lo pasaban muy bien juntas… Sí, echaba mucho de menos a Kefas. Y era raro, porque Kefas era un hombre muy mayor y cuando lo conoció se le antojó casi un gigante, y tenía mal genio, se enfadaba por nada y… ¡por eso mismo lo echaba de menos! Porque con Kefas podía pelearse a sus anchas, pelearse de verdad. Kefas no se reía de ella como hacían siempre sus hermanos, que la chinchaban por el mero placer de verla enfadarse y luego divertirse a su costa, como todos los demás, por lo visto la encontraban muy graciosa cuando echaba chispas, pequeñita y algo regordeta como era. ¡Pues no! Y Kefas la tomaba en serio. Siempre acababan haciendo las paces, claro, pero nunca sin llegar a un acuerdo, y cuando tenía razón ella (la mayoría de las veces, porque si no estaba segura, no peleaba), no tenía ningún problema a dársela por muy mayor e importante que fuera él, y por muy pequeña e insignificante que fuera ella.
Y otra cosa. Lo echaba de menos, porque cuando Kefas les hablaba de Él lo hacía como si estuviera presente, como si los estuviera escuchando de verdad. Balthazar también lo hacía, claro, porque Balthazar Lo había conocido muy bien, pero no era lo mismo. Balthazar era como si contara una historia, en cambio Kefas contaba “algo real” y ella lo comprendía siempre todo a la primera. Y si no, estaba Débora. En esto si la echaba mucho de menos. Débora lo contaba todo incluso mejor que Kefas y a veces lo contradecía y discutía con él, y Kefas casi siempre terminaba cediendo. Débora y ella compartían habitación en la casa de Cesarea, y conversaban mucho a hurtadillas, cada noche, sin que nadie se enterara de nada. De repente, Sira se encontró las mejillas húmedas y se las secó con una mano. ¡Por suerte era de noche, estaba oscuro y estaba sola! Si no, sus hermanos se habrían despachado de lo lindo mofándose de ella. Otra cosa que le gustaba era que aquí, como era una mansión muy grande, tenía una habitación para ella sola y su niñera ocupaba un cubículo al otro lado del pasillo. En Cesarea era agradable compartir cuarto con Débora, pero era bastante pequeño y la niñera de allí (un poco gruñona, la verdad) dormía en un extremo, separada de ellas solo por una cortina, y por eso tenían que hablar siempre muy bajito para que no las pillara. Pero aquí no. Y podía levantarse por la noche y deslizarse por la casa como un fantasma, como ahora, que iba decidida a la habitación de Balthazar.
Hacía dos días habían celebrado una fiesta muy alegre. Había sido idea de Balthazar y la había organizado para contarles los recuerdos de su viaje a Belén, y les había hecho regalos preciosos a ella y a sus hermanos y a los niños de los criados que vivían en la casa. Propuso repetirlo cada año para no olvidarlo nunca y todo el mundo estuvo de acuerdo. Y a ella le había regalado aquella muñeca tan bonita, era lo más bonito que había visto nunca. Subía tan rápido las escaleras que jadeaba un poco y todo. Cuando tío Artabán y él llegaron a casa del abuelo Neri, mucho antes que ellos, Balthazar le había pedido alojarse en un sitio alto para no molestar a nadie cuando salía de noche a ver las estrellas, y el abuelo le había cedido como una casita encima del tejado, que daba a una pequeña azotea toda para él, era como una torre pequeñita. Sira había llegado por fin a su destino y llamó con toda su determinación, Balthazar abrió y se quedó con la boca abierta al verla, Sira se deslizó por debajo de su brazo, él cerró la puerta y permaneció mirándola aún sin habla. Sira dio una ojeada a su alrededor: la cama estaba hecha (bueno, digamos algo por el estilo), el lampadario encendido y encima de la mesa llena de cachivaches había un papiro medio escrito.
— ¿No duermes?
— No, no tengo sueño y lo aprovecho para escribir unas cosas. ¿Qué haces aquí?
— Es por mi muñeca. ¿Puedo sentarme?
— ¡Claro!
Balthazar la aupó encima de la cama no sin antes apartar un par de cojines y un revoltijo de ropa y él se sentó en su silla de brazos, la miró con una arruga de preocupación en la frente:
— ¿Qué le pasa a tu muñeca? ¿Se te ha roto?
Sira negó con la cabeza, Balthazar probó de nuevo:
— ¿No te gusta?
— Sí, sí me gusta. Es lo más bonito que he tenido nunca.
— ¿Entonces…?
— ¿Y los demás?
— ¿Qué demás?
— Los otros niños de la hacienda, los que no viven en la casa.
— ¿Qué les pasa?
— No tienen regalos. Mi mejor amiga es Gara, no puedo ir a jugar con ella con mi muñeca si ella no tiene ninguna, no es justo.
Balthazar volvió a quedar mudo y con la boca abierta. Gara era la hermana pequeña de la niñera de Sira, y ambas eran hijas del colono más cercano a la casa grande. Sira seguía mirándolo con los ojos muy abiertos, como si esperara que comprendiera algo por sí solo, pero Balthazar estaba demasiado sorprendido como para pillarla. Al fin la niña hizo un gesto de impaciencia y se explicó:
— Tenemos que hacer regalos para todos y llevárselos.
— ¿Cómo quieres…?
¡Qué lentos eran los mayores, Dios mío! Y si eran hombres, peor que peor.
— Pues se hacen juguetes para todos y se va una noche oscura y se los deja en la ventana. Y se les dice que es para que celebren la fiesta con todos nosotros.
— ¿Y de dónde sacaremos tantos juguetes en pocos días?
— ¡Por favor! Esta muñeca la ha hecho papá. Y muchos otros juguetes los ha hecho Lío, ¡cómo si no lo supiera yo!
A Cornelio Neri el Joven siempre le había gustado trabajar con la madera, y en Cesarea, cuando se formó la comunidad, encontró a un buen maestro en un artesano que a veces hacía algunos trabajos para su casa. Y ahora en la hacienda podía dar rienda suelta a sus aficiones. Y Lío, su hijo mayor (Cornelio en realidad, pero de pequeño, cuando le preguntaban su nombre, siempre respondía “Lío”, con tanta gracia que le quedó el apodo, y así lo diferenciaban de su padre), le iba a la zaga.
Balthazar sentía un nudo en la garganta, una mezcla de sentimientos muy difíciles de explicarse: el impulso generoso de la pequeña, el recuerdo de sus graciosas discusiones con Kefas en Cesarea, la añoranza de unos días que habían pasado demasiado rápido… Tragó saliva, carraspeó para recuperar la voz y preguntó:
— ¿Y tú cómo sabes eso?
— Pues porque esta muñeca es exactamente como me gusta, tiene todo lo que deseaba, y solo puede haberla hecho alguien que me conozca muy bien. Y ese alguien es papá.
Balthazar reencontró su sonrisa y afirmó resueltamente con la cabeza antes de responder:
— ¡De acuerdo, Sira! Y tienes toda la razón, tiene que haber regalos para todos. Mañana hablaré con tu padre y lo haremos.
La niña lo miró con una graciosa formalidad:
— Y les contaremos la historia a todos.
— Sí — Balthazar rio, pero enseguida se puso muy serio —. Oye, Sira, me siento un poco mal, ¿sabes? Porque yo no fui el único, estaba mi amigo Gaspar, y su compañero Melchor, y tu tío Artabán… que no llegó a tiempo porque se dedicó a hacer cosas buenas por todo el camino y siempre encontraba a quien ayudar.
Balthazar se interrumpió al notarse la voz temblorosa al recuerdo de sus amigos. Melchor era ya muy anciano cuando emprendieron aquel viaje insensato, y murió al cabo de poco, puede que el esfuerzo hubiera sido demasiado para él, y quizás la angustia del retorno, aquel alejarse a marchas forzadas en un desesperado intento de ahuyentar el peligro que suponía su presencia para la misteriosa familia de Belén. Y Gaspar. Gaspar, su querido amigo de la infancia, su compañero de locas aventuras adolescentes y de sueños de juventud. Habían regresado juntos a Borsippa y algún tiempo después, Balthazar había remontado el Éufrates hasta Âlu, con el regusto amargo de haber perdido contacto con Artabán, pero allí la vida se le hacía insoportable, ya no tenía nada en común con su familia, la pérdida de su mayordomo había descolocado completamente su universo doméstico y él mismo ayudó a los nietos de su pobre amigo a caminar hacia otros horizontes, y con ellos a Eliahim, su querido “hijo del alma”, lo último que le quedaba de Artabán, y al cabo de unos meses, aquel mensaje urgente conminándolo a volver a Borsippa a marchas forzadas porque Gaspar había caído gravemente enfermo. Llegó con el tiempo justo para acompañarlo en su último viaje y se quedó solo. Cumplió el postrer deseo de su amigo convirtiéndose en el tutor de sus hijos menores y en el administrador de su casa, y cuando ya no fue necesario, emprendió de nuevo el camino hacia el sur, rehízo la ruta de la estrella para buscar su rastro luminoso y reencontrarlo a Él, ahora evidentemente adulto. Se unió a su gente, se hizo íntimo de Jairo y Susana, y ellos lo acogieron como a un hermano en su hogar. Instruyó a Débora y a otros chicos y chicas en sus conocimientos, encontró a un digno contrincante en Kefas y…
Se había ido por las ramas dejando a Sira con la palabra en la boca. La miró decidido a disculparse, pero en los ojos de la niña había una luz de comprensión que casi lo asustó: Sira había seguido el camino de sus reflexiones y lo contemplaba muy seria, respetando sus sentimientos. Respiró hondo antes de hablar de nuevo:
— ¿Sabes lo que haremos, Sira? Diremos a todo el mundo que los regalos vienen de nosotros cuatro, ¿qué te parece? De los vivos y de los muertos, de los presentes y de los ausentes. A tu tío Artabán le gustará, ¿no crees? Y a mis pobres amigos también les gustará verlo desde el Otro Mundo. Y Él estará muy contento, muy feliz por todos nosotros.
Sira iluminó una gran sonrisa y afirmó repetidamente con la cabeza. Se sentía muy emocionada sin saberse explicar muy bien por qué, aunque de algo estaba muy segura: si Balthazar se daba cuenta de las lagrimitas que le titilaban en los ojos, no se reiría de ella, todo lo contrario.
MARIAM NOGUERA-ALGUÉ, EL MAGO DE GADIR (frag.)
Inédito, por ahora…