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Mariam Noguera

We’re Dust.

Publicada el 08/11/201918/11/2019

EL DÍA QUE NOS ENAMORAMOS DE HANS GRUBER

Cuentan las crónicas olvidadas de la vieja Europa, que cuando el Abad Suger enfermó de malaria en el otoño de 1150, consciente de que su mal no tendría cura y al tiempo que cumplía con el ritual propio de su mundo, añadió su característico toque de humor al encarar el fin de esa vida genial de la que había asumido toda la responsabilidad con alegría y ganas, que había vivido tan libremente: deseó no morir antes ni durante las Navidades, para no fastidiar las fiestas de sus monjes con un luto. Y consiguió su deseo: el gran padre de la patria francesa expiró el 13 de Enero de 1151, en la Octava de la Epifanía que concluía el ciclo navideño.

Y 865 años y un día después, la historia casi se repite al apagarse una de las más insólitas voces de Dios que nunca hayan existido. El pasado 14 de Enero, un escueto comunicado de prensa informó al mundo de la muerte de Alan Rickman. Nadie sabía que la espléndida recreación de Luis XIV de A Little Chaos era obra de un hombre enfermo de cáncer que vivía sus últimos meses. El Rey Sol irradiaba sus últimos rayos con la misma energía, la misma potencia de siempre.

Y nada más. No se dio nada como espectáculo. Fuera del país de origen, una noticia simple entre muchas otras en los noticiarios de todo el mundo, llenos a rebosar de material mucho más interesante. Un adiós sin notoriedad alguna en un invierno que se ha llevado celebridades mucho más glamurosas. Obituarios sencillos al día siguiente en los periódicos, sin grandes titulares; referencias de pocas líneas en los semanarios… Porque al fin y al cabo, tampoco es que se tratara de ningún gran personaje, porque ese amable gigante celta de mirada penetrante y dulce sonrisa no se vendía en público, y en el fondo no dejaba de ser un eterno secundario con algún protagonismo la mayoría de las veces demasiado compartido con estrellas mucho más rutilantes. Pero…

“La popularidad le llegó con Snape”, rezaban las necrológicas. Snape, claro. Escuchando y leyendo, en algunos casos, se tenía la sensación de que Alan Rickman desaparecía y quien había muerto realmente era Severus Snape, el inquietante personaje de un hermoso cuento de magia con final inesperado… y que se convierte en guía para miles y miles de seres humanos en el momento de despertar a la Vida. Pero… otra vez pero. También para miles de nosotros, a quienes las historias de Hogwarts nos llegaron ya en edad adulta, Alan Rickman no se limitaba a Snape.

Para muchos que contemplamos fascinados a Hans Gruber, que descubrimos a Jamie, el amante que vuelve del Más Allá porque no soporta ver el dolor de su compañera, que nos sentimos extrañamente conmovidos con Georges de Nottingham, hipnotizados con Franz Anton Mesmer, enternecidos con el Coronel Brandon, seducidos por Grigori Rasputin, sorprendidos por Alexander Dane, agradecidos por Alfred Blalock y Alex Hughes; divertidos con John Gissing y Steven Spurrier… Profundamente transformados por P.L. O’Hara, Hilly Kristal y… Metatrón…

Para nosotros Snape era simplemente una coherencia, una síntesis, un punto de concentración radial y de irradiación tangencial de tanta luz. Ante nuestros ojos, el Ángel de la Tiniebla emergía en el vértice del cono y se convertía en el Ángel de la Luz. Y la Esperanza se abría paso hasta los confines del inframundo, iluminaba todos los infiernos, ridiculizaba a todos los diablos patéticos, y con paso firme, sin grandes elocuencias de retórica barata, sin espectáculos rituales, mostraba al mundo la Fuerza del Amor moviendo al alma humana.

Y el mundo comprendió. Para ese adiós sobrio, elegante y discreto, más allá del testimonio emocionado de amigos y compañeros, el elogio oficial fue un mero trámite, con algún que otro ápice de pasión y calidez. Pero centenares de almas se unieron a través de las nuevas redes para rendirle el más sincero de los homenajes jamás rendido a un hombre a quien la gran mayoría de nosotros nunca conocimos en carne y hueso, nunca tuvimos cerca; con quien nunca compartimos intimidad alguna, nunca conversamos; de quien no guardamos recuerdos personales, pero sentimos profundamente nuestro. Un alud de testimonios inundó los ríos de energía que hoy trasladan imágenes y palabras a todos los confines del mundo. Y no eran llantos de plañideras, palabras de cortesía, dramones de fanáticos, excentricidades de frikis. Eran… Acciones de Gracias por tanta Luz y deseos de Paz para tanta Vida. Reconocimientos de guía y maestrazgo, de almas que perdieron el miedo a aceptarse en toda su humanidad, de mentes que se abrieron a la voz de un verdadero Metatrón que una vez se encarnó a sí mismo con sana ironía. La ironía divina que inspiró un tan acertado adiós: ¿qué mejor despedida que un Rey al cual la Historia apoda “el Sol”?[1]

El Ángel de las Tinieblas

Como todo fenómeno humano, la obra de Alan Rickman pasa por un “período de gestación”, una pre-vida de casi una década, un largo aprendizaje de participación en producciones televisivas, sobre todo para BBC, y un afianzar una carrera teatral que nunca se dejará al margen, todo lo contrario[2]. Pero en el aprendiz emerge ya el maestro, y una de las creaciones del joven Rickman para BBC nos anticipa el genio que espera su oportunidad: ¿quién no recuerda al magnífico reverendo Obadiah Slope de The Barchester Chronicles?[3] Una creación de esas que tan fáciles son de encasillar, y de generar titulares que llegarán hasta las necrológicas con expresiones como “nuestro villano preferido”. Pero en el inquietante clérigo de Barchester, aparece algo mucho más inquietante, aunque en el buen sentido: una extraña e inesperada capacidad para razonar el mal.

Evidentemente fue su físico peculiar, su mirada hipnotizante y su voz lo que convertía a Alan Rickman en el candidato idóneo para los papeles “de villano”. Pero nunca se resignará a ser “el malo” de la historia. Sus personajes, más que malvados se manifestarán como almas atormentadas, seres heridos que intentan vengarse o, desde su punto de vista, defenderse en un mundo hostil; hombres marginados, quizás por una genialidad no reconocida, por una proyección que choca en un mundo demasiado programado, por unas ganas de crecer que parecen antinaturales en un neverland cualquiera. Como buen actor, dejará que el espíritu del personaje se apodere de su cuerpo, pero no se quedará ahí: querrá conocerlo a ese personaje, a su mundo, a su proyección hacia ese mundo y hacia su más allá de él mismo y de su orden; querrá penetrar en ese espíritu al que dará materia, y haciéndolo lo convertirá en algo más que palabra y acción. Se transmutará en el personaje sin dejar de ser él mismo. Y nos hablará a través del personaje, nos obligará a nosotros a conocerlo también, a esforzarnos por comprenderle, por mirar a su mundo desde sus ojos. Y a no juzgar, a no quedarnos nunca en las simples apariencias.

Y ese es el secreto de que en un tipo de carrera en la cual el azar y las oportunidades inesperadas juegan siempre un gran papel, la trayectoria de Alan Rickman, al final de su vida, nos aparece bajo la luz de una gran coherencia. Porque en cada personaje nos transmite una idea clara y precisa del Hombre y de su mundo, y del impulso de plusvivencia que lo proyecta con fuerza a romper los límites y a trascender siempre más allá de todo orden prefijado. Y lo hace porque quiere hacerlo. Desde el principio.

Porque la emergencia de Alan Rickman en la gran proyección de la gran pantalla será a lo grande. Y será en parte la gran culpable de esa etiqueta de “villano” de la que hemos hablado. La historia es muy conocida: al poco tiempo de su llegada a Nueva York con el elenco de la Royal Shakespeare Company para poner en escena Las amistades peligrosas, el director John McTiernan quedó fascinado por su creación de Valmont y le propuso el papel antagonista de su próxima película: una adaptación de la novela de Roderick Mayme Thorpe jr Nothing Last Forever (1979); la película, que se titularía Die Hard (y llegaría a España como La jungla de cristal), se estrenó en el verano de 1988. El personaje en cuestión, un delincuente de origen alemán llamado Hans Gruber, que se hace pasar por terrorista para enmascarar un sofisticado golpe cuyo único objetivo es un sustancioso botín económico, tuvo un éxito arrollador y fijó la imagen de Rickman en muchas mentes para siempre. Pero de un modo inesperado, porque resulta que muchos espectadores quedan fascinados, seducidos no saben cómo ni por qué. “Me enamoré del alma gentil de voz suave que trajo a Gruber a la vida”, escribirá Kevin Smith en su conmovedora carta de despedida al saber la muerte del actor. Y es cierto. De un modo u otro, Hans Gruber, que inicialmente fue el causante de que en el futuro se identificara a Rickman como un genérico “villano”, nos enamoró. Y fue más que la natural atracción del “chico malo” como contrapunto al héroe sin mácula que termina por fastidiar con su increíble perfección. Kevin Smith sabe expresarlo con una frase contundente: “Me enamoré del alma”, un “alma” que se adivina “gentil” y se expresa con “voz suave”. No del personaje propiamente dicho, sino del alma que lo trae a la vida. De un alma que, a través del personaje, supo expresar algo más que el simple devenir de la historia escrita en el guión. Volveremos a ello, porque en su momento, Hans Gruber nos escondió un secreto que Alan Rickman no nos revelará hasta un cuarto de siglo después.

Si “el alma gentil de voz suave” de Rickman llevó a Gruber a la vida, también Gruber significa la llegada de Rickman a la Vida de la gran pantalla en lo que son un par de años muy fructíferos, aunque con títulos no especialmente conocidos por el gran público: The January man (El asesino del calendario, 1989), Quigley down under (Un vaquero sin rumbo, 1990), Truly, Madley, Deeply (1990), Close My Eyes (1991), Closer Land (Tierra de armarios, 1991). Entre esos títulos, Truly, Madley, Deeply, el primer protagonismo de Rickman en el cine, nos da una historia de amor dulcísima, una trama pura y delicada como un paisaje nevado que uno no osa pisar para no quebrantar su innegable magia. Pero ese tierno fantasma enamorado que vuelve del Más Allá para devolver la alegría a su compañera desolada por su muerte, y que acaba renunciando a ella porque, evidentemente, al devolverle la ilusión de vivir la pierde para siempre, ¿sería lo mismo interpretado por otro actor? ¿O se convertiría en un panfleto sensiblero?

El último plano de Jamie despidiendo a Nina a través de la ventana, intentando tragarse las lágrimas sin lograrlo, consolado por sus amigos fantasmas, transmite una fuerza y una pureza que sólo Rickman será capaz de lograr y que prefiguran otra imagen marcada con fuego en el alma de las generaciones formadas con la magia de Harry Potter: Snape agonizante pidiendo a Harry que lo mire para poder morir mirando los ojos de Lily; Snape abrazado al cadáver de Lily en la única expresión de afecto que se le ha permitido tener en toda su vida. Una fuerza y una pureza que han sido capaces de despertar en esas generaciones el deseo de un Amor casi prohibido en un mundo que ha enseñado a avergonzarse de los buenos sentimientos, un deseo irrefrenable de amar y ser amado “como Snape amó a Lily”.

El Ángel de las Tinieblas irradia Luz

Y el mismo fenómeno acaecido con Hans Gruber se dará en Robin Hood The Prince of Thieves, estrenada en 1991. Pero esta vez es distinto. Ese “algo” que ya había chisporroteado en el reverendo Obadiah Slope y en el Elliott Marston de Un vaquero sin rumbo, se convierte en una verdadera explosión en el Sheriff de Nottingham. Amargado, iracundo, tirano, cruel hasta caer en lo grotesco, el antagonista de “el Príncipe de los Ladrones” tiene “algo”, algo que le da un atractivo casi magnético. Se dice se comenta, que el rodaje fue conflictivo hasta que el director cedió y dio carta blanca a Rickman para que creara al personaje según su criterio, y esta vez Rickman dio vida a un “villano” que escondía un drama en su villanía. Y el drama sale a la luz, el alma atormentada afronta sus diablos e inesperadamente se rebela contra el dominio de quien la ha programado para el mal, pide a gritos el deseo de “algo puro”, algo que siempre se le ha negado y a lo que sólo puede acceder por medio de la violencia, porque la imagen prefigurada, la apariencia, la “reputación”, es lo único que vemos del ser humano que tenemos delante, calificado como “bueno” o “malo” sin posibilidad de redención, sin ser nunca escuchado, mirado, comprendido, reflexionado, valorado por lo que es y es capaz de dar. El “algo”, esa capacidad para razonar el mal que ya he mencionado antes, se clarifica y distingue: es la conciencia de que no hay “hombres malos”, solamente hombres que toman malas decisiones, pero en esas decisiones subyace una razón que a veces puede llegar a absolver al sujeto, porque no son del todo libres, no son realmente “queridas”. Georges de Nottingham usa la violencia para obtener a Lady Marian, porque su maldición lo hace incapaz de ser amado. Y se cree incapaz de amar. Y a pesar de todo, en la oscuridad del personaje, Rickman encontrará un destello de luz: un inconfesado deseo de pureza. Y ese será el secreto del porque sus “villanos” nos fascinan: porque saben que no son “malos”, porque no se resignan, porque de un modo u otro, aunque sea un modo que juzguemos equivocado, buscan incansablemente su luz.

Esa es una característica que revela a las almas realmente grandes: encontrar la bondad luminosa en las tinieblas infernales. La encuentran porque la buscan. Y la buscan porque saben que está ahí, es más: saben que no puede no estar ahí. La buscan incansablemente, sin perder nunca la esperanza, con la fuerza inquebrantable de la verdadera fe, la única realmente verdadera: la fe ciega en el Ser humano. La fe que sólo puede originarse, enraizarse y crecer en el puro y simple acto de Amor, en la entrega total, en la total aceptación de lo que significa “ser humano”. Ser Pensante en un Mundo pensado, creado, proyectado por mí, para mí, en mí, desde mí, conmigo… En un Mundo que es creación del Hombre, y también responsabilidad del Hombre… Por eso tiene que ser conocido -aprendido y comprendido- , y profundamente amado.

Y esa es la fascinación del Sheriff de Nottingham: ya no es el cuerpo que da vida a un alma programado por un guionista y un director, es una creación, una proyección, una verdadera comunión entre ese cuerpo y esa alma que se transmutan en un todo indisoluble. El personaje escapa a todo control, y lo que se proyecta en la pantalla es una interpretación del Hombre, del Mundo y de la Trascendencia. Ya no es una simple Vida. Es un Pensamiento. Algún tipo de bionóolisis ha tenido lugar y ha nacido un ser libre que a partir de ahora hablará siempre con voz propia, sin miedo.

Por eso el oscuro Georges de Nottingham irradia luz y se come al protagonista. Y se lleva los premios, los aplausos, y las fantasías inconfesadas[4].

Unos años después, después de revivir a Franz Anton Mesmer[5] entre luces y sombras y casi al mismo tiempo que uno de sus personajes más populares (el Coronel Brandon de Sentido y sensibilidad, su primera colaboración con Emma Thompson[6]), Rickman da vida a una de sus criaturas más sorprendentes. Estrenada en 1995, An Awfully Big Adventure(Una insólita aventura) es la adaptación dirigida por Mike Newell[7] de la novela homónima de Beryl Bainbridge. Situada en el Liverpool de recién acabada la Segunda Guerra Mundial, presenta el día a día de una compañía de teatro desde los ojos de Stella Bradshaw, una adolescente acabada de contratar por el carismático director Meredith Potter (Hugh Grant). En el microcosmos de hombres y mujeres que viven en un mundo de ficción y fantasía, las heridas de la guerra aún duelen, tanto como en el macrocosmos de una sociedad que intenta salir adelante y busca refugio en esta misma fantasía para lograrlo. El teatro programa una serie de funciones de Peter Pan para las fiestas navideñas, pero poco antes del estreno, el actor que debe interpretar al Capitán Hook y al Señor Darling[8] se fractura una pierna y no puede actuar. Forzado por la situación, Meredith Potter se ve obligado a llamar a P.L. O’Hara, un actor que había trabajado con la compañía antes de la contienda y con el que había tenido algún que otro roce, pero también había interpretado al mejor Capitán Hook que se recordaba, y aún todos hablaban de su conmovedora creación de Ricardo II[9].

P.L. O’Hara es uno de los personajes más carismáticos de Alan Rickman, que borda su creación del hombre aparentemente seguro de sí mismo y triunfador, pero que vive en silencio su propia tragedia íntima. En la sordidez del mundo destruido, la particular sordidez del ambiente teatral parece estar en el origen del juego de seducción al que se deja llevar al conocer a Stella. Si bien es cierto que la chica queda aturdida por la fuerte personalidad del actor, también lo es que O’Hara siente una extraña atracción hacia ella que no puede explicarse, y que lo lleva sin remedio hasta la caída. Pero O’Hara es el hombre que nunca se ha rendido y ha buscado siempre su propia redención, que nunca ha aceptado la fatalidad del hecho consumado, que siempre lucha por ir más allá de la apariencia, que siempre ha vencido al miedo. Sin embargo esta vez, atrapado por su pasado, parece caer sin remedio por la pendiente de la revelación de un hecho que lo convierte en un monstruo a los ojos de todos, y a sus propios ojos. Incluso su muerte accidental tiene toda la apariencia de un suicidio al no poder asumir la verdad. Evidentemente, será Potter quien se alce con el triunfo cuando lo sustituye como Hook[10]. Y es impactante el contraste entre el Hook histriónico de O’Hara –ante el cual los niños reaccionan con risas- y el Hook monstruoso de Potter, que provoca gestos de miedo (un Hugh Grant magnífico, en un registro muy diferente al que nos tiene acostumbrados). Incluso físicamente el efecto es contradictorio: el Hook de O’Hara es elegante y atractivo, el Hook de Potter se ve grotesco y falso; y es que mientras O’Hara “juega”, interpreta el personaje en una farsa liberadora, Potter vive el personaje seriamente, como centro alrededor del cual el mundo debe moverse.

Pero ante la tragedia de O’Hara, vemos demasiado claro que las apariencias engañan y no podemos juzgar al personaje, encasillarlo, condenarlo. Rickman nos fuerza a comprenderlo y compadecerlo, a ponernos en su lugar y preguntarnos qué haríamos nosotros, y en esa reflexión se obliga a crecer, y se libera y nos permite liberarnos de la fatalidad de Neverland. Porque en un microcosmos de pecados escondidos y pasiones degeneradas, O’Hara, que es muy consciente de no ser ningún santo y lo asume, es el hombre que ha mantenido intacta su capacidad de amar, su deseo de ser amado, un anhelo nunca perdido de inocencia que no le permite aceptar pasivamente ningún tipo de perversidad.

También es en esta película poco conocida donde Rickman nos regala una de sus mejores escenas mudas. Y es que ese actor que tantos elogios recibe precisamente por la belleza y el timbre especial de su voz, nos da algunos de sus mejores momentos en imágenes sin palabras que valen más que todos los discursos. Y aquí es donde encontramos el que quizás sea el mejor de esos momentos: la escena en que Tío Vernon y Tía Lily, los tutores de Stella, cuentan a O’Hara el origen de la niña. Mientras suenan las palabras titubeantes del matrimonio relatando la desaparición de la madre de Stella, la cámara enfoca a O’Hara y nos muestra su rostro a medida que crece en él la sospecha de que Stella es su hija, la criatura perdida que lleva tantos años buscando, hasta que Tía Lily le muestra la foto de su hermana Renée con la pequeña en brazos y él reconoce a la enigmática Stella Maris que un día amó y preñó, que abandonó en un primer momento por miedo, y a la que volvió a buscar una vez vencido el miedo para encontrarse con que había desaparecido sin dejar rastro. Este proceso de pocos segundos rematado por el impacto final de la temida revelación creo que nos deja uno de los primeros planos más bellos de la historia del cine, nos arrastra a la lucha de un alma consigo misma que quiere y teme a la vez la verdad que no sabe si podrá asumir. La frase con la que rompe el silencio encierra toda una vida: “no podré afrontar esto como hice con la Muerte”. Tío Vernon y Tía Lily no entienden nada, pero no osan preguntar. La Muerte, vencida en el frente bélico, lo acecha y se lo lleva antes de poder afrontar el golpe inesperado de la Vida, el Tiempo se acaba para él. “El Capitán Hook se ha ahogado en el río” susurran los pequeños actores que interpretan a los niños perdidos, a punto de comenzar la función; así se entera Stella de la muerte de O’Hara, y rompe el pequeño destello que figura Campanilla, mientras a instancias de Peter Pan los niños aplauden, demostrando que creen en las hadas, para salvarla. Y las apariencias seguirán engañando. Pero nosotros sabemos la verdad, porque la hemos visto reflejada en sus ojos, y sólo en sus ojos.

Esta historia nos deja inquietos por varios motivos. Es bellísima, tanto en su contenido, como en su interpretación, y ya no digamos en su estética. Y sin embargo tiene lugar en un ambiente sórdido y degenerado, con personajes que parecen haber perdido toda moralidad y moverse por impulsos. O no. O son simplemente seres humanos que buscan de nuevo su luz después del largo período de oscuridad de la guerra. O la han buscado desde siempre. Sea una cosa u otra, luchan por seguir su camino, ya sumergidos en la calidez de su burbuja, de su neverland privado, o fuera de él. Luchan por sus afectos, por su futuro, por sus recuerdos. Sólo uno, Meredith Potter, no ha luchado nunca por sí mismo, porque siempre se ha aprovechado de la lucha de los demás aunque acabe siempre destruyendo a todo aquél que se le acerca. Pero Potter es quien mueve los hilos de los destinos, y es intocable, sólo O’Hara puede afrontarlo, porque parece –sólo lo parece- ser el único que no tiene nada que perder. Y es quien acaba perdiéndolo todo.  Y a pesar del riesgo, no ha dejado de hacer lo que debe, y de hacerlo libremente. Endulzada por la magia ficticia de un cuento de hadas, Una insólita aventura es una historia amarga, que nos enseña el peligro de juzgar por las apariencias, donde late de forma subliminar la sentencia de Albus Dumbledore: cuidado cuando debamos elegir, no entre el Bien y el Mal, sino entre lo que es bueno y lo que es cómodo, lo correcto y lo fácil[11].

Y he aquí que nos inquieta también por otra razón. ¿Tuvo algo que ver en el origen de Harry Potter? Porque más allá de las coincidencias de nombres: Meredith Potter, tío Vernon, tía Lily…, de la existencia de un mundo no poblado de magia, o al menos no de magia real, pero sí de ilusión, como es el mundo de las tablas,… hay algo de Snape en O’Hara y algo recuerda a James Potter en el Meredith homónimo, sobretodo en la caracterización de Hugh Grant. Y de Stella Bradshaw, de aspecto enigmático, ojos claros y cabellera roja, emana algo de Harry y de Lily a la vez: su sensación de pertenecer a otro orden que el de sus tíos, su desapego de ese ambiente, su adaptación casi instantánea al mundo fantástico de las tablas, su dependencia de la madre desaparecida, su encaprichamiento por Meredith Potter mientras se deja seducir, y amar, por O’Hara al tiempo que le muestra sin pudor alguno su rechazo y su desprecio. Es algo muy sutil, como una tenue niebla matinal; algo que emana de la historia no vemos muy bien cómo. Ver el rostro de un niño en la foto de un lejano antepasado, pero no llegar a definir exactamente en qué se parecen. De todos modos, quizás sería una pregunta interesante para hacer a J.K. Rowling, y la respuesta podría explicar muchas cosas. Por ejemplo, que la relación entre Severus Snape y Alan Rickman podría ser mucho más estrecha de lo que parece.

***

Un año después de Una insólita aventura y de Sentido y sensibilidad, Alan Rickman nos regala el que será su personaje más premiado[12]: Rasputin. Estrenada directamente en televisión, esta película dirigida por Uli Edel permite a Rickman desplegar todo su magnetismo. De hecho, Edel presenta un punto de vista de la historia que sólo Rickman podía recrear de modo convincente: humano, puramente humano. El ocaso de los zares y los primeros temblores de la revolución rusa sirven de telón de fondo para enmarcar el drama de un padre y una madre impotentes ante la enfermedad de su hijo. Para ellos, el enigmático “starets”[13] venido de Siberia es el hombre enviado por Dios para aliviar el sufrimiento del zarévich Alexei, para curar sus males y asegurar el futuro de Rusia, cuya responsabilidad sienten pesar sobre sus espaldas. Para el pequeño príncipe, el padre Grigori es la Voz de Dios, es la Luz que lo arranca del miedo y del dolor para devolverle la alegría de vivir. Y en el afecto real que nace entre Grigori Rasputin y el pequeño Alexei se basa la historia narrada por la película.

Cierto que Rasputin, demasiado amante del vino y del sexo para considerarse “un hombre santo”, no deja de ser aquello por lo que se le denigra. Pero en la hipócrita sociedad rusa de la primera década del siglo XX, también es el hombre que no oculta sus defectos[14] y por eso mismo puede descorrer la cortina de oro y seda con que se cubren los vicios de un mundo demasiado corrompido como para poder sobrevivir; puede romper el orden basado en la represión y mostrar cómo el dar rienda suelta a los deseos no provoca ningún cataclismo cósmico, y aún menos el reconocer abiertamente estos deseos.

En este film de gran belleza visual, Rickman consigue que “sintamos” en Grigori Rasputin la autenticidad de dos características que pensamos deberían ser contradictorias: es sinceramente espiritual y apasionadamente erótico. Así sin más. Porque el alma humana supera las contradicciones por naturaleza, porque para eso somos racionales; no somos programas perfectamente estructurados, sino proyectos impulsados hacia adelante que buscan la luz donde la encuentren. Y de perfectos nada, pero esto no nos impide ser auténticos, y buscar sinceramente nuestro camino a la luz de un conocimiento que nada impide –y todo obliga- aumentar continuamente.

El título de la película puede apodarlo como “el siervo oscuro del destino”, pero el Rasputin de Rickman resulta inesperadamente esclarecedor, y nos obliga a hacernos preguntas incómodas. Por ejemplo, si no hubiera sido una chispa de verdad en un mundo degenerado, ¿hubieran importado realmente las excentricidades del “starets”? Si no hubiera tenido una capacidad real de liberar las almas encorsetadas en la represión del deseo, de romper realmente los límites, ¿se hubiera visto como un peligro? ¿Y era un peligro porque no dejaba de ser un hombre del pueblo en la intimidad del zar y su familia, que no tenía miedo de encararlo a la realidad de ese mismo pueblo bajo el yugo de una aristocracia tiránica?

El mismo año de Rasputin, Rickman revive otro personaje histórico muy diferente, Eamon de Valera, en la recreación de la epopeya de Michael Collins protagonizada por Liam Neeson, y después intenta el paso a la dirección con The Winter Guest (El invitado de invierno, 1997)[15], protagonizada por Emma Thompson y su madre, Phyllida Law, bien recibida por la crítica. En 1998, aparecen dos títulos con historias inquietantes: Dark Harbor (La isla de la niebla), con la espectacular “salida del armario” del protagonista (otra de las escenas mudas de antología: el hombre que se desnuda –literalmente- de su fingimiento mientras va en busca de su autenticidad), y Judas Kiss, con sus extrañas historias paralelas entre delincuentes por un lado y policías por otro, que se unen en una trama… de conspiración privada en el mundo público de la política; dos caminos que se cruzan y entrecruzan, donde el “deseo de pureza” aparece en la sordidez del hampa y del mundo perfecto de los teóricos “buenos ciudadanos” emana la corrupción. Y en medio de ambos mundos, el personaje de Rickman, un detective llamado David Friedman, emerge como la razón que no se contenta de meras apariencias y lucha, contra todo y contra todos (sobre todo contra sí mismo), para llegar a la Verdad, fijándose en los pequeños detalles que se delatan en los sentimientos, en la expresión casi desapercibida del dolor de la pérdida.

Y apurando el siglo y el milenio, en 1999, otros dos títulos de primer orden: Galaxy Quest, y Dogma.

Presentada a veces como “una parodia de Star Trek” (también como un homenaje) y al personaje de Rickman como inspirado en Spock, Galaxy Quest es una historia divertida y desenfadada, que uno puede ver simplemente para pasar un buen rato. Hasta darse cuenta de lo que nos está transmitiendo la hilarante epopeya de ese grupo de actores mediocres que, después de casi dos décadas de la supresión de su serie, sólo sobreviven gracias a los eventos organizados por sus fans y a su indestructible ego: sus historias televisivas han llegado a una civilización alienígena, los thermians, a la que han inspirado como modelo de vida a seguir. En serio. Porque ese pueblo ultragaláctico resulta que desconoce el concepto de mentira, y todo lo relacionado con ficción, fantasía… Creen ver “documentales históricos” de la realidad de la Tierra, y creen en la existencia de la federación interestelar de la que habla la serie. En momentos de gran indigencia material y espiritual resultado de guerras y catástrofes, encuentran la fuerza para superarse y seguir adelante en los valores humanos que les transmiten los tripulantes del NSEA Protector. Por eso cuando la tiranía del despiadado Sarris se les hace insoportable, no ven otra solución que buscar la ayuda de sus héroes. Una ristra de malentendidos les permite llevarlos a su planeta y allí se ven enfrentados al reto de hacer realidad su ficción. Sorprendentemente se dan cuenta de cómo la ficción les ha preparado para ello, y la inquebrantable confianza de sus captores –e incluso de sus fans- hace el resto. Esta es la historia, y que cada cual la interprete como quiera. Sólo decir que en esa ficción de inmaduros egocéntricos, los actores –Rickman el primero, genial en su caracterización de extraterrestre[16]– nos demuestran lo que es un buen trabajo de equipo. Y también recordar que, realmente, sagas como Star Trek o La Guerra de las Galaxias se convierten en puntos de referencia y guía en una sociedad que ha degenerado los focos de luz[17].

La epifanía de Metatrón

Inmediatamente después de esta sorprendente muestra del cine como lenguaje de pensamiento, llega Dogma. Un creador y un equipo muy jóvenes para una reflexión muy madura: la historia de Azrael, un pobre diablo (literalmente diablo) amargado y resentido, que fue condenado al Infierno después de la rebelión de Lucifer y la gran guerra entre los Ángeles no por adherirse a la rebelión, sino por ser demasiado cobarde y esperar a un lado a ver como acababa todo y decidirse por el lado vencedor. “Un millón de años después” encuentra la manera de vengarse de la injusticia que según él cometió Dios al condenarlo: la pedante mediocridad de un prelado católico que pretende “reconvertir” la Iglesia en “algo guay” para atraer a los fieles, sobre todo a las generaciones jóvenes y, entre otras grandes ideas, solicita –y obtiene- del Papa una indulgencia plenaria para todo aquél que atraviese las puertas de su iglesia de St. Michael[18], en New Jersey, el día que conmemora su centenario. Azrael avisa del hecho a otros dos ángeles castigados a vivir para siempre en la Tierra como humanos: Loki, el antiguo Exterminador que ejecutaba la venganza divina en los tiempos veterotestamentarios, y Bartleby, que lo convenció, después de la matanza de los primogénitos egipcios, para que se rebelara contra tal misión y se negara a seguir matando en nombre de Dios. Previamente, Azrael, ayudado de tres demonios completamente sumisos a sus órdenes, se asegura de poner a Dios fuera de combate.

Bartleby, que a lo largo del tiempo ha ido fermentando un profundo resentimiento contra Dios por lo que él vive como una injusticia divina, al recibir la noticia ve la manera de volver al Cielo y obligar a Dios a aceptarlos de nuevo: si pasan por las puertas de St. Michael el día señalado para la indulgencia, sus pecados quedarán perdonados. Dios no puede desmentirse a Sí mismo, que dio potestad a Pedro y a sus sucesores de hacer y deshacer en el Cielo y en la Tierra.

Con tal de obtener lo que quiere, a Azrael ni tan sólo le importan las consecuencias que llevará su acción: al poner en entredicho la infalibilidad divina, el Universo será destruido.

Pero alguien vigila. Mientras los habitantes del Cielo buscan desesperadamente a Dios, que no aparece por ninguna parte, el ángel Metatrón, la Voz de Dios, pone en marcha su plan para salvar el Universo. Sabe quién puede parar a Loki y a Bartleby en ausencia de la divinidad: Bethany Sloane, la última descendiente de María[19]. Así que se presenta a ella. Pero Bethany, que ignora su condición[20], está pasando por una profunda crisis de fe y empieza por negarse a cumplir un deseo de Dios que, según ella, nunca la ha escuchado en sus penas. Poniendo en su camino a dos extraños “profetas” y velando su encuentro con Rufus, el olvidado Apóstol número trece, y con la musa Serendipity, Metatrón guía a Bethany por el camino de su misión, que se convertirá extrañamente en el camino de su reencuentro con Dios. Y será ella, que tanto Lo ha buscado durante años con dolor y amor por muy resentida que esté contra Él, quien Lo encuentre y permita que su presencia acabe con la ira de Bartleby, con su empeño de destruir al Hombre, al que odia, porque ha obtenido de Dios el don de la libertad que él cree negado a los ángeles, y lo sigue teniendo a pesar del mal uso que hace de ese don tan preciado. Bartleby no soporta que el Amor de Dios haya redimido y perdone una y otra vez a ese Hombre que el ángel cree indigno, y así el virtuoso espíritu que un día convenció a Loki a negarse a seguir ejecutando la venganza divina, se convierte él mismo en exterminador, en portador de Caos, Muerte y Angustia. El retorno de Dios a su lugar devuelve al Mundo el Orden, la Vida y la Paz.

Kevin Smith, director, guionista y uno de los protagonistas de Dogma, vio muy claro que sólo existía un hombre capaz de ponerse en la piel de Metatrón. Y que ese hombre era Alan Rickman. En esa historia de Amor y Dolor, donde se pone a la Iglesia Católica actual ante el espejo de su penosa mediocridad, donde se proyecta la angustia de la Duda en un mundo deseoso de Luz y de guía, donde queda clara la presencia divina en la conciencia profunda del Hombre, hacía falta a alguien que conociera y compadeciera al Hombre en su luz y en su tiniebla para encarnar a la Voz de Dios, y Rickman había demostrado con creces ser ese alguien. De modo que no interpretó a Metratón, sino que fue, a partir de ese momento, Metatrón, ese ángel elegante y atractivo, y un poco grognard[21]; el ángel que se ha descubierto a sí mismo como espíritu libre, y que vive su libertad en el cumplimiento de su misión. Porque Metatrón es el portavoz de Dios, pero eso no quiere decir que esté totalmente sometido a Él, que esté de acuerdo con todas sus órdenes y no las cuestione nunca; no es una criatura dócil, arcilla en las manos divinas, porque Metatrón sabe muy bien que no es esto lo que quiere Dios, que los ángeles son criaturas racionales y deben tener voluntad y opiniones propias, que no deben cumplir el designio divino “porque lo ha dicho Dios”, sino porque se han dado cuenta de la idoneidad de ese designio por sí mismos, porque han aceptado la omnipotencia y la omnisapiencia divinas voluntariamente. Metatrón lo comprende y brilla con Luz propia, y por eso, en el momento de angustia por la pérdida de Dios en el Cielo, él, que es quien mejor Lo conoce, puede reaccionar de manera sensata y razonar fríamente qué hacer para evitar la Destrucción y volver al Orden de las cosas. Es él quien convence al Cielo y a aquellos que sabe pueden ser útiles en la Tierra (los más impensados), de ponerse manos a la obra para evitar el desastre, mientras se sigue buscando a Dios sin descanso; y lo hace a base de darse explicaciones racionales del problema y buscar el camino a seguir a partir de ellas. Así puede descartar la sospecha de Rufus de que detrás de todo esté el mismísimo Lucifer (“no, ese ya habría intentado conquistar el Cielo”). Realmente, Metatrón nos está enseñando qué hacer en momentos como los que estamos viviendo precisamente, cuando la Muerte de Dios parece ser más real que nunca: actuar como los seres racionales que somos, buscar la mejor manera encarar las problemas y las angustias, no perder nunca la confianza en el Hombre y en su proyección hacia lo Más Allá de sí mismo. Ser la res cogita en la res extensa proyectada hacia la res infinita. Es decir, aceptar, aprender, conocer y amar nuestra Humanidad, seguros de que en ella y desde ella volveremos a encontrar a Dios.

Y quizás por eso nos da la mejor definición de Dios jamás dada. Cuando  se despide de Bethany en su primer encuentro y ella le pregunta cómo es, responde: “¿Dios? Es solitario, pero divertido. ¡Tiene un gran sentido del humor!”. Sentido del humor que ella misma experimentará en el momento de tenerlo cara a cara. Nadie como Rickman podía transmitirnos de manera convincente este atributo divino siempre olvidado por filósofos y teólogos[22], transmitirnos al Dios divertido, capaz de reírse de Sí mismo, del Mundo y de nosotros (y con nosotros); pero, como todo, de hacerlo siempre con Amor. Sólo el hombre bueno que sin querer ser santo ni héroe intenta hacer cosas buenas puede hablar del Humor de Dios sin caer en el ridículo, porque sólo él puede comprender, compartir y transmitir ese Humor. Y haciéndonos a Dios amable, respetuosamente irónico[23] y cercano, Metatrón, antes de desaparecer por la puerta de St. Michael[24], nos ha demostrado como todos, por el simple hecho de ser humanos (Ser Pensantes), somos la Voz de Dios en el Universo[25].

Cuando se hizo pública la muerte de Alan Rickman, Kevin Smith colgó una carta de despedida en su página de Facebook que acaba con estas palabras:

“(…) me enamoré del alma gentil de voz suave que trajo a Gruber a la vida. Gracias por prestar a un tipo como yo tu arte y credibilidad, Alan. Nunca fuiste Snape para mí, sino un adulto Harry Potter: un mago de buena fe que podía conjurar pura magia utilizando simplemente palabras. Convertía TODO en oro, este hombre. Lo echaré de menos siempre. Descansa en Paz, Voz de Dios. Vuelve al Cielo, de donde viniste.”

Y en un foro cualquiera de internet, entre mensajes de dolorosa sorpresa e incredulidad, de acciones de gracias, de deseos de paz, encontré uno con estas simples palabras: “Dios ha recuperado su Voz.”  Pero gracias al Hombre capaz de captar esa Voz y fijarla en la magia de las ondas, gracias a su conocimiento de las energías del Universo y a su poder co-creador, seguirá sonando de generación en generación. Metatrón seguirá ahí, testimonio del Amor, y del Humor, de Dios.

En los albores de un cambio de milenio, cuando estamos a punto de ver a Rickman encontrar a su “otro” alter ego, quizás sea el momento de recordar algunas opiniones de una Voz que a veces se escapaba de la pantalla:

“Nunca es demasiado tarde para cambiar nuestra mente. Lo importante es hacerlo todo con Amor.”

“Los actores son agentes de cambio. Una película, una obra de teatro, una pieza musical, un libro pueden marcar una diferencia. Pueden cambiar el mundo.”

“Y explicar historias es una necesidad humana. Cuando más estamos gobernados por idiotas y no tenemos control sobre nuestros destinos, más necesitamos explicar historias sobre qué somos, por qué somos, hacia dónde vamos y qué podemos ser.”

Opiniones esparcidas aquí y allá en declaraciones y entrevistas. Celosamente recogidas por gentes de todo el planeta que las proyectan en las redes para transformarlas en palabra universal. Opiniones que se sienten nada banales, para nada pertenecientes al frívolo mundo del “star system”. Metatrón ha sido eso para muchos: un aguijón que penetra en la mente y provoca reflexiones que poco a poco llevan a un cambio de visión del Mundo, del Hombre, de Dios. Una Voz que, a través de una historia no tan imposible[26], reflexiona y nos obliga a reflexionar con ella sobre nuestra identidad, nuestro camino y nuestras posibilidades de ser.

En un mundo “gobernado por idiotas” que proclaman sentencias vacías desde las tarimas del Estado o de la Academia, desde los púlpitos de todas las Confesiones, herederos de imperios que creyeron conquistar el Mundo y someter al Hombre… Metatrón es la viva imagen de la pervivencia del Druïde[27] y hace cierta la sorprendente sentencia de Francisco García Pavón:

“A los filósofos que murieron sin escribir palabra es a los que más se cita.”[28]

Y no podía ser de otra manera: Metatrón revestirá la túnica del druida y se convertirá en maestro de generaciones enteras. Cuando las puertas de St. Michael se cierran tras él, Severus Snape, que hace algunos años vive en las historias de Harry Potter, está a punto de tomar el cuerpo y el alma de Alan Rickman.

La irradiación del Príncipe Mestizo

Cuando las vimos transportadas a la pantalla, nos dimos cuenta de que en las historias de Harry Potter se había colado un mago de verdad. Y a partir de ese momento empezaron a generar verdadera magia, dejaron de ser un hermoso cuento donde se daban cita todos los mitos proyectados por todas las culturas, forjado por el genio de un bardo celta, sin desmerecer en nada ese genio, y empezaron a irradiar pura energía humana. Se convirtieron en Luz capaz de transformar la Vida, de iluminar las almas y, a través de ellas, a un mundo oscurecido por la mediocridad, la codicia y la hipocresía. Mirábamos y casi no podíamos creerlo, pero era –y será siempre– cierto: Metatrón se había colado en Hogwarts.

Harry Potter es una saga que se propaga de un modo extraño. Empieza siendo una historia en papel y tinta: recordemos que los cuatro primeros libros se publicaron entre 1997 y 2000. Pero mientras se edita el cuarto libro, empieza a tomar vida en la pantalla. La primera película se estrena en 2001 (y la segunda en 2002, por lo que el quinto libro se retrasó hasta 2003). Y a partir de aquí se irán alternando libros y películas. De modo que, a pesar de que la historia en rodaje ya era conocida en papel desde hacía algunos años, no podíamos imaginar esa historia sin el aspecto de los personajes en la pantalla. Y así, cuando salió el séptimo libro, sucedió un fenómeno insólito y revelador: muchos lectores, al leer la “historia del Príncipe”, no pudieron esperar los cuatro años que tardó en proyectarse en la pantalla[29], y crearon sus propias imágenes, que compartieron vía You Tube. Eso no impidió que la visión de la historia en la película no causara un impacto tremendo por su belleza y su in crescendo emotivo, daba la sensación de que el director había visto todas las imágenes creadas por los lectores y había creado su propia versión que las contenía todas e iba más allá con el impacto final de la presencia de Snape en la casa de Harry momentos después del ataque de Voldemort.

En lugar de presentar la historia siguiendo el texto al pie de la letra (los recuerdos inconexos de Snape legados a Harry), el director David Yates compone su propio ritmo: desde la amistad infantil entre Severus y Lily y su llegada a Hogwarts, pasando por el aviso a Dumbledore del peligro que corren los Potter y la completa sumisión de Snape a cambio de que su amada sea protegida junto con su familia, se llega al golpe que representa el ataque de Voldemort[30] y se dirige al último año de Dumbledore, después del accidente al encontrar el anillo de los Gaunt. A partir de aquí, se nos sumerge en el recuerdo de un recuerdo: mientras Dumbledore le revela la realidad de Harry: él es el séptimo Horrocrux, la mente de Snape recuerda su paso por la casa de los Potter la noche fatal, hasta la revelación de su patronus: la Cierva plateada, el alma de Lily, que siempre ha vivido en él.

Esta historia ha quedado sólidamente enraizada en la conciencia profunda no sólo de la generación que creció con Harry, sino de las anteriores y de las posteriores. En el anonimato de las redes, se encuentran centenares de almas que confiesan haberse abierto a la realidad de un amor más allá de todo sentimentalismo, de todo deseo físico, de toda convención social, de toda condición cultural. El deseo de ese amor puro, desinteresado, entregado ya no más allá de la ausencia y de la muerte, sino incluso más allá del desamor y el rechazo, se manifiesta en expresiones que pueden parecer ingenuas, pero no lo son para nada: Snape y Lily han vencido a Romeo y Julieta como ideales, se ponen por encima de todos los objetos de deseo, y empiezan a cambiar los estereotipos de este deseo: “¡No quiero un príncipe azul, quiero un Príncipe Mestizo!” Esta simple frase no tiene nada de ingenua, es toda una declaración de principios, y aunque decirlo provoque sonrisas burlonas y escépticas en el fútil mundo de los “entendidos”, cabe decirlo: es el comienzo de una nueva visión en las relaciones, un nuevo concepto de las “historias de amor”, muy lejano del sentimentalismo y del ambiente definido como “rosa”. Es una liberación[31].

Y como en el caso del amante muerto de Truly, Madly, Deeply, esto habría sido totalmente imposible sin Alan Rickman. Se ha tejido toda una leyenda alrededor que como Rickman y Snape llegaron a coincidir. Parecer ser cierto que era la segunda opción después de Tim Roth, pero no por decisión de la autora, sino de la Warner; incluso se ha dicho que J.K. Rowling (que según cuenta se inspiró en su odiado profesor de Química para crear al personaje) ya tenía in mente a Rickman antes de que sus historias se convirtieran en imágenes. Y hay algo que era un secreto a voces y que fue confirmado por los dos: a diferencia de los demás actores, Alan Rickman se negó a descubrir a su personaje a medida que aparecían las novelas y exigió saber quién era y hacia dónde iba antes de aceptarlo. De modo que desde la primera escena sabe lo que debe saber. Y hasta cierto punto lo revela: porque en el primer primer plano de Snape en La piedra filosofal, su mirada al descubrir a Harry en el Gran Comedor ya nos deja claro que en aquel austero profesor de Pociones[32] hay mucho más de lo que parece.

A partir de este momento, sin desmerecer para nada la autoría de Rowling (todo lo contrario, le da mucho más mérito), el personaje se libera, tiene vida propia. Como pasó con Metatrón, Snape es Rickman[33]. Y en el seno del tejido global, Snape empieza a tejer su propia trama, la que será la historia de un príncipe ficticio que se convertirá en un verdadero Príncipe más allá del papel y el celuloide[34].

Porque Harry Potter, que podría usarse como base para crear una Historia del Pensamiento Europeo desde el punto de vista celta (contrapuesto al greco-romano que siempre se nos ha presentado como único y superior), en realidad engloba tres historias muy distintas que convergen en “el niño que sobrevivió”. Dos aspectos del sabio: la luz y la oscuridad, tejen las trayectorias de Albus Dumbledore y Tom Ryddle[35], autoproclamado Lord Voldemort. La sabiduría druídica que se da generosamente en la transmisión del conocimiento, y la erudición egoísta que se usa para fomentar la propia egolatría, para esconderse de los propios miedos, y para crear una total sumisión del mundo considerado inferior.

Albus Dumbledore forma una especie de tríada en el estereotipo del druida junto con Merlín y Panoramix, y como ellos dos, no es un héroe sin tacha, sino que incluso esconde un pasado oscuro e inconfesable, del cual intentará redimirse a base de entregar su vida a la enseñanza. A partir de este momento, la trayectoria del entrañable director de Hogwarts es un acto de amor total, auténtico, donde se mantiene viva la herida de sus pasados errores, de los que se ha aprendido la lección, y se asumen sus evidentes limitaciones. Dumbledore es una figura pontifical en el mundo mágico: la actualización del binomio druida/rix que evolucionó en la Edad Media hacia el prelado/rey. Y en esa condición es el que cuida realmente de la comunidad mágica y mantiene sus ideales de igualdad/fraternidad/libertad y su conciencia de que el poder comporta responsabilidades ineludibles, el que dirige la batalla contra las fuerzas oscuras desencadenadas por Voldemort, el que busca en el conocimiento y a través de él la manera de acabar con la fatal amenaza del Señor Tenebroso. El que educa y conduce a Harry hacia el cumplimiento de su destino, y lo hace de manera que Harry aprenda a aceptar libremente la responsabilidad de ese destino, como una suerte de realeza[36].

Voldemort es el fruto de una terrible ausencia de Amor, de un engaño y una derrota. Pero ese origen marcado por la desgracia no tiene porque determinar una vida entera. El joven Ryddle, antes de conocer su condición de mago y su historia personal, pero consciente de sus dones especiales, ya ha tomado la decisión de usar esos dones para el dominio, para someter al mundo que lo rodea a su tiranía, negándose a todo afecto y a toda relación. Y persiste en esa decisión toda su vida. Cuando descubre su condición de mago, la cree herencia paterna, porque la muerte prematura de su madre, a su juicio, muestra en ella la debilidad del muggle, y su desilusión debe de ser terrible al descubrir la deprimente verdad. Domina en Hogwarts como alumno modelo y engaña a todos…, menos al profesor de Transformaciones, a Albus Dumbledore, su introductor en el mundo mágico, que vio en él desde el primer momento el peligro de generar un monstruo, pero confió siempre en un cambio, en una rectificación. Emergido como Lord Voldemort y entretejiendo concienzudamente los lazos que lo llevarán a su dominio de sombras y terror por el sistema de crear una comunidad oscura dentro de la comunidad mágica, Tom Ryddle dedicará su vida a la loca ambición que define su apodo y que descubre su auténtica debilidad[37]: vencer a la Muerte.[38]

Entre esas dos historias que convergen en Harry, emerge lentamente la “historia del Príncipe”, la historia sumergida en dimensiones desconocidas, que no aparece hasta el final.  A lo largo de los seis años que dura la formación de Harry en Hogwarts, y sobre todo desde el regreso de Voldemort al final del cuarto año, Snape es el ángel de las tinieblas que habita los infiernos más profundos. Pero como agente protector del mundo mágico.

Malquerido, marginado, burlado por todos, durante su paso por la escuela sólo encuentra un lugar entre los mortífagos liderados en Hogwarts por el soberbio Lucius Malfoy, el prefecto de su casa, que lo acoge magnánimamente bajo su ala protectora. Pero incluso en estas condiciones, rectifica al saber que ha puesto en peligro a Lily, hacia la que siente un amor tan puro, tan incontaminado, que es capaz de llegar al sacrificio supremo ya no del cuerpo, que poco importa, sino del alma. Y lo siente a pesar de todo, a pesar del rechazo y de la ausencia. Para purgar su culpa se somete enteramente al dictado de Albus Dumbledore, que lo usará como sus ojos y su voluntad en los recodos del inframundo creado por Voldemort. Y Snape acepta.

En su condición, no puede permitirse ningún afecto que corra el riesgo de ser descubierto si el poder legeremántico de Voldemort fuese en algún momento capaz de vencer su fuerza oclumántica. Antipático, repulsivo, sospechoso a los ojos de todos, asesino incluso por voluntad de su propia víctima a pesar de sus protestas, protege Hogwarts y vela la trayectoria de Harry, el cual supone para él una auténtica tortura: ver los ojos tan amados de Lily Evans en el rostro aborrecido del arrogante James Potter, su acosador, que lo ha humillado siempre con un placer perverso[39]. Esos ojos que son su luz en la oscuridad a la que lo han condenado, hasta el punto que en el momento de su muerte suplica a Harry que lo mire, para poder morir contemplándolos.  Esa absoluta represión de cualquier sentimiento le impide revelar algo tan íntimo como su patronus, nacido de la única alegría de toda su vida: su amistad infantil con Lily, y la pureza de su amor. Snape comparte patronus con ella, porque es su alma, su igual,[40] y aunque sea un patronus femenino, no desmerece en nada su virilidad, al tiempo que realza la exquisita feminidad de Lily[41]. El propio Dumbledore se sorprende cuando lo ve, porque en el fondo siempre ha contemplado a Snape como un alma en pena cuya única misión en este mundo es ser su dócil instrumento.

La escena de la muerte de Snape, “la más llorada de la historia del cine” según se dice, es una de las más bellas y emotivas de la saga, con la intensa coda de sus recuerdos legados en herencia a Harry. Para que sepa y llegue por sí mismo al conocimiento que le permitirá vencer al monstruo[42], pero también para que conserve la pureza de este recuerdo.

Esta escena es una especie de burbuja de silencio entre el griterío de la batalla. Empieza como una suerte de camino iniciático para Harry y sus compañeros, cuando al salir de la Sala de los Menesteres, después de destruirse el quinto horrocrux -la Diadema de Ravenclaw- con el Fuego Maldito provocado por Vicent Crabbe, y viendo que las Fuerzas Oscuras están ganando terreno, Ron ruega a Harry que entre en la mente de Voldemort para localizarlo, pues según creen ya sólo queda un horrocrux: la serpiente Nagini, y ésta no se separa de su amo desde que Voldemort se dio cuenta de que los horrocruxes estaban siendo destruidos. Harry hace lo que se le pide y guía a sus compañeros, a través del fragor del combate, hasta el lejano embarcadero del lago, cuesta abajo, donde en aquel momento Voldemort aborda a Snape. Una vez atravesado el campo de batalla, cuando emprenden la bajada por la larga escalera que conduce al embarcadero, perdemos de vista a los tres amigos y durante unos segundos sólo vemos el largo camino que desciende, en un silencio casi completo, sólo oímos el sonido de las pequeñas olas del lago rompiendo en la rivera. Y cuando Snape expira, el dulce canto celta[43] que ha acompañado su último aliento expira suavemente con él, mientras el agua suena y el aire enmudece en un momento de tensión que espera el mensaje de Voldemort, el cual rompe el silencio como un murmullo siniestro que resuena en las mentes. Voldemort lanza triunfante su oferta de tregua y su propuesta de pacto, pues se ha liberado de la que siente su única debilidad, y también del que cree el único impedimento para conseguir el dominio total de la Varita de Saúco.

Entre estos dos silencios, la escena propiamente dicha tiene lugar también en dos partes muy diferenciadas: el diálogo entre Snape y Voldemort, y el encuentro entre Snape agonizante y Harry, al que hace heredero de sus recuerdos. Esa primera parte es un auténtico duelo de titanes de la escena, el único momento en toda la saga que los dos personajes actúan juntos y solos (hay otro encuentro entre Snape y Voldemort, al principio de Las reliquias de la muerte I, pero en el contexto de una reunión de mortífagos centrada por la figura del Señor Tenebroso). Y ambos logran la perfección de un equilibrio ejemplar, sin ningún gesto que nos revele impulso alguno para imponerse el uno al otro.  Pero aquí nos damos cuenta de algo extraño en la elección de los personajes: es “académicamente” del todo incorrecta. ¿No habría sido más lógico elegir a Rickman como Voldemort y a Ralph Fiennes como Snape? En primer lugar por la cuestión de las edades. El texto de Rowling lo deja “matemáticamente” muy claro, quizás demasiado: Snape es compañero de curso de los padres de Harry, que tienen a su hijo a los veinte años, de modo que en el momento de su muerte, Severus no llega a los cuarenta. Y en La cámara secreta, se especifica que ésta fue abierta cincuenta años antes de los hechos que se narran, y que entonces Tom Ryddle, el futuro Lord Voldemort, tenía dieciséis años. Por lo tanto, cuando llega al final de la saga, hablamos de un hombre que ha rebasado los setenta. E incluso en el aspecto físico, Fiennes hubiera dado más la talla de Snape con un trabajo de caracterización más mínimo, sólo hace falta recordarlo como Heathcliff en Cumbres borrascosas (1992) o pensar en su conmovedora interpretación de Evgeny Onegin (1999). Mientras que para Rickman, la aureola de sus personajes tenebrosos emergidos en Hans Gruber, precedido éste por Obadiah Slope y el vizconde de Valmont, seguido por el Sheriff de Nottingham y Rasputin, parecía haberlo preparado para encarnar al Señor Tenebroso en toda su magnificencia, al ser maligno sin apelación. Pero esto habría sido un error. Porque toda la reflexión que nos lleva hasta este punto, nos permite preguntar-nos honestamente si Rickman hubiera sido capaz de encarnar a Voldemort de manera creíble, si hubiera sido capaz de recrear a un ser malvado sin llevarlo a su redención[44], sin buscar su luz e iluminar su oscuridad. Por suerte para todos, y para la historia, los verdaderos creadores no se guían por normas “académicas” y hacen caso a la intuición razonada, o a la razón intuida, como se quiera llamar: hacen caso al corazón. Ya hemos dicho que Rickman/Snape fue la decisión inapelable de J.K. Rowling, y tanto el productor David Heyman como el director de El cáliz de fuego, Mike Newell, declararon que para Voldemort, Ralph Fiennes fue no sólo la primera, sino la única opción. Y el resultado está ahí: sólo el alma de Rickman podía dar a Snape la potente irradiación que va más allá del papel y la pantalla, que ha inspirado mentes y cambiado vidas; sólo el extraordinario dominio del cuerpo del que es capaz Fiennes podía proyectar a Voldemort como esa extraña criatura de alma dividida, ese ángel caído “reptilizado”, ligero y denso a la vez, de una sensualidad frágil e inquietante, empeñado en dominar y totalmente dominado por sus propios miedos.

Y es a partir de aquí que Snape camina hacia su gloria, y Voldemort hacia su condena[45].

Lo que vemos en el diálogo entre Snape y Voldemort no es un encuentro entre bardos. Es un encuentro entre el druida y el bardo, entre el que ve distintamente y el que busca apasionadamente. Geniales los dos en sus respectivas trayectorias, dos irradiaciones de energía humana capaces de transformar cualquier orden, de romper todas las esferas, de transportarnos el alma a todos los cielos. Pero completamente distintos en la manera de hacerlo, en su propia proyección.

Y volviendo a la escena en concreto, desde el primer momento nos plantea una pregunta[46]: ¿por qué Voldemort mata a Snape de un modo tan cruel cuando su firma es el Avada Kedavra? Quizás porque así se venga de un secreto rencor contra el hombre que lo ha obligado a sentir algo que él detesta: admiración y respeto. Voldemort siente en Snape una superioridad que lo molesta y a la vez lo encandila. Siente en él a un hombre libre en medio de la rastrera sumisión de los demás mortífagos; siente una dignidad que lo irrita, pero que, por alguna razón que no comprende, se inclina a admirar. En Severus Snape no hay nada de la arrogancia servil de Lucius Malfoy, de la inconfesable adhesión de Beatrix Lestrange, de la rastrera complacencia de sus colaboradores más allegados. Curiosamente, lo humilla. Y es que ante Severus Snape, Lord Voldemort siente su propia inferioridad humana. ¿Por qué? No lo sabe. Sólo intuye que en el austero jefe de Slytherin hay algo que él no puede dominar, no siente miedo ni temor[47] alguno que lo rebaje a la sumisión; nunca se inclina, nunca suplica. Hace su trabajo, cumple sus órdenes, es el más inteligente y eficaz de los mortífagos. Y no obstante…

Incluso cuando se decide a destruirlo, lo hace en base a un complicado razonamiento y se siente obligado a justificarse. No es su voluntad. Se auto-convence de que “no quiere” hacerlo, pero la fatalidad de la varita de saúco lo “obliga” a hacerlo.

Hay opiniones para todo, pero yo creo que la escena literaria de la Casa de los Gritos se ve superada por la escena cinematográfica del embarcadero. Severus Snape se enfrenta a su final indefenso[48], por tres veces la cámara nos muestra que sus manos no sujetan varita alguna. Lord Voldemort lo debilita y luego le echa encima a la serpiente. Y lo abandona a una agonía cruel. Pero por primera y única vez en su vida experimenta algo cercano al disgusto. “Lo siento”. Y la crueldad de Lord Voldemort servirá para darle tiempo a dejar su legado a Harry.

La belleza de ese encuentro se centra en un detalle: los recuerdos de Snape no están en la sustancia imprecisa de los demás (“ni gas, ni líquido, ni sólido”) que debe desprenderse de las sienes mediante la varita, sino en sus lágrimas. Las lágrimas que en sus últimos instantes por fin pueden fluir libremente, las lágrimas no lloradas durante largos años, desde mucho antes de la muerte de Lily.

Y la historia que nos muestran esas lágrimas desmiente toda conclusión pedante y académica de la historia de Lord Voldemort guardada en los recuerdos escogidos por Albus Dumbledore. En las tinieblas del desamor, el amor puede florecer, puro y generoso. Lo es la historia de Severus Snape y Lily Evans, más allá de la no correspondencia y de la muerte. La historia de Snape adulto podría resumirse en el poema de Neruda que el mismo Rickman recita en Truly, Madly, Deeply: “Perdóname, amor mío, por estar vivo.”[49]

El valor inestimable de esa historia radica en el hecho de que en un mundo donde las élites intelectualoides mediocres han querido ahogar toda muestra de “sentimiento”, Alan Rickman/Severus Snape han sido capaces de despertar ese sentimiento con el poder de una palabra.

El personaje ha superado a su autor. Se ha proyectado más allá del argumento cerrado de la historia, se ha hecho vivo en el alma del Hombre ansioso de encontrar una puerta de salida hacia la Luz. ALWAYS  es una proyección más allá de la fantasía. Una realidad que nos descubre la posibilidad de una trascendencia humana. La cierva plateada emprende su carrera hacia algo aún impreciso iluminando la noche. ALWAYS es el deseo irrefrenable de Omega[50].

Y es también un acto de rebelión, el NO a la fatalidad[51] de la que parece hacer gala Albus Dumbledore, al destino que determina una trayectoria marcada. El abrazo a la amada muerta que conmovió al mundo mágico, engendra un deseo incontenible de proteger la Vida. La Vida simbolizada en la presencia del pequeño Harry contemplando la escena[52].

Entre Albus Dumbledore y Tom Ryddle/Lord Voldemort, entre el Archidruida luminoso y el Señor Tenebroso, Severus Snape es el punto medio que no es de equilibrio, sino de superación, es el Logos que emerge en el vértice del Cono. Pero Snape es el maldito en un mundo programado para fiarse de las apariencias materiales mientras desconfía de las realidades espirituales. El Príncipe Mestizo, ni demonio ni ángel, simplemente Hombre, se auto-redime siendo humano, en sus virtudes y sus defectos. Es el catalizador, “erupcionador” de la Luz/Vida movida por el increíble poder AMAR. Y los nuevos Hombres (varones y mujeres) contemplan, comprenden, aprenden y hablan. En el vértice del Cono, Snape emerge como el Druida que es Metatrón, no por designio divino, sino por capacidad humana adquirida en el trabajo, el estudio, la coherencia de una vida que se sabe y se quiere acarada a la Luz. Y lo es más allá de los límites literarios y cinematográficos.

***

Mientras Snape traza su camino luminoso, Alan Rickman dará vida simultáneamente a otros personajes. Historias llenas de gracia y ternura, como Blow Dry (Éxito por los pelos, 2001), donde una amistad que se forjó en la infancia ayuda a superar las desavenencias y las rivalidades en el mundo adulto, o la conocidísima Love Actually (2003) la película navideña en la que el director Richard Curtis nos muestra la esperanza que iluminó la oscura tragedia del 11-S. También las divertidas peripecias de The search for John Gissing (2001), con su aguda sátira del mundo de las multinacionales, y del caso real de Bottle Shock (Guerra de vinos, 2008), donde revive a Steven Spurrier, el inglés que tiene una “academia de vinos” en… ¡París! y va en busca de los nuevos caldos californianos para dar un poco de emoción a las competiciones donde siempre se turnan los mismos ganadores. Adaptaciones literarias como El perfume (2006), volviendo a encarnar a la Razón que se alza para intentar reordenar al caos, y Sweeny Todd (2007) donde se atreve con el musical; también en este apartado encontramos la deliciosa Song of Lunch, estrenada el 1 de octubre de 2010, un hermoso poema sobre el reencuentro de dos amantes. Y una brillante y emotiva reconstrucción histórica: en 2004, estrenada directamente en televisión, Rickman revivió al Dr. Alfred Blalock en Something the Lord Made (Una creación del Señor); sobria, auténtica, intensa, es uno de sus grandes trabajos, en el cual irradia la propia admiración por el personaje que tantas vidas salvó con sus investigaciones en cirugía cardíaca en un momento en que ésta se veía como algo imposible, y lo hizo en estrecha colaboración con Vivien Thomas, el joven de color sin otra formación médica que la que obtiene de la práctica a su lado, que se convierte en un verdadero maestro en el mismo mundo que intenta apartarlo por su condición y su raza.

También en esta larga década, que coincide casi con la primera del siglo XXI, en 2006, interpretó a Alex Hughes, un personaje hecho “a medida”,[53] en Snow Cake, al lado de una espléndida Sigourney Weaver como la madre autista cuya hija Hughes se ve casi obligado a recoger mientras hace autostop por una gélida carretera canadiense y muere pocas horas después en un accidente en el que él sale ileso. Al año siguiente, en 2007, aparece Nobel Son, que junto con Gambit (Un plan perfecto, 2012), ya fuera de la “década potteriana”, son un encantamiento riddíkulus contra la absurdidad y la estupidez de la pedantería de los “pobres diablos”: académica en Nobel Son, con el grotesco profesor Eli Michaelson, vencedor el Nobel de Química, y económica en Gambit, con el esperpéntico Lionel Shabandar, el multimillonario magnate inglés compulsivo coleccionista de arte al que su restaurador estafa del modo más ingenioso para hacerle pagar todos sus abusos. En 2013 Rickman participa en el rodaje de The Butler, el paso de los presidentes por la Casa Blanca desde los ojos del fiel mayordomo, donde interpretó a Ronald Reagan. Y ese mismo año dio dos joyas inestimables: su Karl Hoffmeister de A promisse, la delicada adaptación de Patrice Leconte del Viaje al pasado de Stefan Zweig, y la sorprendente CBGB, donde reencarna a Hilly Kristal. Esta es una película realmente impactante: la visión de cómo la generosidad de un hombre que cree que a aquel que tiene algo que decir se le debe dar la oportunidad de hacerlo, abrió la puerta a uno de los movimientos artísticos más controvertidos, pero también más fecundos que se puedan imaginar. Y de cómo esa generosidad da frutos en los ambientes más degradados de la sociedad humana.

Como las puertas de St. Michael se cerraron detrás de Metatrón, las puertas de la Vida se cierran detrás de Alan Rickman recreando a Luis XIV en los jardines de Versalles. A Little Chaos es la segunda película de Rickman como director. Su estreno en los cines, en abril de 2015, había suscitado gran expectación y fue recibida con opiniones contrastadas por la crítica, pero con simpatía por el público. El título es traducido en alguna ocasión como En los jardines del rey (es la versión francesa: Les jardins du Roi), incluso en la versión original se ha visto como The King’s Gardens, pero es una traducción terriblemente impropia, porque la expresión Un pequeño caos encierra una verdadera declaración de principios: debe haber “un pequeño caos” en todo orden, un poco de espontaneidad, una proyección en todo programa, una erupción de libertad en todo método; por estricto y “ordenado” que sea un mundo, debe palpitar un “pequeño caos”, porque es ahí que será posible ver los errores, es de ahí que vendrán los cambios que abrirán las puertas al progreso, es desde la espontaneidad que se crece; la libertad y el método, el caos y el orden, siempre tienen que andar de la mano si queremos progreso real. Es una advertencia a la sociedad omniprogramada de nuestros días: se corre el riesgo de ahogar la libertad, de ahogar al Hombre, Ser Pensante proyectado hacia su Más Allá. Y sólo el Hombre puede liberar al Hombre. Incluso Dios se atiene a ese principio. La última palabra siempre es una decisión personal tomada libremente.

Y de hecho, su celebrada recreación de Luis XIV es “un pequeño caos” obligado por un presupuesto demasiado modesto como para contratar a otro actor. En una entrevista en el programa de France 24 “À l’Affiche”, en Mayo de 2015, durante la promoción de la película, Alan Rickman se declaró totalmente incapaz de dirigir e interpretar a la vez:

“¡Es de locos! Cada vez veo más y más actores que lo hacen y no sé como lo logran, sobre todo cuando están presentes durante todo el film, porque esta posición es un poco esquizofrénica.” [54]

Dijo que logró interpretar a Luis XIV porque es un personaje que “no se mueve”, son lo demás que van hacia él. También en el mismo programa explica su posición en recrear a los personajes históricos, y  a este en concreto, desde su humanidad.  De modo que, tal como he dicho ya al empezar esta reflexión, es la ironía divina quien le permite despedirse encarnando al Rey Sol y darnos un adiós luminoso.

Pero no sería su último regalo. A su muerte, tenía pendiente de estreno Eye in the Sky (Espías en el cielo), sobre el uso de los drones en acciones de guerra y defensa, donde interpreta a un alto cargo militar, el Teniente General Frank Benson, del cual Hellen Miller, la protagonista, que trabajó con Rickman en el teatro en la puesta en escena de Antonio y Cleopatra (1998), ha declarado que en esa película el actor aparece tal cual es, era, como ser humano.

Y si eso es cierto, aquí hay mucho más que un simple personaje de una historia de ficción proyectada en una pantalla.

Gavin Hood, el director de Espías en el cielo, declara que quiere plantear el dilema ético salido de una nueva concepción de la guerra para que los espectadores se hagan preguntas, lo hablen y lo reflexionen. No es una historia para entretener. Los distintos personajes defienden a capa y espada posiciones individuales razonables, pero sólo desde el punto de vista de cada uno. Y el dilema debe ser resuelto en grupo, pero sólo un hombre, el que da la orden de fuego, sentirá realmente todo el peso de la responsabilidad, porque aunque se trate de lanzar un mísil disparado por un dron para evitar un atentado suicida en Nairobi mediante una orden que se da desde Londres con el beneplácito de Washington y se ejecuta desde una base de Las Vegas, hay un general dirigiendo la batalla.

Uno de los nuevos conflictos morales que plantea la guerra de drones es que se ve más y mejor. Un avión convencional no vería a una niña vendiendo pan en un puesto de mercado a lado del objetivo, no la vería distintamente ni habría empatía alguna con ella. Además, en el fragor del combate, cuando el riesgo físico es el mismo para todos, no hay tiempo para preguntas. Pero ahora sí. El dron, teledirigido, es el ojo que todo lo ve para alguien que puede estar muy lejos del objetivo, y que no está expuesto a ningún peligro. Y ese ojo da una perspectiva que nunca se podría tener sobre el terreno, y plantea dudas que nunca se materializarían en el campo de batalla. Dudas morales, pero también legales, y políticas. Indecisiones que lo complican todo, negativas a asumir responsabilidades que dejan pasar de largo el momento propicio, cuando el daño colateral hubiera sido mínimo[55].  Porque en toda guerra, siempre hay que saber reconocer el momento propicio para el ataque, y con drones o sin ellos, desde las llanuras de la Europa central, o desde los despachos del Estado Mayor británico, sólo el que ha estado realmente sobre el terreno, el que ha visto el campo de batalla con los ojos del cuerpo y los del alma, puede tomar decisiones, porque ese verá mucho más de lo que muestra el dron.

Y ese es el Teniente General Frank Benson. Una vez más, la voz de la Razón que se alza en medio de la estupidez humana. La reflexión madura del ser adulto que corre el riesgo de ser ahogada por los gritos de los niños perdidos de Neverland, llevados por sus impulsos primarios, juzgando sólo en términos de bueno/malo y luchando para no quedar chamuscados por el fuego ni manchados por el barro porque luego mamá (léase la prensa y la opinión pública) viene y se enfada. Entre ministros sudando de angustia, fiscales dudando de su propio criterio, secretarios asustados por la repercusión del momento en sus carreras futuras, y una parlamentaria que se puede permitir asumir la función de ángel puro porque no se juega nada, Frank Benson lucha por centrar la mirada de todos donde está el verdadero problema: “No pierdan de vista la otra pantalla”. Una pantalla muestra la imagen conmovedora de una niña indefensa vendiendo pan delante de la casa que es objetivo del ataque, a la que seguramente alcanzará el dron si lo disparan y de cuya vida o muerte nadie quiere ser responsable. “La otra pantalla” muestra el interior de la casa, donde dos terroristas suicidas están rellenándose de explosivos capaces de provocar dos verdaderas catástrofes.

“Que la visión de la niña no los ofusque. No pierdan vista la otra pantalla”, porque “es peligroso no mirar lo que es importante mirar”. Pero lo que ven todos son los titulares de prensa clamando al cielo por un daño colateral (evitable si se hubiera dejado al general dar la orden en el momento adecuado) y haciendo pender de un hilo las carreras de políticos y funcionarios. Lo que ve el general es una multitud de cadáveres destrozados, de ruinas humeantes, un mundo de terror, dolor y muerte… evitable con una palabra suya.

Y en el corto diálogo final con la parlamentaria Angela Northman, que se ha opuesto tercamente a permitir la orden de ataque aun confesando, en el momento de máxima tensión, que ella en concreto no corría ningún riesgo en su proyección pública, nos asalta la duda de si tal oposición no era otra cosa que la expresión casi inconsciente de que era peor una sola víctima inevitable (a quien se ha procurado alejar del lugar sin conseguirlo) por parte de “los buenos” a un par de masacres perpetradas por el fanatismo islámico, que ya sabemos todos que no dejan de ser “los malos”. Pero donde ella ve ideas, Frank Benson ve seres humanos. Cuando ella le recrimina haber hecho algo abominable cómodamente sentado en su butaca, el general, después de confesarle su presencia en no menos de cinco escenarios posteriores a atentados de esta índole, suelta la que será la despedida de Alan Rickman de la gran pantalla:

“Lo que ha visto hacer hoy mientras tomaba café y galletas ha sido terrible. Lo que hemos evitado hubiera sido más terrible aún. Nunca le diga a un soldado que no conoce el precio de la guerra.”

Los que hemos vivido la realidad que encierra esta última frase, aunque sólo sea desde la experiencia transmitida por un ser querido, comprendemos toda su profundidad.

En los primero minutos de película y en los segundos finales, se nos deja entrever lo que espera al Teniente General Benson cuando vuelva a casa: un ambiente mundano donde se puede deducir la fiesta de cumpleaños de una nieta, una hija que ha encargado a papá (al fin y al cabo, ¿qué le cuesta?) comprar una determinada muñeca de moda, quizás un reproche por traer el regalo equivocado… Nada que se parezca al merecido y necesario reposo del guerrero.

Y esta es la otra consecuencia de la guerra moderna: la ausencia de camaradería y complicidad del campo de batalla, de la hermandad de sangre. Volver a casa después del ataque como quien vuelve de la oficina o del taller, a un entorno que la mayoría de las veces no hará ningún esfuerzo por asimilar una situación al fin y al cabo vivida de forma virtual. La última imagen del Teniente General Frank Benson saliendo hacia el “mundo real” que para él no tiene nada de realidad, con una cartera en una mano y el paquete que contiene la muñeca en la otra, es la de un hombre cansado y envejecido, cargado con una culpa de la cual nadie va a absolverlo. Es la última imagen de Alan Rickman en la gran pantalla. Y no vemos en él a un héroe derrotado, sino al guerrero que arrastra viejas heridas en el cuerpo y sobretodo en el alma, pero que jamás ha perdido su dignidad[56]:

“¡Nunca le diga a un soldado que no conoce el precio de la guerra!”.

*****

También es póstuma Alice through the looking glass (Alicia a través del espejo), la segunda parte de Alice in Wonderland (Alicia en el País de las Maravillas, 2010), donde pone voz a la oruga Absolem, quien guía a Alicia en la Tierra maravillosa. Porque Rickman también tiene una serie de títulos donde sólo es una voz para un personaje animado: es el malvado Joe de Help! I’m a fish (¡Socorro! Soy un pez, 2000), el rey Philip en un episodio de la serie King on the Hill (El rey de la colina), y Marvin el Androide paranoide en The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy (Guía del autoestopista galáctico, 2005). Y nos regala su voz en diversas lecturas y recitaciones de poemas colgadas en YouTube: el Soneto 130 de Shakespeare, El regreso del nativo de Thomas Hardy, King Arthur, lecturas de Proust, etc. YouTube también nos permite disfrutar de pequeñas joyas en forma de cortos, que hacen cierto aquello de “lo bueno si breve dos veces bueno”.

«Recuerda que eres polvo…”

Entre esas pequeñas joyas, destaca una que hoy toma un significado especialmente relevante: Dust (polvo). Rodada en 2012, Dust es una historia prácticamente muda que crea un gran impacto en quien la ve. La imagen inquietante del hombre que acecha a la niña en la puerta de la escuela, que la sigue a ella y a su madre hasta su casa, y que se cuela en esa casa en plena noche, mientras la madre se relaja en un baño reparador y la niña ya duerme, para… Para convertir en polvo el diente de leche ingenuamente guardado bajo la almohada a la espera del don del hada, esnifar ese polvo y recuperar las alas perdidas que le permiten proyectarse a través de la oscuridad de la noche, del tenebroso útero terrestre, hacia la Luz celeste de la plenitud.

Y esa historia, que retoma el eterno leit motiv de Rickman: las apariencias engañan, ojo con juzgar a partir de ellas, se convierte en una hermosísima alegoría de la Muerte.

A la vista del final, la historia debe ser contada de otro modo: el Hombre que se siente llamado a “volver al Cielo”, ha perdido sus alas y debe recuperarlas. Sencillamente, en el secreto del sueño y de la noche, sin perjuicio ni daño para nadie. Necesita POLVO de hada para poder reencontrarlas y volar. De modo que acecha para buscar a alguien a punto de dar el primer paso hacia la vida adulta (la caída de los dientes de leche), pero que preserve un alma libre de prejuicios y rica en ilusiones (la imagen de la mariposa –el animal que se metamorfosea para poder volar hacia la luz y deja abandonada la crisálida, el cuerpo externo, inútil e inmaduro- en la mochila de la niña, en la manilla de su puerta, por toda su habitación), alguien que pueda transmitirle la facultad de elevarse por encima de las cadenas del mundo envejecido y le permita “volver”. Adentrarse en la oscuridad para salir a la Luz, a la Vida renovada.

La primera imagen de la historia nos muestra a la niña esperando sola en el patio de la escuela… ¡detrás de tupidas rejas! ¿Una metáfora de la institución que encarcela? ¿Qué retiene cautiva una energía que debe ser liberada? La niña se ve pequeña e indefensa, sola, sin maestros, sin compañeros, esperando a una madre que llega tarde, indiferente, para la cual parece ser más una carga que una alegría. Pero esa niña siente un gran anhelo de volar hacia la Luz (y el Hombre lo ve, lo percibe, en la pequeña mariposa pegada en su mochila), mas aún no puede hacerlo realidad, porque aún necesita la protección materna y la seguridad del nido. No obstante, lleva ese anhelo en cada célula y, por lo tanto, el diente aparentemente muerto, estará lleno de deseo y de vida, apto como ninguno para insuflar ese deseo de volar y esa Vida en el Hombre que acaba su camino y siente perdidas sus alas. Esas alas que lo impulsarán hacia la Luz.

El polvo de hada del diente se esnifa sobre el espejo donde se refleja el rostro infantil sintiéndose princesa, donde contempla sus sueños[57].

Y así, el don de la primera señal del CRECER que es la caída del diente de leche, deja de ser egoísta (el hada que deja dádivas a cambio del diente muerto) y pasa a ser generoso: el diente no es materia muerta, porque es capaz de seguir dando vida. No se espera ningún pequeño regalo, ninguna moneda reluciente bajo la almohada, sino la visión de la esperanza en la Vida perpetua más allá del útero nocturno. El renacer a la Luz. El regalo es la propia visión, el abrazo que la ha envuelto en la calidez deseada, la seguridad de que hay Luz más allá de las tinieblas. Y esta generosidad hace que la primera pérdida de la infancia que se aleja dé paso a la primera convicción de la madurez que se acerca. A partir de ahora, la niña ya no cree porque le han contado y ha visto pruebas que pueden ser hábilmente amañadas. Cree porque ha VISTO con los ojos del cuerpo y de la mente a la vez. El VER druídico, para nada censurable. No ve a Dios, ve la Esperanza del Hombre en la Luz divina. Y ve porque quiere ver. La única voz que se oye en toda la historia es la de la madre, molesta porque un ruido interrumpe su plácida hora del baño y cree en un capricho de la niña: “¡Apaga la luz!”, pero la niña no hace caso de esa orden tajante, al contrario, va hacia la ventana que la madre ha cerrado y observa, con una gran sonrisa, al Hombre que se va del Mundo. Su capacidad de soñar está intacta y aún es capaz de captar la maravilla, y no perder esa capacidad es lo que se nos pide cuando se nos anima a ser como los niños[58]. Porque crecer, madurar, no es envejecer. Envejecer es precisamente perder la capacidad de maravillarse. Madurar es ver cada vez más y mejor y acrecentar la conciencia de que cuanto más sabes, más puedes aprender, y en esa visión y ese aprendizaje la maravilla se hace cada vez más evidente. Sólo que uno debe querer aceptarla, y desobedeciendo la orden de “apagar la luz” si es necesario.

DUST es una prueba de fuego para quien lo mira. Hay quien teme, quien siente una aprehensión tan grande que le da miedo mirarlo, hay quien sólo ve oscuridad porque es incapaz de mirar la Luz. Pero también hay quien sólo ve Luz porque no contempla ni siquiera la posibilidad de las tinieblas.

El descubrimiento de la Muerte por parte de la niña no tiene nada de tétrico. Contempla al Hombre que se aleja -¿el padre ausente? ¿el compañero futuro?- con una gran sonrisa. En su “tercer nacimiento”[59], desde el útero oscuro de la Tierra a la Luz del Cielo, el Hombre que se va se lleva algo suyo, algo que al decir de todos cayó muerto, pero que en la muerte cobra nueva vida: ergo, la muerte no es destrucción, corrupción, sino transformación, regeneración.

A mi entender, en esta historia cabe destacar la capacidad de captación de la transcendencia del Ser humano íntegro (cuerpo y alma) en un inmenso acto de Fe en el Hombre, que es el verdadero punto de encuentro real con Dios. La Razón humana y la Razón divina se encuentran y dialogan en la mutua aceptación de su humanidad. Eso es lo que simboliza Suger en la alegoría de las vidrieras.  El Hombre debe aceptar de forma adulta y madura su condición de Razón del Universo, su condición de Ser Pensante en el Mundo Pensado. Y debe aceptar libremente y alegremente las consecuencias de esta condición, a medida que su propio proceso de madurez le desvela la belleza y la Vida/Luz de su realeza cósmica.

“Recuerda que eres Polvo…” repite una y otra vez la vieja sentencia cuaresmal destinada a recordar al Hombre la futilidad de la Vida, y la Muerte que lo acecha. Pero esta sentencia no encaja en su realidad. “Recuerda que eres Polvo”. ¿Cómo puede ser polvo, degeneración, corrupción… la criatura racional? La Mente Pensante del Universo. Cierto que hubo una Caída –y que la sigue habiendo- consecuencia de la cual fue algún tipo de auge de la “mortalidad”. Pero también ha habido –y sigue habiendo- una Redención que es Acto de Amor. Y la conciencia de este Acto de Amor garantiza al Hombre su proyección hacia la Luz de una Vida que nunca debe degenerar.

Por eso es tan impactante el mensaje de DUST. En DUST, un Hombre que empieza su tramo decisivo del Camino hacia la Muerte, cambia el mensaje que se quiere paralizador. Cambia la Muerte por Vida. El Miedo por Esperanza, una Esperanza que no viene de consignas doctrinales, de rituales monótonos y mecanizados, de deseos inconfesados. Sino una Esperanza que emerge del Acto de Amor de una profunda e indestructible Fe en el Ser Humano. Porque este Hombre, que se ha sumergido en la tiniebla más densa de ese Ser, sabe como nadie que incluso ahí, en el pozo de la oscuridad y la desesperación, el Ser Humano irradia Luz.

Y cambia el mensaje: “Recuerda que eres Polvo… ¡¡de estrellas!!”

Esta deliciosa historia nos muestra que a pesar de todos los neverlands habidos y por haber, el Vagabundo, el espíritu libre, sigue caminando, sigue su peregrinar hacia la Luz. Sí, debemos recordar que el Hombre es Polvo… Polvo de estrellas que lo eleva en su totalidad hacia Omega, el polvo de estrellas que en el proceso creador se concentró hasta formar la materia de la cual emergió la Vida y la Luz de la razón. La imagen que inspiró a los constructores de las catedrales[60], a los creadores del Estado liberador de servitudes. Sólo debemos cerrar los oídos a la voz cansada y resentida que nos ordena “apagar la Luz”, provenga de quien provenga esa voz. Sólo debemos recordar el mandamiento olvidado: no tener miedo.

En el momento de regalarnos la belleza silenciosa de DUST, ¿Alan Rickman sabía ya que su tiempo llegaba a su final? Su búsqueda de las alas, que no se consiguen sin dolor, ¿es la proyección de un adiós futuro que puede estar ya muy cercano? Sea como sea, es un testimonio coherente en la gran imagen que proyectó durante más de tres décadas “en la pantalla de nuestra mente”. Porque creó sus personajes como el Arquitecto creó la Catedral, como el Rey creó el Estado: como Dios creó el Mundo. La vieja tríada celta.

Y también fue el celta que resiste ahora y siempre al invasor: no hace mucho, reveló que en un primer momento fue reticente a interpretar a Hans Gruber, y sólo la presión de todo su entorno (“¿estás loco? Acabas de aterrizar en USA y ya te ofrecen un papel de primer orden”) lo obligó a aceptar para evitar futuros “si lo hubieras hecho…”. Pero Hans Gruber es un NO a todo lo que representa, o se quiere que represente, el propio personaje. Un NO a condenar irremisiblemente a un hombre como “malo”, a predestinarlo a un destino maldito porque sí.[61] Hans Gruber nos fascina porque “sentimos” en él ese NO de Rickman, no le da el alma como sí hará con tantos de sus personajes; no es una creación, sino una negación.

Y este es el secreto de Hans Gruber, esa negativa a dejarse poseer por la ola de violencia gratuita con la que se pretende inundar demasiadas veces la magia de la pantalla[62]. Hans Gruber rompe los límites: el ángel caído se redime, porque lleva la esperanza al mismísimo infierno. Incluso su espectacular Caída fue provocada realmente, no voluntaria. Por eso nos enamoramos de Hans Gruber.

Vale. Este es el secreto: nos enamoramos de Hans Gruber porque lleva la Esperanza al Infierno[63]. Lloramos a Georges de Nottingham porque lleva un deseo de pureza en el fondo del alma. Nos apasionamos con P.L. O’Hara  porque busca su redención más allá de todas las sordideces de su mundo. Nos entregamos a Rasputin porque nos demuestra que el deseo no debe avergonzarnos. Escuchamos a Metatrón porque es la Voz de Dios y nos convence de ello. Amamos a Snape, porque nos muestra, sin lugar a dudas, el poder redentor del Amor, su Fuerza humanizadora. Y echaremos siempre de menos a Alan Rickman porque fue todo eso y mucho más. Porque fue druïde, irradió Luz, nos comunicó esperanza y no se avergonzó nunca de su humanidad en un mundo que sí lo hace y nos empuja a hacerlo. Por eso las muestras de luto y dolor por su muerte son sentidas acciones de gracias. Porque comprendemos que sólo podemos dar gracias. Por la Vida que nos deja, por la Luz que no se apaga, por la Voz que sigue vibrando.  Y desear Paz a la Voz de Dios.

De modo que GRACIAS. Gracias por tu vida, Alan, y gracias por irradiarla en un medio que te permite seguir siendo la Voz de Dios para todos nosotros.

Mariam Noguera-Algué

Enero 2016


[1] En una entrevista para la BBC, Juliet Stevenson, la dulce Nina de Truly, Madly, Deeply, lo tiene claro: “We’ve lost a King”, hemos perdido a un rey. Un rey faltaba en su filmografía, Luis XIV era perfecto. Y no sólo por ser “el Rey Sol”.

[2] Se recuerda especialmente su Valmont de Les liaisons dangereuses, estrenada en 1985 en Londres y llevada en 1987 a Nueva York. Pero ya llevaba una larga experiencia, empezada como actor amateur mucho antes de ingresar en la RADA (Real Academia de Arte Dramático de Londres). Su carrera teatral se dividió a uno y otro lado del Atlántico, y su última aparición en las tablas fue en Broadway con Seminar, de Theresa Rebeck, estrenada en 2011 y que pasó de las 100 representaciones, hasta febrero de 2012. También escribió y dirigió My name is Rachel Corrie (2005) sobre el testimonio de una joven activista pro-palestina muerta trágicamente en Gaza durante la segunda Intifada.

[3] Y su interactuación con Geraldine McEwan, con la que volvería a coincidir en “El Príncipe de los Ladrones” (la inolvidable y manipuladora bruja que vive a la sombra del gobernador) y en el especial navideño de 2000 de la BBC, Plots and Proposals, una divertida parodia de Orgullo y Prejuicio.

[4] Los chismorreos nos hablan de un ataque de envidia del protagonista en cuestión. Un Kevin Costner oscarizado y aureolado por la gloria de Bailando con lobos que no se resignó a ser eclipsado por un secundario. Sea como sea, se cortaron quince minutos del metraje original que se recuperan en la edición en DVD, y que esconden el secreto del Sheriff de Nottingham.

[5] Antes de Mesmer (1994), hay dos títulos más a mencionar. En 1992, Rickman participa en el debut como director de Tim Robbins con Ciudadano Bob Roberts, una sátira política rodada en forma de falso documental sobre el poder de la publicidad en la presentación de los candidatos, donde se pone en evidencia como la sociedad se deja llevar por las apariencias y se traga lo que ve sin darse cuenta (ni preguntarse) de lo que hay escondido detrás de la imagen que se le presenta. Y también Murder Obliquely(1993) un corto de Alfonso Cuarón que forma parte de un conjunto de tres titulado Fallen Angels, historias de temática “negra” situadas en la ciudad de Los Ángeles.

[6] Formarán un “tándem” bastante emblemático. Volverán a coincidir en Judas Kiss y en Love Actually, y en 2011 nos darán esa preciada perla que es Song of Luch; también formaran parte los dos de Harry Potter. Junto a su madre, Thompson será la protagonista de El invitado de invierno, la primera película dirigida por Rickman (y cosa curiosa: en su segunda película como director, escogerá a la otra protagonista de Sentido y sensibilidad, Kate Winslet).

[7] Que volverá a dirigir a Rickman en Harry Potter y el cáliz de fuego, la película central de la saga, donde tiene lugar la espectacular reaparición de Lord Voldemort.

[8] Algo frecuente al poner en escena esta obra.

[9] Drama shakesperiano basado en la persona de Ricardo II de Inglaterra, hijo del Príncipe Negro y heredero de su abuelo Eduardo III. Fue depuesto por su primo Henry de Lancaster y murió en prisión en circunstancias nunca aclaradas. Este hecho dio origen a la guerra civil conocida como “de las Dos Rosas” entre las casas de York y Lancaster. La primera imagen de O’Hara en la película es una fotografía de su “Ricardo II” que se guarda en el teatro como recuerdo de un gran éxito.

[10] Es muy interesante el cartel original de la película, con una imagen casi de Janos bifronte O’Hara/Potter ante el telón y debajo, pequeña e indefensa, Estela, en el centro del escenario iluminado. Otro detalle de la historia, que pasa casi desapercibido, es la conexión de la ficción con la realidad durante la guerra: O’Hara fue realmente capitán de una fragata durante su paso por el ejército, Potter no pasó de soldado raso.

[11] Y que no deja de ser una simple y genial puesta al día de la explicación que dio Agustín de Hipona al problema del Mal.

[12] Rickman fue muy poco premiado, algo que levantó protestas entre sus admiradores y les provocó una sana reacción: a fin de cuentas, ¿para qué lo necesitaba? Su Rasputin se llevó un Globo de Oro al mejor actor de miniserie o telefilm, y un Emmy, un Satellite y un Premio del Sindicato de Actores por la misma categoría. Antes, en 1991, había obtenido un BAFTA al mejor actor de reparto por Robin Hood y un premio al mejor actor del Festival Internacional de Cine de Montreal por Mesmer en la edición de 1994. En 1997 obtuvo el Premio CineAvvenire y el Premio OCIC del Festival Internacional de Cine de Venecia por El invitado de invierno, que también fue candidata al León de Oro.

[13] En la espiritualidad rusa, se da ese nombre a un hombre considerado “santo”, pero que no ha recibido ninguna orden eclesiástica ni regular ni secular.

[14] La espléndida danza del cabaret, que acaba siendo un espejo de la decadente nobleza rusa.

[15] Con ganas de continuidad, según el propio Rickman, pero el largo compromiso que representó Harry Potter (ocho películas en una larga década) fue un impedimento y no volvió a intentar la aventura hasta 2014 con A Litlle Chaos, estrenada en abril de 2015. Sería su último estreno en vida.

[16] Hay algo muy chapliniano en esa historia. Y en realidad en todo el género cómico americano, que hoy día da perlas como The big bang theory, por ejemplo, o Modern Family, Mom, etc. Algo que tiene que ver con el sentido pedagógico a gran escala de las historias de ficción dirigidas tanto a la pantalla grande como a la pequeña. Si el gran capital las produce para tener a las masas entretenidas y alienadas, que el genio creador use su magia para cambiar las tornas y las convierta en materia educadora de esas mismas masas, en incentivo para agudizar su razón, despertar su capacidad de reflexión, mantener alerta la conciencia de su humanidad. Así se demuestra como el opio del pueblo se convierte en estímulo para la Energía Humana. El Alexander Dane-Dr. Lazarus de Alan Rickman en Galaxy Quest tiene una particular característica chapliniana individual, buscada o casualidad: Sir Alexander Dane no se quita nunca su maquillaje de Dr. Lazarus, ni tan sólo en la escena que lo presenta en su casa de noche y hablando por teléfono con Gwen DeMarco/Tawny Madison (Sigourney Weaver); sólo se le estropea en las últimas escenas, cuando vuelven a la Tierra después de la batalla final contra Sarris, y deja adivinar el aspecto real del actor. Algo así pasa con Charles Chaplin y  Charlot a lo largo de los años: el maquillaje del personaje se evapora gradualmente y cada vez deja más al aire el aspecto real de su creador. Hasta que aparece sin máscara en Limelights.

[17] Alexander Dane/Dr. Lazarus protagoniza uno de los pocos momentos dramáticos de esta excelente comedia: la muerte de Quellek durante el ataque de Sarris. Quellek es un joven thermiano que ha basado su vida en la “filosofía del Dr. Lazarus”, aprendida mirando lo que cree son “documentos históricos”. Cuando lo tiene en la nave casi no puede creerlo, y lo trata y respeta como al maestro que ha sido para él. Herido de muerte por uno de los secuaces de Sarris, Quellek confiesa al “Dr. Lazarus” que siempre lo ha considerado un padre. Poco antes, intentando salvar a un grupo de thermianos atrapados en una trampa de Sarris, la inquebrantable confianza de Quellek consigue que una de las “armas mentales” del “Dr. Lazarus” se haga realidad.

[18] Una advocación para nada casual.

[19] Condición basada en una de las interpretaciones de la mención evangélica a los “hermanos” de Jesús para explicarla sin poner en cuestión la maternidad virginal. Simplemente, María habría engendrado y dado a luz a Jesús siendo virgen, pero después nada habría impedido que ella y José hicieran vida marital y tuvieran otros hijos. En la historia de Dogma, Bethany Sloane desciende de uno de esos hermanos.

[20] Metatrón no revela a Bethany su identidad en su primer encuentro, será Rufus, el Apóstol olvidado, quien lo haga después de haber recorrido ya un largo camino que poco a poco la convence a seguir su misión. En su segundo encuentro, Metatrón afirma que a la Verdad se tiene que llegar despacio por uno mismo, después de haber visto, oído y hablado (y de haberse movido). En esa escena bellísima, cargada de Humanidad, de Amor, Esperanza y Fe, es Metatrón quien abre la mente de Bethany para aceptar una realidad que la sobrepasa y la asusta, quien le enseña que no ha dejado de ser ella misma por descubrirla, ni ha estado viviendo una mentira por ignorarla.

[21] Los grognards (gruñones) era el nombre dado popularmente a los Granaderos de la Guardia de Napoleón, porque aunque siempre acababan obedeciendo sus órdenes, no lo hacían nunca sin haberlas cuestionado abiertamente.

[22] ¿Por qué ellos no lo poseen y su soberbia les impide pensar que Dios posea algo de lo que ellos carecen? Porque, ¿realmente podemos pensar en Dios como al tipo estirado y paliza de sus tratados?

De hecho, el humor de Dios es presente en muchas otras reflexiones de nuestros días: ¿quién no recuerda al Cristo de Don Camillo? ¿Y al Jesús alegre y vital del film de Roger Young? O a la afirmación de “Dios es un gran bromista” con que Christy, la protagonista de la serie Mom, resume la manera como la Providencia ha reunido a sus padres. Y otros jugosos testimonios como el mafioso que declara a Richard Castle (Castle VII.10): “Bueno, ya sabes, si quieres oír a Dios reírse, cuéntale tus planes”. Sí, fuera del mundo académico, se acepta sin reservas el sentido del humor divino.

[23] Respeto que contrasta con la ridícula imagen del “Cristo colega” que el cardenal Glint propone… ¡como sustituto del Crucifijo! en su empeño de “actualizar y desdramatizar la doctrina” para atraer a la gente. Desgraciadamente, es una imagen exagerada de una realidad tristemente tangible: más de una vez la Iglesia ha rozado lo grotesco y ha perdido el respeto de muchos fieles en una idea equivocada de “actualizarse”.

[24] Es una imagen muy bella: Dios, su Voz, su Apóstol y su Inspiración vuelven al Cielo penetrando por las puertas de la Iglesia. Y equitativa: dos seres masculinos y dos femeninos.

[25] No, mejor: somos potencialmente la Voz de Dios en el Universo. La Razón de ese Universo en el sentido noogenético: somos el Ser Pensante, y somos el Ser en quien el Universo se explica. Por eso debemos querer crecer para llegar a ser realmente esa Voz. Madurar, aprender, conocer, edificarnos, luchar para conseguir nuestra plenitud y para que los demás puedan conseguirla. Impedirlo, por la razón que sea, es el peor de los crímenes.

[26] Pensémoslo bien: ¿no encontramos a viejos conocidos en esos personajes? En el resentimiento de quien se cree un genio incomprendido, de quien se cree un santo injustamente tratado; en el dolor de quien vive un camino de duda y de deseo de luz en la más completa oscuridad. En quien acepta sus fracasos y toma la vida alegremente como le viene, pero siempre abierta a la nueva posibilidad. En quien quiere ser sublime y sólo consigue ser grotesco. En la bondad púdicamente oculta tras un carácter gruñón…

[27] El sabio celta, que no pertenece a casta alguna ni es captado ni “elegido”, sino que se convierte en guía gracias a su estudio, su voluntad, su esfuerzo y su vocación, y que pone todo su empeño en enseñar a su gente a pensar por sí mismos. Aunque durante siglos se ha dado alegremente por buena la interpretación de Plinio el Viejo de que la palabra significa “hombre de la encina” (cosa que ha dado pie a divertidas teorías), Jean Markale, en un artículo publicado en 2005, desvela que en realidad, en las lenguas de los antiguos celtas, “druïde” significa “aquél que ve muchísimo” (de dru = muchísimo y ide = ver), es decir: clarividente, guía. (MARKALE, JEAN. “Le vrai visage des DRUIDES” en Historia. À la lumière du passé le présent s’éclaire, Décembre 2005, nº 708, pp. 26-33). Rickman, hijo de padre irlandés y madre galesa, no deja de ser un celta.

[28] GARCÍA PAVÓN, FRANCISCO. Otra vez Domingo. Una aventura de Plinio. 2008. Rey Lear, p. 31. Edición original: 1978. Sedmay.

[29] Harry Potter y las Reliquias de la Muerte se editó en 2007 (en 2008 la traducción al castellano). Pero la envergadura e importancia del desarrollo de la historia decidió a los productores de las películas a desdoblarla en dos partes: la primera se estrenó en Julio de 2010, y la segunda, la que incluía “la historia del Príncipe”, un año más tarde.

[30] Causado no por una negligencia de Dumbledore en su protección a la familia, sino por la arrogancia de James y Sirius, que creen ser más astutos que nadie y ponen el secreto en manos de quien resulta ser un secuaz de Voldemort. Y lo hacen porque lo ven como un ser inferior, y creen que nadie podrá sospechar que alguien tan poca cosa sea el guardián del secreto.

[31] Partiendo de la hipótesis de que ciertas casualidades no existen, creo que cabe hacer referencia al uso y abuso del Always (¡siempre!) en la serie Castle, donde se presenta realmente una “historia de amor” distinta: el hombre y la mujer que aprenden a amarse no desde el “flechazo” o de la pseudomagia de un pretendido “enamoramiento”, sino a base de conocerse, de edificar una sólida amistad que les permite construir su propio espacio a partir de aprender a compartir los espacios independientes de cada uno. Un camino de conocimiento del otro sin ninguna influencia de compromiso alguno, sin ningún cálculo. Amarse físicamente es una consecuencia de este camino que ha acabado por unir las almas, y por eso se llega a la unión de los cuerpos. Aquí no hay sumisión alguna de la Dama cayendo rendida a los pies del supuesto héroe, ni del Caballero que se convierte en servidor y protector. Aquí cada uno conserva intacta su independencia personal, y la relación se basa en el diálogo perenne que se tiene porque se quiere. Y al final de la serie, Always se convierte en la última palabra del último capítulo de la última temporada.

[32] Se ha sabido también que fue Rickman quien propuso la imagen de Snape perpetuamente vestida de negro, sin cambiar nunca de aspecto (de hecho, en el primer libro, cuando se narra el primer partido de quidditch, se especifica que Snape, jefe de la casa de Slytherin, va “de verde”).

Otra característica a tener en cuenta: Pociones es una materia totalmente racional en el mundo mágico, que se aprende a base de esfuerzo y constancia, que necesita del concurso de otros conocimientos y no puede pensarse en intuiciones pretendidamente geniales para salir airoso. Cuando el Guardián de Hogwarts y los jefes de las Cuatro Casas crean los obstáculos que protegen el camino hacia la Piedra Filosofal, el obstáculo de Snape –el último antes de llegar al “Espejo de Oesed” donde Dumbledore ha escondido la Piedra- sólo puede superarse a base de lógica e inteligencia.

[33] En el conjunto de actores que interpretan las historias de Harry Potter, se unen cuatro generaciones de primerísima fila de la escena británica y se forma una verdadera escuela, una especie de gremio donde conviven maestros y oficiales, donde los aprendices reciben lo mejor del trabajo, porque lo más importante que deben aprender del oficio es a amarlo: grandes leyendas como John Hurt (Ollivander), Michael Gambon (el “segundo” Dumbledore) y Maggie Smith (Minerva McGonagal), la generación nacida en la posguerra como el propio Rickman, Robbie Coltrane (Rubeus Hagrid) o Brendan Gleeson (Alastor “Ojoloco” Moody) , la nacida en los momentos de cambio que son los 60, como David Thewlis (Remus Lupin), Jason Isaacs (Lucius Malfoy), Helena Bonham Carter (Bellatrix Lestrange) y el otro gran genio de la saga, Ralph Fiennes (Lord Voldemort). Y la de los aprendices que son los verdaderos protagonistas de la historia: Daniel Radcliff (Harry Potter), Rupert Grint (Ron Weasley), Emma Watson (Hermione Granger), Matthew Lewis (Neville Longbottom), Tom Felton (Draco Malfoy), Bonnie Wright (Ginny Weasley), Evanna Lynch (Luna Lovegood)… Estos últimos, reconocen sin tapujos el maestrazgo de Rickman durante la larga década que duró la serie. Daniel Ratcliff, en su homenaje al actor al saberse su muerte, explica que fue el primero en tratarlos como adultos, en preguntarles y darles opiniones como a iguales.

[34] Severus Snape es hijo de un matrimonio desgraciado entre un muggle, Tobias Snape, y una bruja llamada Eileen Prince (“príncipe”) de ahí su apodo de “Príncipe Mestizo”.

[35] Por cierto: ¿no nos recuerdan al Conde de Champignac y a Zorglub del Spirou de Franquin?

[36] La relación maestro/discípulo entre Albus Dumbledore y Harry Potter, recuerda a Merlín y al Rey Arturo, pero también a dos personajes de la historia real: el Abad Adam y Suger de Saint-Denis.

[37] Su obsesión por Harry viene de esa debilidad, que le hace tomar muy seriamente la profecía de Sybill Trelawney. Es interesante la reflexión que se hace sobre el valor de las profecías: se cumplen cuando queremos que se cumplan porque las interpretamos como fatalidad.

[38] Voldemort se podría traducir como “robo de muerte” (y “mortífago” el nombre dado a sus seguidores, como “devorador de muerte”). Pero Voldemort, erudito que no sabio, desprecia el conocimiento que no se adquiere entre laureles académicos e ignora esa base de la sabiduría celta que son los cuentos y las leyendas. De modo que dedica su vida a la locura de crear horrocrux, cuando la Muerte puede ser dominada poseyendo sus reliquias, de las cuales una (el anillo) está ya en su poder sin saberlo. Y en cuanto a las otras dos, una (la varita de saúco) está en manos de Dumbledore, que la ganó a Grindelwald, quien a su vez la había robado al fabricante de varitas Gregorovitch, y la otra (la capa invisible) está en manos de Harry, el único que posee una reliquia de manera legítima, heredada de su padre, lejano descendiente de Ignotus Peverell, uno de los tres hermanos a quien la Muerte entregó sus dones.

[39] Harry Potter no es una historia de “buenos y malos”, sino de seres humanos con cualidades y defectos. Llega un momento en que Harry, en la problemática de la adolescencia, deberá reconocer que su idolatrado padre no era ningún santo.

[40] Snape, cuando conoce a Lily después de ver su potencial mágico, es quien la introduce en su mundo, la informa de sus secretos, la pone al nivel de los hijos de magos. Ya en Hogwarts, Lily sobresale en Pociones, como Snape.

[41] Lily también comparte patronus con su marido James, pero sólo en especie. El patronus de James, que renace en Harry, es el ciervo, el Macho Rey que tantas connotaciones tiene en la iconografía celta. También las tiene la cierva, aunque de un modo distinto.

[42] De nuevo, la Verdad debe aprenderse poco a poco, y debe haber una búsqueda personal y voluntaria.

[43] La misma nota, más tenue, acompaña la aparición del sol en el momento en que Voldemort, destruido el último horrocrux y abandonado por la Varita de Saúco, literalmente se desintegra y desparece para siempre.

[44] De hecho, Fiennes… bueno ¡esta es otra historia!

[45] De sus propias explicaciones, sabemos que Ralph Fiennes creó su Voldemort desde la clara conciencia de un ser que no es “el Mal”, sino un ser humano que se hace maligno por su total falta de amor fundada en el miedo, la frustración y la tristeza, por su rechazo a esta dimensión humana que él interpreta como signo de debilidad y por eso mismo la desprecia. Da la sensación de que Fiennes vive el personaje de una manera casi catártica. Y que lo exorciza –y curiosamente lo redime- en su increíblemente genial versión de Coriolanus (2011), su debut como director, contemporánea al último “Harry Potter”. De hecho, ha declarado que después de Voldemort se niega a interpretar a otro malvado, le ofrezcan lo que le ofrezcan, para no tener que volver a mirar al mundo desde el punto de vista de un personaje de esta índole. Una vez liberado del “espíritu maligno”, puede seguir irradiando energía, recuperado del desgaste que parece suponerle el Señor Tenebroso, y darnos la profunda ternura de Abel Magwicht en Great Expectations (2013), la sorprendente lección de humanidad de M. Gustave en Gran Hotel Budapest (2014), y la potente explosión de luz y vida de Harry Hawkes en A Bigger Splash (Cegados por el sol, 2016).

[46] De hecho dos: ¿qué pasa con el cadáver de Snape?

[47] Snape siente tristeza y frustración, pero no miedo. El amor por Lily lo protege del temor que lo sometería al tirano: hace lo que hace no para protegerse él, sino para proteger a Harry, y en Harry a todo el mundo mágico.

[48] “Valiente hasta el final” dirá Rickman definiendo a su personaje en esta escena. Y se definía a sí mismo.

[49] Neruda, Pablo. Los versos del capitán-La muerta.

[50] Entre los muchos homenajes a Alan Rickman aparecidos vía internet, hay unas imágenes especialmente conmovedoras, donde al lado de la fecha de su nacimiento, la fecha de su muerte aparece tachada o simplemente ausente, y en su lugar la palabra ALWAYS.

[51] En el delicado cuento The Boy in the Bubble, narrado por Rickman, ¿hay un implícito mensaje a Snape? ¿Una llamada a confiar siempre en una segunda oportunidad?

[52] Al principio del Libro V, La Orden del Fénix, encontramos una escena muy curiosa: cuando Harry y su primo regresan a casa después del ataque de los dementores, tía Petunia sorprende demostrando que sabe lo que son esos seres tenebrosos, y para justificar un conocimiento del mundo mágico que su marido no aprueba dice: “Hace muchos años… oí a aquel… infeliz… que se lo contaba a ella.” Harry protesta, pensando que el apodo “infeliz” se refiere a su padre: “Si te refieres a mi padre y a mi madre, ¿por qué no los llamas por sus nombres?”. Pero Petunia ser refería a Snape.

[53] Tan a medida que se comenta tuvo que pedir al director que cambiara el nombre del personaje, “Alan”, por “Alex”, para que no fuera tan evidente.

[54] Vuelve a hacer una declaración semejante en el programa británico A life in pictures, y ahí se refiere concretamente a Ralph Fiennes y su The invisible woman.

[55] Buscada o no, se muestra una clara diferencia entre los políticos que pretenden que sea “el otro” quien tome la decisión polémica, y los altos cargos militares que asumen su responsabilidad enfrente a sus subordinados resentidos por lo que les han obligado a hacer, y procuran que en ellos los daños psicológicos sean mínimos. Esa actitud la vemos explícita tanto en la Coronel Powel (Hellen Mirren), como en el Teniente Coronel Walsh (Gavin Hood), comandante de la base de Las Vegas desde donde se ha lanzado el mísil.

[56] Algo de esa historia me empuja a relacionarla con Telón la última novela de Agatha Christie, la despedida de Hércule Poirot: el viejo detective, con una afección cardíaca que lo está llevando a la tumba, encuentra a un asesino al que nunca se podrá detener, porque jurídicamente hablando no comete delito alguno. Y lo mata. Para evitar que siga matando a inocentes sólo por diversión. El dilema ético también está servido.

[57] Al lado de su cama vemos un peluche de Babe, el cerdito valiente, que se convierte en algo inicialmente negado a su condición de cerdo: un admirable guía de rebaños de ovejas, y lo hace contraviniendo todas las reglas.

[58] En la bellísima película A dangerous Man: Lawrence after Arabia (1991), se cita esta frase de T.E. Lawrence: “Todos los hombre sueñan, pero no del mismo modo. Los que sueñan de noche en los polvorientos recovecos de su espíritu, se despiertan al día siguiente para descubrir que todo era vanidad. Mas los soñadores diurnos son muy peligrosos, pues pueden vivir sus sueños con los ojos abiertos para hacerlos posibles. Eso hice yo.”

[59] El “primer nacimiento” sería el nacimiento biológico que nos separa del útero materno para “darnos” a la luz de la Vida. El “segundo nacimiento” sería nuestro paso de la infancia a la edad adulta, que nos separa del entorno seguro en que nos hemos criado, rompe nuestra esfera individual, para “emerger en el vértice del cono” y ocupar nuestro lugar entre los Seres Pensantes. El tercero, es el que nos lanza “Más Allá” de la Vida y del Pensamiento en el espacio y el tiempo, que nos despoja de toda materia.

[60] En el opúsculo De Luce de Robert Grosseteste (1168? – 9/X/1253),  escrito entre 1225 y 1228, se muestra la formación del Universo como concentración de Luz (hoy diríamos de energía). La catedral gótica se define como eso mismo: luz que se condensa hasta transformase en piedra.

[61] Una anécdota que se ha comentado mucho es la incapacidad de Rickman para aprender a disparar un arma. Por mucho que se entrenara, nunca logró evitar cerrar los ojos en el momento de apretar el gatillo. La solución fue no enfocarlo casi nunca (una sola vez, si mal no recuerdo) disparando. Y él mismo comenta jocosamente en su intervención en A life in pictures (2015) que siempre hacía un gesto de retroceso cuando se disparaba un arma.

[62] Aquí cabe recordar la declaración que hizo Charles Chaplin al periodista Robert Shaw en ocasión de una entrevista para el Écran français durante la promoción de Limelights (Candilejas, 1952):

“Creo en el poder de la risa y de las lágrimas como contravenenos del odio y del terror. Las buenas películas constituyen un lenguaje internacional, responden a la necesidad de humor, de piedad, de comprensión que tienen los hombres. Son un medio para disipar la ola de sospecha y de temor que invade hoy al mundo. Hemos visto demasiadas películas llenas de violencia, de sexualidad morbosa, de guerra, de crímenes, de intolerancia, que hacen más insostenible todavía la tensión mundial. Si pudiéramos organizar entre las naciones un intercambio en gran escala de películas que no sean una propaganda agresiva, sino que hablen el sencillo lenguaje de los hombres y las mujeres sencillos… Podríamos contribuir a salvar al mundo de desastre.” (Citado en Sadoul, Georges, Vida de Chaplin.  Edición en español de FCE. México, 19672). Chaplin estaría muy, muy orgulloso de sus compatriotas si pudiera ver el cine inglés actual.

[63] La esperanza que llega al infierno de los marginados con Hans Gruber, se ilumina con The Boy in The Bubble (2011), otra de las pequeñas joyas donde Rickman puso voz. En un mundo esférico, donde sólo se consigue algo de calidez resignándote a no crecer y a marchitarte en un neverland cualquiera, los malditos son aquellos que no pueden no crecer que no pueden ni quieren la resignación opiácea de la falsa mansedumbre. Son los espíritus realmente libres que no temen erupcionar en el vértice del cono, volar con sus propias alas y proyectarse hacia la luz presentida en el cielo tenebroso. Los espíritus libres son aquellos que saben y asumen que el Hombre es polvo… ¡Polvo de estrellas! Que conocen y reconocen su realeza cósmica: honor… ¡y responsabilidad!

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